Tras atacar la nave Enterprise y dejarla gravemente herida, el ex miembro de la Flota Estelar John Harrison (Benedict Cumberbatch) está dispuesto a seguir cometiendo fechorías a diestro y siniestro en los confines del universo, tragedia que deberán evitar el capitán Kirk (Chris Pine) -que, ahora más que nunca, deberá hacerse responsable de sus actos- y su tripulación. A raíz de esta base argumental se va desarrollando esta última entrega de esta popular serie sci-fi, un trabajo que se digiere de maravilla, disfrutable de principio a fin. Desde su portentosa escena inicial -de la que Abrams toma prestado de Spierlberg su afición a abrir sus trabajosde forma concisa y directa-, Star Trek: En la oscuridad va revitalizando una saga que había entrado en coma reversible, en el olvido popular, gracias a su buen uso de los FX -mejor empleados que en El hombre de acero (Zack Snyder, 2013)-, su gozoso sentido del humor, la responsabilidad con la que el director asume la creación y puesta en marcha de todo el universo interior de la franquicia, su osadía por despeñarse sin miedo -y con éxito- en las simas de una saga con unos fans cuyo nivel de susceptibilidad están acordes con el lugar que ocupa Star Trek en la historia y, sobre todo, un ritmo que, por endiablado, no da cabida al bostezo. De hecho, son tantos los frentes narrativos que crean sus guionistas -a los que se les suma Damon Lindelof, co-creador de Perdidos junto a Abrams-, que la película llega a pecar de overplotting o, lo que es lo mismo, exceso de trama. Es lo único que Abrams no corrige de su primera parte: su afán por ametrallar al espectador de giros narrativos de todo tipo, de imposibles periplos argumentales.
El director arma de pies a cabeza un blockbuster tamaño familiar de todo lo necesario para alcanzar la gloria: no sólo la banda sonora de Giacchino es más épica que en la primera parte -y el listón ya estaba alto-, también su lujosa estética y el diseño de sus escenarios, razón por la que nadie podrá negar a la película su buen gusto y su permanente compromiso con el espíritu del universo original. Al mismo tiempo en que respeta el espíritu de la saga en todo momento, el director se ve enormemente beneficiado por los avances tecnológicos y los pone al servicio de una historia que destaca por las cantidades ingentes de nitroglicerina, de acción desaforada, por unos vericuetos en la trama tan laberínticos como, en su mayoría de ocasiones, fascinantes. Star Trek: En la Oscuridad hace gala, en resumidas cuentas, de un gran sentido del espectáculo. Su gran nivel visual y su capacidad por dejarnos con la boca abierta nos tumba sin derecho a réplica. Mención aparte merece el villano -protagonista de la serie Sherlock de la BBC-, tan carismático como inescrutable, dotando al film de esa oscuridad a la que hace referencia su título. Cumberbatch aguanta con competencia un rol tan difícil como bien resuelto, soportando como pocos el peso de los primeros planos.