Luego
que la Ley de Comunicación ha sido oficialmente consagrada, se siguen
incorporando nuevos padrinos. Todos los días, desde que amanece hasta que
anochece, por todos los medios, se escuchan "voces" de artistas,
gente de radio, tv, y de algunos aspirantes a periodistas, que se congratulan,
unos, porque sus canciones pronto serán escuchadas y sus producciones vistas
–obligatoriamente- por todos; otros, porque “por fin se democratizará la
información”. Lo curioso es que muchos de los artistas y comentaristas que
aparecen en las propagandas se dieron a conocer gracias a las producciones y la
difusión de los "medios corruptos"; más resulta que han estado
invisibilizados, y de paso, explotados. Lo que no les dijo quien los contactó,
es que el éxito, con ley o sin ella, no se consigue por decreto ni a través de
producciones baratas (en calidad) y, en el caso de audiovisuales, recurriendo
al chiste burdo, sexista, o racista.
La
avalancha propagandística que estoicamente viene soportando la ciudadanía, con
música sacra de fondo y tomas del jolgorio montado por el gobierno, trata de
posesionar en la mente de la gente lo buena e inofensiva que es la ley, y que
gracias a la “revolución” se ha rescatado la libertad de opinión, la cual,
según se dice, "ha estado secuestrada por los medios mercantilistas".
Cosa curiosa, pues fueron estos mismos medios y sus presentadores “estrellas”
los que impulsaron la candidatura de quien actualmente detenta el poder. Esto
sin contar que desde hace cinco años han estado al servicio del gobierno una
veintena de medios incautado, entre estaciones de televisión, radioemisoras y
periódicos, la mayoría de alcance nacional, y que durante los últimos siete
años, ya utilizando las tarimas o mediante permanentes cadenas nacionales de
radio y tv, quien ha tenido mayor exposición mediática para hacer campaña
electoral, atacar o adjetivar a sus detractores, promocionando la obra
gubernamental, es quien hoy se proclama el Simón Bolívar de la libertad de
expresión.
La
nueva ley es algo así como una bonita camisa de fuerza. Dice, por ejemplo, que
los medios están obligados a publicar todo aquello que sea de “relevancia
pública”. Qué puede ser más relevante y de interés público que cualquier cosa
que haga o diga el supremo jefe, o que salga del ministerio de propaganda.
Gracias a ello, ahora sí, estaremos enterados de las cosas más insignificantes,
revestidas de trascendencia gracias a una solemne voz en off, titulares
grandilocuentes, o imágenes rebuscadas. En resumen, ya no tendremos una
sabatina semanal, sino una cadena continua durante toda la semana. La novel
ley, también incorpora una figura jurídica que parece el título de un cuento de
terror, el “linchamiento mediático”, frase que en buen romance significa que
está prohibido a los medios publicar sobre hechos escabrosos –como escándalos
de corrupción y otros actos penados por la ley- mientras la justicia no se haya
pronunciado.
Luego
de experiencias pasadas, esto parece un buen intento para curarse en salud. De
haber estado vigente esta norma tiempo atrás, no se habrían podido descubrir
los millonarios contratos otorgados por la administración a un influyente
personaje, la falsificación de título de un poderoso funcionario, la
adquisición de radares inservibles, ambulancias con sobreprecio, o que se
denuncien millonarios negociados a través de la reventa de crudo entregado a un
país extranjero. Otra cosa que no se sabe cómo va a operar es la denominada
“responsabilidad ulterior” que hace corresponsable al medio por las expresiones
que en él se emitan. Que alguien explique cómo el medio podrá evitar opiniones
expresadas en vivo por un entrevistado. ¿O la intención será que se supriman
las entrevistas y programas de opinión, y que esos espacios se dediquen a
hablar de fútbol o de farándula, o lo que es peor, que los medios cierren sus
puertas?
Uno
de los argumentos en que se sustentó la propuesta de ley, fue que los medios
venden basura. Lo que no se dice es que son precisamente los medios incautados
-en manos del gobierno- los principales productores y transmisores de programas
basura. Y es precisamente gracias a estos programas, que cantantes y “talentos”
de tv -que animan programas futboleros, de farándula, o de sensacionalismo
amarillista- de la noche a la mañana se convirtieron en íconos defensores de la
ley. La mala noticia para la casi totalidad de ellos es que pasada la campaña
de promoción y posicionamiento de la ley, ya no se los necesitará. Para el
gobierno no es suficiente la incondicionalidad, más importante que ello, es la
funcionalidad, es decir, que la credibilidad e influencia que se tenga en el
público sean rentables. En estos tiempos de revolución, no solo los adultos son
desechables; también lo son todos quienes dejan de ser utilitarios, los que no
cumplieron con las expectativas que se tenía, o no entendieron bien aquello de
“ponerse la camiseta”.
Coherente
con su vocación controladora, al gobiernismo se le ocurrió la brillante idea de
crear órganos supervisores-juzgadores conformados por representantes de
entidades subordinadas, y un superintendente nombrado por el supremo jefe. Así,
el gobierno se convierte en inspector, alguacil, y juzgador. Él calificará si
los medios cumplen o no con la ley, y él mismo los sancionará. De esa manera
los medios que no estén alineados con el oficialismo quedarán en la más
solitaria indefensión, pues hasta el Defensor del Pueblo se convirtió en
abogado de los organismos estatales.
Siendo
justos, hay que reconocer que la maquinaria propagandística del gobierno ha
demostrado ser efectiva. La estrategia de doblegar sistemáticamente a los
potenciales y supuestos enemigos que fue construyendo el régimen se ha cumplido
eficientemente. Uno por uno, bajo la tesis de que la legitimidad solo se la
adquiere en las urnas, todos han sido descalificados, estigmatizados y
asediados judicialmente. Salvo alguna que otra escaramuza, el único sector bien
librado ha sido el financiero, principal beneficiario de las políticas
gubernamentales.
Ciertamente
la prensa privada no ha sido un dechado de virtudes, ejemplo de democratización
de la palabra, o de independencia. Salvo ciertas excepciones, sus espacios han
servido a intereses particulares, grupos de poder, o determinados sectores
políticos. En más de una ocasión, se han prestado para enervar el endeble
prestigio de algunos gobiernos o para impulsar campañas orientadas a acabar,
sin mayores elementos de juicio, con la honra de ciertos funcionarios, y aún de
particulares. Sin embargo, nada justifica la clara intención del oficialismo de
acabar con los reducidos espacios de expresión que le quedan a la debilitada
oposición, silenciarla con procedimientos retardatarios, obligar a que se
autocensuren, e imponer a rajatabla su sola verdad. Si en la práctica no
existen mecanismos de control efectivo de la corrupción; si hasta los contratos
de préstamo con la banca china, principal acreedora del país, se los maneja con
el carácter de reservados, ¿qué se puede espera a futuro, si se cierran todas
las puertas al periodismo investigativo, que es lo que en realidad parece molestar
al régimen?
Es
imposible no recordar que, a su tiempo, estalinismo y fascismo (aparentemente
enemigos irreconciliables) utilizaron como principal recurso para consolidar su
poder el control de la información y la utilización de la propaganda. Recursos
que sirvieron para desprestigiar a sus opositores y sembrar el odio, al tiempo
que se sobredimensionaba las ejecutorias gubernamentales y se sublimizaba a sus
líderes. Utilizando la propaganda, se hizo creer al pueblo en un futuro
promisorio. También se inventaron enemigos para justificar la
purga. “Enemigos del pueblo” se llamó a la disidencia en el caso del
estalinismo, mientras que el fascismo arremetió en contra de comunista y
judíos, los que de a poco fueron sometidos y exterminados, esto, con la complacencia
de masas alienadas que impasibles convalidaban esos actos de barbarie.
El entusiasmo con que algunos han acogido la ley, hace ver lo manipulables que son las masas. Masas que con reprimida satisfacción ven como los enemigos que creó el gobierno reciben su merecido, perdiendo de vista a los verdaderos responsables de la exclusión e inequidad que los afecta.