La depresión está de moda. Es un enemigo infiltrado que, en su crecimiento incógnito, cifra parte importante de su impacto. En Google se puede leer que la depresión es “… un trastorno emocional que hace que la persona se sienta triste y
desganada, experimentando un malestar interior y dificultando sus interacciones
con el entorno”.
No es para nada un asunto liviano o de baja importancia.
En los casos más radicales puede ser de la mayor gravedad. No sólo por sus
efectos externos (en Chile acaba de renunciar a su postulación el candidato a
la presidencia de la República de la coalición de gobierno) sino porque impacta
e inhabilita de manera brutal a la persona enferma.
Lo más complejo es que es difícil detectarla.
Difícil porque todos seguramente no le damos importancia a las señales, nos
sentimos más fuertes si no inmortales e, incluso, lo que mantiene el
escalamiento de esta enfermedad, no lo controlamos y sigue el proceso de daño
invisible.
Como gran parte de nuestras vidas en que estamos
despiertos, la pasamos en el trabajo, no debe extrañarnos que, si no cuidamos
nuestro quehacer en ese ámbito, estamos incubando la propia versión de la
enfermedad. Y cuando llega la gota que rebalsa el vaso, ya es tarde, ya tenemos
un inmenso problema, personal, familiar y social.
Ante ello, declarando que no soy psicólogo, a
continuación me permito la licencia de sugerirles un decálogo, más bien
intuitivo, de acciones que contribuyan a evitar que la depresión se incorpore a
nuestro registro personal de enfermedades. Corresponden al resultado de mis propias observaciones de los
ambientes de trabajo, y de los comportamientos de personas en el mundo laboral,
en muy diversas posiciones de responsabilidad:
- Capacítese. Pocos asuntos tensionan más que el sentir
que no se sabe hacer algo que debería saberse para el desempeño del puesto
de trabajo que se tiene asignado. Y el trabajo cambia siempre, sin pausa.
Ud., haga lo mismo, no espere al curso de capacitación, simplemente
investigue y consulte. Llegará más tranquilo a su nuevo día de empleo.
- Sonría. Este simple gesto destraba tensiones,
detiene el escalamiento de molestias y contribuye a que no pierda el enfoque
en el “problema” y cese o se reduzca la tentación a enfrentar agresivamente
a otra persona, con lo que el asunto, claramente, no se resuelve. Como
dice la metodología Harvard de negociación: “Suave con las personas, Duro
con el problema”.
- No grite. Es el otro lado de la moneda del punto
anterior. Con la excusa de colocar un mayor énfasis, en definitiva los
gritos se transforman en un reconocimiento de que se carece de mayores
argumentos y se intenta imponer un curso de acción por la fuerza. Con ello
no sólo se daña sus cuerdas vocales y los tímpanos del interlocutor (que
seguramente entrará a competirle en quién grita más fuerte sin tener que
detenerse a respirar), sino que Ud., quedará alterado, incómodo,
tensionado, en fin, fuera de su eje de tranquilidad emocional. No lo
olvide: “suave con las personas”.
- Camine. El ejercicio físico nunca dejará de ser un
factor clave para que nuestro organismo funcione mejor. Si tiene que pedir
un documento, en vez de ocupar el intercomunicador, salga de su escritorio
y vaya dónde su colaborador (además será un jefe más cercano). Privilegie
la escalera por sobre el ascensor, vaya a la estación siguiente del metro
a tomarlo, no a la más cercana, cambie sus rutas, en fin, camine, camine,
piense que, al menos por 15 minutos, Ud., es Forrest Gump. Ah! Y baile. Si
vive en Chile, baile la cueca, mucho mejor.
- Descanse. El cuerpo humano no es un engranaje
cibernético. Necesita descansar para recuperar la concentración, haga
pausas, elongue, converse por 5 minutos de asuntos distintos (también
pueden ser laborales), en fin, provoque mini quiebres en la concentración.
Ese tiempo “perdido”, seguramente le reducirán de manera sorprendente sus
tasas de errores. Y menos errores, son menos reclamos, menos retrasos, en
fin, menos tensiones.
- Lea. Da lo mismo, si es una revista, un libro o
un comic, pero regálese minutos para que su enfoque mental esté en algo
distinto de las complejidades de su vida (no existen las vidas fáciles, el
punto es cómo evitamos ser consumidos por las dificultades). La clave acá
está en leer asuntos que nos interesen y que, en lo posible no tengan
nada, o muy poco que ver, con lo laboral o aquello que nos tiene
tensionados.
- Escriba. El otro lado de esta nueva moneda. Escribir
obliga a cambiar el foco de concentración y ello, descomprime los agobios
que podamos tener. Escriba un cuento, escriba como se siente, escriba un
saludo, comente en facebook, pero escriba. Esa gimnasia mental algo oprimida
por la sobre oferta tecnológica actual siempre vale la pena rescatarla.
- Priorice. Asuma que nunca tendrá todo al día (Se lo
digo por si no lo sabía). Si Ud., al iniciar su jornada de trabajo ordena
sus pendientes, los coloca en prioridad de lo que es fundamental ejecutar, y los despacha en esa misma
secuencia de ejecución, logrará que nunca lo atrasado sea crítico, con
todo lo que ello implica en materia tensional y de conflictos en el empleo.
- Replantee. Sea muy claro en sus instrucciones,
validando que le entendieron lo que Ud., necesita que le entiendan. Sea, por
otro lado, insistente en pedir aclaraciones a las instrucciones que
reciba. Si no hay confusiones en lo que se debe hacer, la tasa de errores
y de repeticiones (con enojos incluidos) disminuye y los ambientes
laborales se hacen más cordiales. Hacer bien el trabajo a la primera es un
gran atenuador de dificultades laborales.
- Almuerce. Si claro, es obvio. Pero estoy seguro que
muchos que de quien leen esto, se quedan en su oficina y, con suerte, se “tragan”
un sándwich. De modo que el punto no es irrelevante. Esta pausa es
fundamental. Y si puede almorzar fuera de los ambientes de su institución,
enfrentándose a rostros distintos, espacios físicos diferentes, será mucho
mejor.
Estoy convencido
que estas pocas acciones, si las incluimos en nuestra cultura de comportamientos
laborales, nos ayudarán a sobrellevar las presiones del trabajo de mejor forma
y a reducir el tremendo riesgo de estar abatidos en cama, lamentándonos con un
desánimo lacerador de que ya nada nos importa.