Edición   |  Quienes somos    Contáctanos    Regístrate    Cómo publicar en Reeditor
Últimas etiquetas:   Autoayuda   ·   Salud Mental   ·   Psicología   ·   Psiquiatría   ·   España   ·   Barcelona   ·   Venezuela   ·   Populismo   ·   Cultura   ·   Periodismo


El proyecto de la Escuela Práctica de Agricultura en la Casa de Campo de Madrid de 1842


Inicio > Historia
23/05/2013

1679 Visitas



Introducción


En el largo proceso para crear una escuela superior de agricultura en España en el reinado de Isabel II se plantearon algunos proyectos previos[1]. En este artículo nos acercaremos al estudio del informe que la Real Sociedad Económica Matritense realizó ante el intento de establecer una escuela práctica de agricultura en terrenos pertenecientes al patrimonio real,  en el año 1842. El trabajo tiene su importancia porque plantea una propuesta sobre cómo debía ser la enseñanza de la agricultura por parte de una corporación muy preocupada por esta materia desde los comienzos del siglo XIX.

 

Distintas propuestas, el propósito de la Casa Real y el informe de la Sociedad Económica Matritense

            El gobierno se propuso crear una escuela de agricultura en el Real Sitio del Pardo en el año 1835, pero nada se hizo. En la década de los años cuarenta cuando se produzca un cúmulo de propuestas, iniciativas y discusiones sobre la enseñanza de la agricultura. En el año 1841 se dará un debate parlamentario sobre la necesidad de que se abriesen escuelas de agricultura, pero nada salió en concreto. En este contexto, desde Palacio se participó en este interés educativo, interesando a la Real Sociedad Económica Matritense. El intendente de la Real Casa, Martín de los Heros, solicitó a la corporación, en marzo de 1842, un informe sobre la apertura de una escuela de arbolado y agricultura en terrenos del patrimonio real[2].

 

La localización de la Escuela

El sitio más indicado para abrir una escuela, según la Sociedad Económica Matritense, sería la Casa de Campo de Madrid. La elección del lugar no era caprichosa. En primer lugar, el paraje estaba en el margen derecho del río Manzanares y, sobre todo, la distancia con la corte era la adecuada. Se pretendía que los alumnos no se distrajesen si se situaba más cerca o dentro de la capital. Pero tampoco era un lugar tan alejado para que no se pudieran aprovechar los recursos científicos, educativos y culturales que tenía Madrid, como era el acceso a libros, publicaciones periódicas y a instrumentos agrícolas. Además se conseguiría que la ciencia agronómica pudiera divulgarse con más facilidad, especialmente entre los propietarios y personalidades interesados que vivían, trabajaban o se acercaban por distintos motivos a la capital. La escuela tenía que ser un centro difusor de los avances en agricultura, y no sólo un centro de enseñanza. Por ello, se debía aplicar una política de puertas abiertas y de publicidad de los experimentos agronómicos, ya que debían anunciarse con la debida antelación para que pudiera acudir el público. De la misma manera, se hacia necesaria la publicación de los resultados de estas experiencias en unas cartillas rústicas, en un lenguaje divulgativo, así como de las novedades sobre métodos de cultivo e instrumentos útiles para la agricultura. La vinculación de la escuela con el exterior se potenciaría con la necesaria correspondencia con los agrónomos nacionales y extranjeros. Además, se debía organizar un viaje de carácter científico para examinar el estado de la ciencia agrícola, y enriquecer a la escuela con materiales agronómicos.

            Pero la elección de la Casa de Campo tenía otras motivaciones de carácter físico. La extensión de esta propiedad del patrimonio regio hacia que tuviera partes muy distintas: terrenos montuosos, bajos, de secano y de regadío, necesarios para todo tipo de ensayos. El clima, por lo demás, era bueno para aclimatar plantas y animales; se contaba con abundante agua y la tierra con la ayuda de los abonos, era fértil.

 

La infraestructura

            El establecimiento educativo debía contar con un terreno dedicado a quinta experimental para realizar ensayos de los distintos métodos agronómicos. Otro terreno tendría que estar destinado para escuela-modelo donde practicar los métodos más útiles, con tierras labrantías para cereales, prados naturales y artificiales, bosques bajos y altos, arbolados de sombra, vergel para árboles frutales, tierra para viña y olivos, una huerta y un jardín. Eran necesarios edificios para la enseñanza como aulas, habitaciones para los alumnos, biblioteca, gabinete de instrumentos matemáticos, laboratorio de química, sala de dibujo, colecciones de plantas y animales, talleres para la fabricación y reparación de aperos, así como establos y cuadras para los animales, así como almacenes.

 

El plan de estudios

            La Matritense pensaba en una carrera o plan de estudios de unos seis años. Ese había sido el plazo del plan de plan de estudios del proyecto del ministro Feliú en el Trienio Liberal. Se argumentaba este tiempo por la práctica desarrollada en Europa, pero, una vez más, la urgencia obligaba a plantear una carrera de cuatro años para ofrecer a los jóvenes españoles una pronta salida profesional. Cada curso se organizaba en dos partes, una teórica y otra práctica, con evidente influencia francesa. Se buscaba que los alumnos se formasen por medio del convencimiento propio, que permitiría la mejora del cultivo:

“y he aquí cómo naturalmente se presenta la conveniencia de enseñar los principios científicos de que se deducen las reglas de las operaciones rurales, porque el hombre en las ciencias conoce, y en las artes conoce y ejecuta; y la agricultura viene a considerarse bajo uno y otro aspecto, sin lo cual llegaría a ser una brillante teoría, inútil por lo menos, cuando no perjudicial”

 

            y, por eso,

“de aquí se infiere la necesidad de que la Escuela de Agricultura reúna la teoría con la práctica, dando a las ciencias naturales que la auxilian la extensión que piden debiendo por su importancia, y aplicando sobre el terreno y en el gran teatro de la naturaleza el resultado de aquellas elucubraciones.”

 

            Además, habría otra razón en relación con la preparación física del alumnado que va a dedicarse a tareas agrícolas:

“ser el fin primario de esta Escuela afianzar la teoría con la práctica sostenida por la experiencia, será conveniente que desde el primer año se combine la práctica de las operaciones agrícolas con el estudio de su teoría, hermanando el ejercicio con la meditación, a fin de procurar al espíritu fatigado un desahogo útil y al cuerpo la robustez y agilidad tan necesarias a un buen labrador”

 

            El plan de estudios que se presentó era muy completo, y organizado, como hemos señalado, con una parte teórica y otra práctica, íntimamente relacionadas.

            En el primer año y en la parte teórica se enseñarían las matemáticas aplicadas a la agricultura, especialmente en lo referido a las tareas propias del agrimensor. La segunda materia sería la mecánica agrícola para el conocimiento de las máquinas y la conducción de las aguas. La tercera asignatura era el dibujo lineal combinado con estudio de la geometría, y por fin, habría que estudiar la nomenclatura de los instrumentos. En relación con estas cuatro áreas de conocimiento, en la parte práctica se realizarían levantamientos de planos, medidas de líneas y terrenos, aforo de líquidos, nivelaciones, conducción de aguas, manejo práctico y razonado de los instrumentos agrícolas, y el oficio del agricultor.

            El segundo curso estaba centrado en las áreas científicas por antonomasia: física, química y mineralogía agrícolas. En primer lugar, se hacia necesario el conocimiento de los agentes naturales en relación con la vida de las plantas, así como sobre el suelo. La meteorología, rama de la física, se convertía en una parte fundamental de este año. El estudio de la química permitiría al alumno el análisis de las tierras, en relación con la fertilidad de las mismas y forma de enriquecerlas con los abonos, teniendo que conocer la composición de los mismos y sus mezclas adecuadas. Pero el estudio de la física y de la química era importante también porque era necesario conocer el método de elaboración del vino, la sidra, la cerveza y el aguardiente, para la clasificación de los distintos aceites, la elaboración de los productos lácteos y, por fin, para la preparación de plantas tintóreas y textiles. En este curso volvería a haber una cuarta asignatura de dibujo lineal. En la parte práctica se harían observaciones meteorológicas, con la obligación de llevar un diario de dichas observaciones. Además, se debían realizar distintas manipulaciones agronómicas siguiendo aprendiendo el oficio de labrador, ampliando y afianzando lo aprendido en el curso anterior, y aplicando a este oficio lo estudiado en el curso presente. Por fin, se practicarían excursiones campestres para que el alumno conociera de primera mano todo lo relacionado con la mineralogía y los suelos, ya que, parecía más pedagógico que el trabajo en un gabinete.

            En el tercer curso, una vez que el alumno había adquirido una base científica sólida en el año anterior, se hacía necesario el estudio de las ramas de la ciencia más cercanas a la agronomía. En primer lugar, estaría la botánica agrícola, como la base más sólida y segura para afianzar el conocimiento de los mejores métodos de cultivo. El alumno tenía que tener una buena formación en fisiología vegetal pero, también, en patología vegetal, así como de los distintos remedios para curar las enfermedades.

            La segunda ciencia aplicada sería la zoologicultura e higiene veterinaria. El agrónomo necesitaba conocer los caracteres exteriores de los animales, así como su nutrición, sus costumbres y, muy especialmente, la mejora y multiplicación de los animales domésticos, para mejorar las castas. Las enfermedades de los animales merecían especial atención, tanto su prevención como su curación, de ahí la inclusión del estudio de nociones de veterinaria. En relación más estrecha con la agricultura, el alumno tenía que conocer los animales dañinos, es decir, las plagas, y la forma de combatirlos.

            La parte práctica del tercer curso se centraba en el trabajo exterior en estrecha relación con lo aprendido en la parte teórica. Había que realizar herborizaciones botánicas conjugándose con reconocimientos mineralógicos y formación de colecciones de insectos y aves. El trabajo en los corrales y en los establos y cuadras tenía lógica conexión con la segunda ciencia auxiliar, así como la pesca, la caza y la asistencia a casos prácticos de veterinaria.

            El cuarto y último curso estaba dedicado en exclusiva a la ciencia agronómica, una vez que se había completado toda la formación científica del alumno. En la parte teórica se enseñaría agronomía, considerando a los vegetales bajo la perspectiva de su utilidad y de los procedimientos que se empleaban para sacar de ellos las sustancias de las que se tendría necesidad. Así pues, se trataría del estudio de todo lo referido al cultivo de los vegetales autóctonos y exóticos. En la materia de economía rural se aprenderían los principios de economía y de contabilidad para saber poner en marcha y mantener una explotación agrícola. La importancia de la contabilidad hacía que fuera una materia con entidad propia. La cuarta materia parecería más cultural, ya que se denominaba historia de la agricultura, pero se quería que tuviera una vinculación práctica porque el agrónomo tenía que saber los métodos de cultivo del pasado para conocer su perfeccionamiento en el tiempo, así como los errores cometidos. Los ilustrados y los liberales desarrollaron un marcado carácter utilitarista en la historia. La última asignatura era de legislación rural, ya que parecería lógico que todo agrónomo tuviera un mínimo de conocimientos jurídicos en relación con el campo y su explotación. No olvidemos que nos encontramos en plena revolución de las estructuras de propiedad del agro.

            En la práctica de este curso final se seguiría aprendiendo el oficio de agricultor aplicando a éste los conocimientos del presente curso. También se enseñaría a realizar caces, fosos, canales de riego, caminos vecinales, estanques, norias, invernaderos, casas, etc.. La aplicación del dibujo se hacía, de nuevo, imprescindible, ya que había que saber diseñar estas infraestructuras.

 

El profesorado

            El profesorado de la escuela estaría formado por un elenco de siete docentes con el consiguiente número de ayudantes. Habría profesores de matemáticas aplicadas, de física y química y mineralogía agrícolas, botánica agrícola, zoologicultura e higiene veterinaria, agronomía rural, doméstica y agrícola que, además, tendría que hacerse cargo de las asignaturas de contabilidad, historia y legislación rural, y, por fin, un profesor de dibujo. El gobierno de la escuela era colegiado, a través de la junta de estos profesores, sin director, aspecto curioso en una institución educativa. Se hacía necesaria la contratación de un cultivador con conocimientos en invernaderos para la aclimatación de plantas exóticas. Curiosamente, el informe insiste mucho en el cuidado de esta contratación, una vez examinadas las escuelas de agricultura y haciendas o granjas-modelo europeas, porque,

“estos hombres (se refiere a los cultivadores) no se pueden traer a España no conociendo íntimamente los establecimientos agronómicos, donde se hallan, porque es muy expuesto hacer contratos anticipados con personas de cuyas costumbres, actividad e instrucción no hay más pruebas que simples recomendaciones parciales e imperitas”

 

Los alumnos

            Los alumnos de la escuela tenían que ser internos porque, como la enseñanza había de comprender una parte práctica, se hacía necesaria su presencia constante. Pero se establece una división entre los alumnos. El primer tipo de alumno se dedicaría al  estudio teórico-práctico de la agronomía porque serían los futuros propietarios o directores de propiedades rústicas. Serían los agrónomos. El segundo tipo estaría compuesto por los alumnos que se dedicarían más a la parte práctica, es decir, los “brazos del cultivo”, o trabajadores. En cierta medida esta diferenciación culminaría las ideas ilustradas sobre la distinta formación que debieran tener las personas que se relacionarían con la agricultura. Jovellanos, aunque no veía la necesidad de crear centros específicos agrícolas, sí consideró que los propietarios debían formarse en una especie de institutos politécnicos, y para los labradores bastaría con unas buenas cartillas agrarias. Ahora, se da un paso más en un sentido de institucionalizar la enseñanza agraria pero con la misma diferenciación. La posterior división entre ingenieros y peritos agrónomos podría tener, en principio, alguna relación con esta división, en el sentido de cuáles serían los orígenes sociales de los alumnos de ambas carreras, así como en la mayor formación teórica de los primeros frente a la de los segundos eminentemente técnica, pero, en realidad, obedecerá, como tendremos ocasión de profundizar, más al criterio de crear cuerpos facultados para distintas tareas, dejando en la escuela primaria y secundaria la formación de los agricultores propiamente dichos.

Los requisitos para acceder a cada tipo de enseñanza tenían que ser, lógicamente, distintos. Los comunes eran los clásicos del momento histórico: certificación de buena conducta y otra relativa a poseer una buena salud. Para los alumnos de la formación teórico-práctica había que demostrar alguna preparación previa en las áreas que se iban a impartir; al menos había que haber cursado la instrucción primaria elemental, y tener entre 12 y 16 años. Los otros aspirantes no tenían que demostrar estudios algunos, por lo que la escuela se comprometía, en los casos que se dieran, a enseñarles a leer, escribir y las reglas de la aritmética, en un horario nocturno. El segmento de edad de estos alumnos se elevaba: entre 16 y 18 años. El cupo de matrícula del primer grupo podía llegar a treinta alumnos, mientras que para el segundo se vinculaba a la extensión de la finca de la escuela.

 

Conclusión

El proyecto de la escuela en la Casa de Campo de Madrid no prosperó pero nos permite profundizar en el estudio del debate que en los años cuarenta y cincuenta se planteó sobre cómo debía ser la enseñanza de la agricultura en España.

 

[1] La historia de la institucionalización de la enseñanza de la agronomía en España ha sido estudiada por CARTAÑÀ, J, Agronomía e ingenieros agrónomos en la España del siglo XIX, Barcelona, 2005.



[2] El informe puede consultarse en el Catálogo del Archivo de la Real Sociedad Económica Matritense, obra mecanografiada. No existe el original manuscrito.







Etiquetas:   Agricultura
Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario









Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
15594 publicaciones
4085 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora