Hepburn no se equivocó. La actriz siempre se mostró agradecida por este proyecto de la Metro Goldwyn Mayer, pues supuso el verdadero inicio de su fulgurante carrer. Sabía que nada podía salir mal con las dos grandes figuras del star-system con las que iba a codearse: Cary Grant y James Stewart (ganador del Oscar), dos de los actores más cotizados de la época. Su interpretación de esa pelirroja de la alta sociedad, excéntrica y consentida, evidenció sus grandes dotes cómicas -demostradas dos años antes con La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938), un sonoro fracaso- supuso su primer gran triunfo en taquilla. Hepburn da vida aquí a Tracy Lord, mujer que se encuentra preparando el que será su segundo matrimonio. Será con el adinerado George Kittredge (John Howard), después de su sonado divorcio con el atractivo Dexter Heaven (Grant). Aunque el rumbo de los acontecimientos marcha con normalidad, la situación adquiere tintes surrealistas con la irrupción en escena de un periodista de una afamada publicación de crónica social -antesala de lo que hoy se conoce como prensa del corazón... o de vísceras- que siente una fuerte atracción por ella y, para colmo, la irrupción de su ex marido, dispuesto a todo por reconquistarla. Un peculiar grupo de hombres que, junto con el futuro marido, lucharán por llevar al altar a la joven. La pregunta que mantiene en vilo al espectador y que no se resolverá hasta el último minuto es: ¿quién será?
Último gran ejemplo de la screwball comedy, género cinematográfico que surgió a partir de la Gran Depresión caracterizado por el ritmo trepidante de sus diálogos y por recurrir a la guerra sexos y a la mujer dominante como materia prima principal, no cabe duda que Historias de Filadelfia supuso una de las películas más adelantadas a su tiempo o, por lo menos, más impropias del Hollywood de la época. Tríos amorosos (o cuartetos), divorcios, dobles matrimonios, infidelidades... y hasta violencia de género (en un inicio que recuerda al mejor cine mudo) desfilan a lo largo de sus casi dos horas. Un polémico cóctel que se sirvió bien agitado y sin dejar aparcado en el arcén su sentido del humor. La gran originalidad de su planteamiento, terreno fértil para los giros narrativos, da lugar a todo un arsenal de gags, algunos tan hilarantes como el interrogatorio al que somete Tracy a los dos periodistas en su mansión. Si hablamos de las claves temáticas de la obra, las dos principales son, por un lado, su crítica a los convencionalismos sociales y a doble moral e hipocresía de las clases acaudaladas -aunque, en el fondo, la obra radiografíe el satisfactorio giro en la personalidad de su rol principal- y, por otro, la cada vez más imperiosa ¿necesidad vital? de la sociedad por penetrar en la vida privada de la gente -de ahí que la revista Spy tenga tanto peso en la trama-, como si el muy visionario director supiese que eso iba a derivar en el grotesco, infame espectáculo de la sociedad contemporánea.
Estamos, en definitiva, ante una comedia de enredo en la que nunca sabes lo que va a ocurrir o con qué nueva sorpresa nos sorprenderán los guionistas -supervisados por el propio autor de la obra original-, que pisa el acelerador desde el primer minuto y no lo suelta hasta el final. Resulta imposible atisbar un rastro de aburrimiento en una película, por otro lado, elaborada sin más aspavientos que la fuerza de un guión -premiado también con el Oscar-, una espectacular labor de atrezzo y unas prodigiosas interpretaciones. Un artefacto funcional a partir del cual la mítica actriz pasó a consolidarse como una de las grandes, tal y como lo reflejaron posteriores trabajos como De repente el último verano (Joseph L. Mankiewicz, 1957) o La reina de África (John Huston, 1951), donde Katharine Hepburn terminó de demostrar que, sin ninguna duda, había nacido para dar vida a personajes complejos.