El Dios que nos llama no es un Dios extraño. Es un Dios que se revela como padre en una historia concreta: la historia del pueblo de Israel. En ese Dios y no en otro descansa la fe. Es fuente de bondad, quien es el origen de todo y sostiene todo. En la historia de Israel, lo contrario de la fe es la idolatría, que dispersa al hombre en la multiplicidad de sus deseos y lo "desintegra en los múltiples instantes de su historia", negándole la espera del tiempo de la promesa. Por el contrario, la fe es confiarse al amor misericordioso de Dios, que siempre acoge y perdona, que endereza "lo torcido de nuestra historia", es disponibilidad a dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios "es un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro entre Dios y los hombres, la historia de la salvación." (n. 14) Y aquí está la "paradoja" de la fe: ella no es un adosado externo, extraño, sino que responde a lo esencial del hombre que es esencialmente religioso. Por ello, requiere de un referente externo a él. La fe libera de la esclavitud de los ídolos, hacia quienes tendemos buscando en ellos la plenitud que solo se regala en el Dios que acompaña la historia del pueblo elegido y será definitiva en Cristo.
Hecho este camino, la LF se
detiene luego en la figura de Jesús, el mediador que nos abre a una verdad más
grande que nosotros: “precisamente en la contemplación de la muerte de Jesús la
fe se refuerza”. Él revela su inquebrantable amor por el hombre. También en
cuanto resucitado Cristo es "testigo fiable", "digno de fe”, a
través del cual Dios actúa realmente en la historia y determina el destino
final.
Aquí la encíclica invita a los creyentes a mirar la realidad con los ojos de Jesús: "La participación en su modo de ver". La fe, en efecto, no sólo mira a Jesús, sino que también ve desde el punto de vista de Jesús. Usando una analogía, el Papa explica que, como en la vida diaria, confiamos en "la gente que sabe las cosas mejor que nosotros" - el arquitecto, el farmacéutico, el abogado - también en la fe necesitamos a alguien que sea fiable y experto en "las cosas de Dios" y Jesús es "aquel que nos explica a Dios. “Por esta razón, creemos a Jesús cuando aceptamos su Palabra, y creemos en Jesús cuando lo acogemos en nuestras vidas y nos confiamos a él”. Su encarnación, de hecho, hace que la fe no nos separe de la realidad, sino que nos permite captar su significado más profundo.
La fe viene de Dios y abre a su realidad. Esto es la acción propia del Espíritu Santo: “El cristiano puede tener los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu”(n.21).
Fuera de la presencia del Espíritu, es imposible confesar al Señor. Por lo tanto, “la existencia creyente se convierte en existencia eclesial”, porque la fe se confiesa dentro del cuerpo de la Iglesia, como “comunión real de los creyentes”. Los cristianos son "uno" sin perder su individualidad y en el servicio a los demás cada uno gana su propio ser. Por eso, "la fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva", sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio. La fe solo puede darse en comunidad, en la comunidad de la Iglesia. Otra cosa es fetichismo, idolatría, pierde objetividad y centro.
Si no creéis, no comprenderéis (Is 07, 09)
En un segundo punto, la encíclica se detiene en la relación estrecha entre fe y verdad. Se demuestra la estrecha relación entre fe y verdad, la verdad fiable de Dios, su presencia fiel en la historia. “La fe, sin verdad, no salva - escribe el Papa – Se queda en una bella fábula, la proyección de nuestros deseos de felicidad”. Y hoy, debido a “la crisis de verdad en que nos encontramos”, es más necesario que nunca subrayar esta conexión. Hoy se mira con recelo la "verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto", porque se la asocia erróneamente a las verdades exigidas por los regímenes totalitarios del siglo XX. Esto, sin embargo, implica el "gran olvido en nuestro mundo contemporáneo", que - en beneficio del relativismo y temiendo el fanatismo - olvida la pregunta sobre la verdad, sobre el origen de todo, la pregunta sobre Dios.
La LF subraya el vínculo entre fe y amor, entendido no como "un sentimiento que va y viene", sino como el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da nuevos ojos para ver la realidad: "Amor y verdad no se pueden separar", porque sólo el verdadero amor resiste la prueba del tiempo y se convierte en fuente de conocimiento. Y puesto que el conocimiento de la fe nace del amor fiel de Dios, "verdad y fidelidad van juntos". La verdad que nos abre la fe es una verdad centrada en el encuentro con el Cristo encarnado, que, viniendo entre nosotros, nos ha tocado y nos ha dado su gracia, transformando nuestros corazones.
Aquí el Papa abre una amplia reflexión sobre el "diálogo entre fe y razón", sobre la verdad en el mundo de hoy, donde a menudo viene reducida a la "autenticidad subjetiva", porque la verdad común da miedo, se identifica con la imposición intransigente de los totalitarismos. En cambio, si la verdad es la del amor de Dios, entonces no se impone con la violencia, no aplasta al individuo. Por esta razón, la fe no es intransigente, el creyente no es arrogante. Por el contrario, la verdad vuelve humildes y conduce a la convivencia y el respeto del otro. De ello se desprende que la fe lleva al diálogo en todos los ámbitos: en el campo de la ciencia, ya que despierta el sentido crítico y amplía los horizontes de la razón, invitándonos a mirar con asombro la Creación; en el encuentro interreligioso, en el que el cristianismo ofrece su contribución; en el diálogo con los no creyentes que no dejan de buscar. Aquí el Papa subraya la esencial bondad de todo ser humano: "Quién se pone en camino para practicar el bien, se acerca a Dios".
Transmito lo que he recibido (1 Co 15, 03).
El tercer capítulo trata de la consecuencia lógica de una vida centrada en lo que se cree: compartir aquello que se tiene por bueno y que alimenta la vida. Todo el capítulo se centra en la importancia de la evangelización: quien se ha abierto al amor de Dios, no puede retener este regalo para sí mismo, escribe el Papa: La luz de Jesús resplandece sobre el rostro de los cristianos y así se difunde, se transmite bajo la forma del contacto, como una llama que pasa de generación en generación, a través de la cadena ininterrumpida de testigos de la fe. Esto comporta el vínculo entre fe y memoria, porque el amor de Dios mantiene unidos todos los tiempos y nos hace contemporáneos a Jesús. Por otra parte, se hace "imposible creer cada uno por su cuenta", porque la fe no es "una opción individual", sino que abre el yo al "nosotros" y se da siempre "dentro de la comunión de la Iglesia". Por esta razón, "quien cree nunca está solo": porque descubre que los espacios de su "yo" se amplían y generan nuevas relaciones que enriquecen la vida.
Hay, dos medios privilegiados para transmitir la fe: los Sacramentos y dentro de ellos más concretamente la Eucaristía. En ellos se comunica "una memoria encarnada. El Bautismo – tanto de niños como de adultos, en la forma del catecumenado - nos recuerda que la fe no es obra del individuo aislado, un acto que se puede cumplir solo, sino que debe ser recibida, en comunión eclesial. "Nadie se bautiza a sí mismo", dice la Lumen Fidei. Además, como el niño que tiene que ser bautizado no puede profesar la fe él solo, sino que debe ser apoyado por los padres y por los padrinos, se sigue "la importancia de la sinergia entre la Iglesia y la familia en la transmisión de la fe." Luego está la Eucaristía, "precioso alimento para la fe", "acto de memoria, actualización del misterio" y que "conduce del mundo visible al invisible," enseñándonos a ver la profundidad de lo real.
El Papa recuerda luego la confesión de la fe, el Credo, en el que el creyente no sólo confiesa la fe, sino que se ve implicado en la verdad que confiesa; la oración, el Padre Nuestro, con el que el cristiano comienza a ver con los ojos de Cristo; el Decálogo, entendido no como "un conjunto de preceptos negativos", sino como "un conjunto de indicaciones concretas" para entrar en diálogo con Dios, "dejándose abrazar por su misericordia", "camino de la gratitud" hacia la plenitud de la comunión con Dios.
Por último, el Papa subraya que la fe es una porque uno es "el Dios conocido y confesado", porque se dirige al único Señor, que nos da la "unidad de visión" y "es compartida por toda la Iglesia, que forma un solo cuerpo y un solo Espíritu". Dado, pues, que la fe es una sola, entonces tiene que ser confesada en toda su pureza e integridad, "la unidad de la fe es la unidad de la Iglesia"; quitar algo a la fe es quitar algo a la verdad de la comunión. Además, ya que la unidad de la fe es la de un organismo vivo, puede asimilar en sí todo lo que encuentra, demostrando ser universal, católica, capaz de iluminar y llevar a su mejor expresión todo el cosmos y toda la historia. Esta unidad está garantizada por la sucesión apostólica.
Dios prepara una ciudad para ellos (Hb 11, 16)
La fe confesada debe ser consecuente y convincente a través de una vida que se ha dejado transformar por ella. De ahí que el Papa le dedique el cuarto capítulo a explicar la relación entre la fe y el bien común, la fe y el espíritu solidario, lo que conduce a la formación de un lugar donde el hombre puede vivir junto con los demás. La fe, que nace del amor de Dios, hace fuertes los lazos entre los hombres y se pone al servicio concreto de la justicia, el derecho y la paz. La fe no nos aleja del mundo y no es ajena al compromiso concreto del hombre. Por el contrario, sin el amor fiable de Dios, la unidad entre todos los hombres estaría basada únicamente en la utilidad, el interés o el miedo. La fe, en cambio, capta el fundamento último de las relaciones humanas, su destino definitivo en Dios, y las pone al servicio del bien común. La fe "es un bien para todos, un bien común", no sirve únicamente para construir el más allá, sino que ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza.
Últimas reflexiones
La encíclica dedica una última reflexión a los ámbitos iluminados por la fe. Son cuatro: la familia, los jóvenes, las relaciones sociales y la naturaleza.
En relación a la familia, ella está fundada en el matrimonio, entendido como unión estable de un hombre y una mujer. Nace del reconocimiento y de la aceptación de la bondad de la diferenciación sexual y, fundada sobre el amor en Cristo, promete "un amor para siempre" y reconoce el amor creador que lleva a generar hijos.
Luego los jóvenes: aquí el Papa cita las Jornadas Mundiales de la Juventud, en las que los jóvenes muestran "la alegría de la fe" y el compromiso de vivirla de un modo firme y generoso. "Los jóvenes aspiran a una vida grande. El encuentro con Cristo da una esperanza sólida que no defrauda. La fe no es un refugio para personas pusilánimes, sino que ensancha la vida" dice el Papa.Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.
Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.