A
propósito del clarificador artículo escrito por el Catedrático Juan
Torres López, en el que advierte del gran engaño perpetrado por la
influencia de la Política sobre la Banca y viceversa, se sonsacan
conclusiones que no por evidentes dejan de ser aún más indignantes dado
que el engaño masivo que nos ha abocado a la ruina se ha perpetrado ante
nuestras impávidas voluntades. Testigos de nuestra propia destrucción,
unos pocos han solapado la gravedad de las amenazas que se cernían sobre
nuestras cabezas para que los daños fueran proporcionales a los
beneficios que ellos han obtenido con nuestra disolución social y
económica. La estafa descomunal de la que ahora
nos resentimos fue mayor por la permisividad de aquellos que se suponían
velando por nuestros intereses generales. Lo cierto es que la derrota
de la mayoría está basada en una especulación salvaje que ha enriquecido
a la minoría política y bancaria con total impunidad.
Este suicidio colectivo ha sido inducido
y los gurús se han asegurado de no encontrarse entre las víctimas.
Incluso los provocadores de la debacle ahora son los que protestan por
la toma de medidas para subsanar tanto daño. Voy escuchando que España
se ha convertido en un país de mierda... tristemente apesta.
Los atentados contra la protección de la
ciudadanía han sido continuos pero disfrazados de gestión política, en
tanto se aplicaban en disimular los destrozos a sabiendas de que cuanto
más se alargara la agonía, más sería la expectativa de acumulación de
beneficios poniendo un precio muy alto a un país en los prolegómenos de
la ruina.
Nos han vendido poniendo precio a
nuestras cabezas para que nos las cortáramos entre nosotros mismos. La
caída generalizada era inevitable con esa conducción destructiva que nos
impusieron. Cuanto más nos abismábamos, más expectativas de ganancia
existían en los que iban a recogernos en pedazos. Las cuentas se
ocultan, los objetivos se disfrazan; un engaño de colectividad que
partió de bases sectarias. El horizonte de la disolución convenía con el
saqueo principal bien escondido y pergeñado desde los despachos
políticos. Condonación a cambio de extrapoladas riquezas amontonadas del
vaciado de los bolsillos del siempre castigado ciudadano.
De las formas ya sabemos cómo han
asumido un papel perfectamente coordinado en un conchabamiento cuyo
objetivo último consistía en repartirse los intereses devengados de un
despedazamiento estructural del que no se ha librado siquiera la base
institucional sobre la que se asentaba España. Lo han conseguido. Ahora
vemos cómo se reparten los pedazos encubriendo, entre unos y otros, los delitos.
La estrategia de culpabilizar a las
víctimas de este estropicio muy seguramente concertado, ha hecho ganar
todo el tiempo posible para enmascarar un asalto destructivo del que
apenas podemos recuperarnos, después de quedar completamente seco el
cauce de un río de provisiones-que suponía la anterior dinámica
económica, social y política- desviado e intervenido con múltiples
represas, pertrechando a pocos a costa de la sed generalizada en la que
exprimimos hasta la última gota para descubrir que ni con el remedio de
urgencia podemos evitar una drástica deshidratación y una sed de
justicia sin eco ni visos de ser saciada.
Nos han esquilmado hasta las entrañas y
no sólo han conseguido que la delictiva apropiación de todo un país haya
sido con la sordina de un poder ejercido mediante la corruptela
generalizada, sino que también han fortalecido una impunidad con
alargados tentáculos de una monstruosa máquina de hacer dinero, a costa
del empobrecimiento masivo que nos ha abocado a desfilar bajo la atenta
mirada de la exigencia europea por los abismos de una insondable
recesión.
Juan Torres López inquiere sobre algo
más indigno que la incorrección de las formas; sus acusaciones apuntan a
la iniquidad de las intenciones, al nada improvisado resultado del
ahondamiento circunstancial de las adversidades. Cada una de las
preguntas formuladas como sentencias, dirigen a la certeza de que todo
obedece a un programático plan a espaldas de la ciudadanía completamente
indefensa y aislada ante el verdugo político y bancario que la llevó al
patíbulo engañada de falsas promesas y fantasmagóricas provisiones…
espectros como ese déficit oculto que es una más de las muescas de un
revolver con el que han pretendido asesinar un conjunto de población
española que además observa con indignación cómo el delito a gran escala
no se castiga siendo premiados los causantes de tanto desaguisado.
Luego exigen al empresario que cumpla
con esas obligaciones que a otros se les disculpa y lo ponen en la
picota por ser víctima de un destrozo orquestado por aquellos que además
apuntan con el dedo desviando las sospechas sobre sus latrocinios.
Sospechamos sobre los incólumes protagonistas de nuestras desgracias.
Sospechas de siempre, latentes sobre
tantos otros que en su momento se aprovisionaron de una actuación
delictiva como fue la expropiación de Rumasa que algunos jueces
pretendieron esquivar, porque hay conveniencias de silencios tan
rastreros como cobardes para ocultar esa España de vergüenza que es
víctima de ocultos criminales proclives a la condecoración.
Admitámoslo sin reservas: España fue víctima de un programa definido de autodestrucción. Cuanto más ganan los que lo dirigieron, más sabemos sobre el calibre de una malignidad que no debería exculparse; por mucho dinero, nuestro, que lo encubra.