La película se puede dividir en dos grandes bloques, limitados por la aparición de la actriz Alice Braga en el papel de una testigo de Jehová. La primera de ellas llama la atención por su escasez de diálogos y por la peripecia del director para mantener el interés versando el guión en torno a un único personaje -sin contar su perro, fiel escudero-. Sus bazas son un apabullante trabajo de realización, su ajustado sentido estético y su grandiosa puesta en escena -en el que se llegaron a vaciar varias manzanas de zonas tan transitadas como la Quinta Avenida-, elementos necesarios para conseguir el hiperrealismo que desprenden las amplios planos de esa Nueva York desértica. Así, sus primeros 40 minutos son auténtico placer visual, puro deleite para los sentidos de un espectador que no lo tendrá difícil para penetrar desde el primer instante en esta parábola del mundo actual.Y es que, más que una película, uno se pregunta si no estaríamos más bien ante un documental cuya trama apocalíptica no es más que un mero pretexto para exhibir los efectos devastadores que la mano del hombre ha provocado sobre civilización, sobre la madre naturaleza; una temática convertida en una de las claves de la novela de Matheson y que aquí queda fielmente reflejada. La segunda parte, algo más convencional, tampoco deja de regalarnos impresionantes estampas, aunque el personaje de Braga no termine de convencer e introduzca algunos ramalazos sobre religión que chirrían.
A pesar de su brutalidad -aunque en este sentido no llegue al nivel de 28 semanas después (Juan Carlos Fresnadillo, 2007), donde los zombies adquieren una mayor relevancia-, lo llamativo de Soy leyenda es que nunca deja de ser un film bello, por instantes incluso poético. Se le nota tan cuidado técnicamente y tan esbozado con la factura de las grandes producciones que uno queda rendido a sus encantos. ¿El mayor de ellos? Un Will Smith en un papel confeccionado a su medida pero que le exigió un duro entrenamiento físico. También hay que elogiar su carácter lacónico, puesto que su concisa hora y media funciona no sólo con la precisión de un reloj suizo, sino que se consume en menos de un suspiro. Lawrence, que maneja con nervio en todo momento la jugada, se revela como un maestro en el uso del tiempo narrativo, dosificando hábilmente las respuestas de la trama o haciendo un encomiable uso de elementos como el flashback.
Pero, sin duda, con lo que es aconsejable quedarse de Soy leyenda es, junto con su mensaje de amor hacia los animales -atención a cómo Nevilla cuida a su perro cuando está herido, como lo baña, etc-, por su rudo retrato de la soledad, el otro de sus leitmotiv. El film pone de relieve la inmensa capacidad del ser humano para sobrevivir hasta en el territorio más hostil -siempre sin perder la fe, recordemos- de forma completamente solitaria, sin más compañía que su mascota -bueno, y Bob Marley y los metafóricos compases de su Three Little Birds-. La película quizá venga a decirnos que, en el fondo, a lo mejor estamos más solos de lo que parece pero, desde una óptica más positiva, que nunca es tarde para cambiar, para desviar el rumbo y apostar por el progreso. Una película que, pese a su continua digitalización, nunca pierde la esencia y su carácter naturista, tanto en el fondo como en la forma. Porque Soy Leyenda es una gran aventura épica, al tiempo que recupera el espíritu de los cuentos clásicos sin descuidar poner sobre el tapete cuestiones que definen nuestra modernidad -de ahí el cameo de Shrek (Andrew Adamson & Vicky Jenson, 2001)-. Es, sin duda, su mayor mérito.