Libre adaptación cinematográfica de la novela del francés Pierre Boulle, la película narra una historia inspirada en hechos reales: cómo los japoneses sometieron, entre 1942 y 1943 en Birmania, a prisioneros de guerra de diferentes personalidades con el fin de hacerles construir un puente; una infraestructura que permitiese la puesta en marcha de una línea férrea que uniese dicho país con Tailandia. Aunque se permite ciertas licencias históricas -como su final, alterado también de la novela original, una de las razones por la que Boulle renegó del film-, la película refleja cómo los esclavos trabajaron durante meses a pleno sol, en condiciones de vida infrahumanas. Se calcula que, en la vida real, 100.000 personas murieron durante las obras. La película, quizá por sus ramalazos patrióticos, se centra fundamentalmente en los soldados británicos, y en cómo son ellos mismos los encargados de construir y diseñar el puente, bajo las tiránicas órdenes de Saito. Lo curioso es como Nicholson, capitán del ejército inglés, va mutando su personalidad: del afán desmesurado con el que trata de motivar a sus trotas, pasa a convertirse en la viva imagen del egocentrismo, en víctima de su propio y atrofiado sentido del honor. Inquieta ver la forma en la que su carácter obsesivo y sus delirios de grandeza le llevan a perder la perspectiva, todo rastro de racionalidad, dejando relegado la Convención de Ginebra en la que en un principio recurría para impedir la realización de duros trabajos físicos por parte de sus hombres. No terminará, pues, diferenciándose mucho del que, a priori, era el verdadero autócrata de la función: Saito, al que termina superando en crueldad y locura. La forma que tiene Lean de enfrentar a sus dos tercos y obstinados roles principales, sujetos a los devenir más insospechados, es algo que, por otra parte, no hubiese sido posible sin dos actores que dotan de cuerpo y matices a sus personajes.
Llama la atención cómo una película de estas dimensiones -en la que, sólo para la construcción del puente real se invirtieron más de seis meses de trabajo, que quedó reducido a reinas con su explosión final, segundos de puro exhibicionismo y regocijo audiovisual-, aparece narrada con inquietante placidez. Lean demuestra tener absolutamente controlado un proyecto maniobrado con sutiles movimientos de cámara, una admirable predilección por el plano fijo y un sentido reposado. A pesar de sus arritmias narrativas, este director propenso a las superproducciones -tal y y como evidencian posteriores trabajos como Lawrence de Arabia (1962) o Doctor Zhivago (1965)-, alumbró un estimulante trabajo de duro rodaje dadas las altas temperaturas y su abrumadora escenas en exteriores, muchas sujetas a cambios atmosféricos. Lo que más ha trascendido en el tiempo sobre El puente sobre el río Kwai, aparte de cómo el Oscar al mejor guión adaptado fue destinado al autor de la novela original y no a los dos autores del libreto, incluidos en la lista negra del senador McCarthy por comunistas -error que la Academia reparó en 1985 otorgándoles un premio póstumo- es por la mítica Marcha del Coronel Bogey, melodía militar británica que los soldados respaldados por Nicholson silbaban al desfilar.