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La brevedad de la vida


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18/05/2013

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LA BREVEDAD DE LA VIDA






Vicente Adelantado Soriano





-Últimamente todas las primaveras, no sé porqué, tal vez por un toque de melancolía- le dije aquella tarde a doña Paquita, estando los dos solos en el salón-, me acuerdo de un par de viajes que hice con mis hijos hace ya bastantes años. Hubo una temporada -añadí- en la que necesité salir con ellos, tenerlos cerca de mí, enseñarles lo que me gustaba a mí... pero temí, al mismo tiempo, hacerme pesado, imponerme. Ese ha sido uno de los continuos temores de mi vida. Quería estar con ellos, pero me daba miedo ponerme pesado.

-Hizo bien en temer eso -me respondió la buena mujer-. Demasiado a menudo creemos que lo nuestro, o nosotros mismos, somos muy importantes, y nos empeñamos en mostrarlo o imponernos a los demás olvidando que también ellos tienen sus cosas importantes.

-Y que son tan relevantes como las nuestras. Es cierto. ¿Sabe? Pensé entonces que cuando una persona es capaz de relativizarlo todo es cuando se hace tolerante.

-No le digo que no. También puede hacerse tolerante uno cuando se teme o se ha sufrido la pesada imposición de otro. Al final se da aquello de no te molesto para que tú me dejes en paz. Y quizás el problema de fondo -dijo tras una breve meditación y un leve suspiro- es que la vida es muy breve, y hay tan poco tiempo para dedicárselo a los demás.

-Sí. Yo también pensaba eso. Pero esa forma de pensamiento, si hablamos de aficiones, no deja de ser una trampa, pues, al final, todo termina por unificarse. Al menos eso es lo que me parecía a mí.

-No lo veo yo tan claro. Aunque sí, -añadió refiriéndose a otras conversaciones mantenidas en aquel mismo salón- no le falta razón a usted cuando dice, como hacían los clásicos, que la historia es la madre de todas las ciencias... Me parece un poco exagerado; pero es cierto que si usted estudia una obra literaria sin tener en cuenta lo que estaba sucediendo en ese momento, no es que no se vaya a enterar de lo que dice la obra, pero se va a perder algunos matices importantes.

-Esa discusión la tuve yo alguna que otra vez con compañeros del instituto: el joven profesor de literatura defendía que la obra, si es buena, se debe entender por ella misma, sin necesidad de recurrir a nada externo...

-Y no le falta razón. Es la obra, por el contrario, la que va iluminando una época y un momento determinado. No es necesario, por ejemplo, saber quién reinaba en aquel momento para disfrutar de El ingenioso hidalgo... Sea quien fuere estaba manteniendo a una nobleza ociosa que pasa su tiempo burlándose de un pobre loco. ¿Qué se podía esperar de aquella nobleza?

-Lo que tuvimos: una decadencia espantosa.

-Es cierto que don Miguel se tuvo que andar con pies de plomo por mor de la Inquisición. Y ahí sí que le doy la razón: tal vez muchas de sus expresiones, y algunos capítulos, hubieran sido distintos sin la existencia de tan eficaz y expeditiva policía.

-No me cabe la menor duda de que es así. Como tampoco me cabe la menor duda de que, a menudo, todo eso de que una obra se explica por sí misma, etc, etc., no encierra más que pereza mental.

-Tenga en cuenta -me dijo sonriendo- que la vida es muy breve y que hay que acotar campos.

-Tiene usted toda la razón del mundo: la vida es muy breve. Ahora, de eso a que hay que acotar campos. Yo no lo aceptaba. Aunque no tardé mucho en recordar aquel famoso refrán: Quien mucho abarca, poco aprieta.

-En los refranes siempre hay un toque verdadero, una especie de llamada de atención.

-Mi madre era muy dada a encajar refranes, igual que Sancho Panza. Y cuando ya los tenía encajados se convertía en Penélope deshaciendo la tela, pues su conclusión final siempre era la misma: Refrán antiguo, mentira moderna. Mi señora madre no hacía más que crearme confusión.

-Es una forma como otra cualquiera de enseñar.

-Pues entre esa confusión, y entre que he intentado abarcar mucho, ya se puede usted imaginar cuáles han sido mis resultados. Un desastre. Ahora, a punto ya de cruzar la meta, me siento, como también dice el refrán, Aprendiz de todo y oficial de nada.

-Esa es la sensación de quien ha llegado a la meta. Y tal vez por eso mismo decía don Miguel de Cervantes que vale más el camino que la posada. Mientras estamos de camino, nos movemos, tenemos ilusiones, esperanzas... La posada es tan aburrida. Es donde sale nuestra parte animal: el cansancio, el hambre, la sed, el deseo de no movernos...

-También están las buenas conversaciones, el buen vino, la meditación...

-Sí, tiene razón. Tal vez la clave esté en aceptarlo todo y en saber sacarle provecho a todo, ¿no le parece?

-Efectivamente. Creo que ha dado usted en el clavo. Aunque muchas veces no se sepa muy bien cómo hacer las cosas.

-Quizás llevándolas hasta el límite. Pero, claro, no me interprete mal, el límite lo tiene que marcar uno mismo. Y va apañado si es un poco exigente con su persona.

-Sí. A veces eso se puede convertir en una maldición. Hubo un momento en mi vida, no sabría decirle exactamente cuándo, en el que me di cuenta de que necesitaba de las otras artes para entender la mía... Me explico: necesitaba leer, la literatura, para terminar de comprender ciertas cosas... Dicho de otra forma, creo que aprendí más historia leyendo los Episodios nacionales, de Galdós, que estudiando todos los libros de historia de la época.

-Eso le sucedió porque don Benito era un excelente escritor y lo metió a usted en sus mundos de rondón.

-Sí, lo pensé, lo pensé... Pero también pensé que mucha de la historia que leemos no es sino pura ficción, construcciones mentales tales como puedan ser las de una novela o un cuento.

-¿No me irá a decir usted -me preguntó sonriendo- que le da preeminencia a la literatura sobre la historia?

-No le doy preeminencia a nada. Al menos ahora. Ya se lo he dicho antes: todo me parece importante, interesante. Y lo único que lamento es que la vida sea tan breve. Me encantaría estar jubilado, como lo estoy ahora; tener dinero, mis necesidades cubiertas, como las tengo aquí; y -concluí sonriendo- dieciocho años y las ganas que tengo de seguir aprendiendo.

-El mito de la eterna juventud.

-¡Ah, no! Yo no quisiera olvidar nada de lo que sé. No quiero volver a empezar.

-Usted pide imposibles, querido amigo. Ese deseo creo que ni la lámpara de Aladino se lo concedería.

-¿Sabe, doña Paquita? -le dije con un leve toque de melancolía-. Me lo pasaba tan bien leyendo y estudiando que un día, en una clase de bachiller, un cura, profesor de religión, nos contó que Dios le dijo a Salomón que le iba a conceder un deseo. Este le pidió la sabiduría... Yo, en un arranque de ignorancia, o de soberbia, dije que le hubiera pedido a Dios tiempo libre y dinero para libros: de hacerme sabio ya me hubiera encargado yo.

-Sí, tiene razón; parece un poco fatuo, ¿no cree?

-Cosas de juventud.

-Yo, por el contrario -me confesó sonriendo-, le hubiera pedido a Dios que jamás me doliesen las muelas. Por el dolor y por la cantidad de dinero que me ha costado mi boca. Llegó a tal grado la obsesión que cuando mi marido comenzó a acercarse a mí, medio en serio, le pregunté si estaba estudiando medicina. Puso tal cara de desolación el pobre hombre que estallé en carcajadas y me olvidé de mis muelas. No, no era dentista; pero tampoco le hizo ninguna falta.

-Feliz usted. Yo siempre me he encontrado desprotegido.

-Alguien le habrá dicho algo agradable...

-No, no me refiero a terceras personas. Estoy hablando de mí mismo.

-No sea usted tan severo. Quizás lo primero que deberíamos aprender, antes que nada, es que somos limitados, como todo en esta vida... ¿Cómo decía aquel? ¿Era someterse a la naturaleza para poder dominarla? Algo así. Quiero decir que no por pedir la luna, se la van a dar en bandeja.

-Ya lo sé. No quiero la luna. Sencillamente me encanta imaginarme lo feliz que sería... Se lo explico de otra forma: hace también mucho tiempo di en dejar de leer los periódicos, que era mi primera faena de todos los días. Me asqueó todo cuando estaba sucediendo, y que siempre aparecía en primera plana: corrupción, robos, estafas, desmantelamiento del estado de bien estar, suicidios, desahucios, políticos sin ideas, el paro aumentando, la gente desesperada... Como remedio contra tanto desastre di en buscar y leer las noticias que me hablaran de avances científicos, aunque a veces no entendía nada de cuanto leía.

-Y de ahí le vino la frustración, y el deseo de saber más.

-Sí, pero llovía sobre mojado. Y también recuperé cierta confianza en el hombre... Como sabe estudié Historias, pero, claro, la historia que llevamos a cuestas es ya tan larga... Un día di en leer libros sobre la Prehistoria.

-¡Ay! -exclamó doña Paquita- es un época que a mí nunca me ha gustado nada. Todo son huesos y fósiles. Y piedras.

-¡Mujer! También tienen su poética.

-Sí. Es posible.

-De todas formas a mí no me interesaba el hueso por el hueso. Me hacía gracia que de un diente, de hace miles de años, mis compañeros dedujeran tantísimas cosas: alimentación, clima, edad del dueño, años que tenía cuando murió, etc. Y que luego, deducidas, hicieran lo mismo que mi madre: negar la mayor. Es decir, esto, que te lo he contado así, tal vez sucedió así o de otra manera, no lo sé; pero tiene visos de que pudo suceder como te lo he contado yo.

-Es decir, que no tenían ni idea.

-Yo también pensé eso al principio; pero luego comencé a dudar. Yo creo que sí que saben. O saben más de lo que dicen.

-Tal vez se trate de personas muy prudentes.

-Sin duda. Me entraron unas ganas enormes de participar en excavaciones... Y empecé a viajar por determinados montes. E iba, como le he dicho, con mis hijos.

-¡Buf! Me acuerdo que una vez, en compañía de varios compañeros del instituto, nos fuimos de viaje a Atapuerca, a visitar las excavaciones... Yo no vi nada, ¿qué quiere que le diga?

-Ya me lo ha dicho todo. No hace falta que añada nada más.

-¿A qué se refiere?

-A que usted, igual que yo, e igual que mucha gente, no supo leer lo que tuvo delante. A veces he ido solo por el monte, he visitado viejos poblados iberos, santuarios, etc. No sabía interpretar lo que había allí.

-¿Lo saben los especialistas?

-Es lo que me gusta de la Prehistoria. En los libros que he leído yo rara vez se hacen afirmaciones tajantes. Siempre se está esperando, por el contrario, la aparición de tal y tal cosa que, tal vez, pueda rellenar los huecos que ahora tenemos...

-Mientras haya misterio, habrá poesía.

-Y ciencia. O algo que se puede llamar así... Yo también estuve en Atapuerca. Y es verdad: tampoco yo supe leer o interpretar muchas de aquellas cosas. En realidad siempre estamos aprendiendo a leer. Quiero decir que no sé distinguir una piedra tallada para usarla como instrumento de una piedra normal de las que tantas hay por el monte.

-Bueno, por lo menos sabe leer algunos libros escritos en su propio idioma.

-¿Y no le parece que eso es muy poco?

-Poco, ¿para qué? A veces, cuando usted se pone a hablar me recuerda a mí cuando era joven. Sí. Cuenta usted cosas que también yo, y creo que muchas personas, hemos experimentado. Al menos también durante una larga época di en leer como una loca. Devoraba los libros. Mis apetitos lectores casi se convirtieron en una obsesión. Hasta que, un día, mi padre me llevó no recuerdo si a la Biblioteca Nacional, o alguna otra biblioteca. Era enorme, desde luego. Me puso en medio de todos los libros y me dijo: “hija mía, ni viviendo tres o cuatro vidas, y estando todo el día sentada, ibas a poder leer todo cuanto se encierra aquí. Lo importante no es la cantidad, sino la selección que hagas, y cómo asimiles lo que leas y estudies. Y no olvides que hay libros que vale la pena leer y releer una y otra vez.”

-Le dio un buen consejo, desde luego.

-Sí, desde luego. Yo, tal vez como hubiera hecho usted, le repliqué nombrando el Renacimiento, Miguel Ángel, Leonardo... “Todo eso pertenece al pasado -me dijo-. Las ciencias han evolucionado mucho. Personas así fueron posibles en aquel momento. Hoy son imposibles. Cada tiempo tiene sus cosas. Y hay que saber aceptarlas.” Por supuesto que no le hice caso. Y seguí con mis obsesivas lecturas. Hasta que se me hizo carne y sangre cuanto mi padre me había dicho. Cambió entonces mi ritmo de lectura y me fui tranquilizando y sosegando, como un río que desemboca en un lago.

-Y fue usted más feliz -dije con un tono que sonó un tanto burlón. Doña Paquita no hizo mucho caso.

-No, ni fui más feliz ni más desgraciada. Pero dejé de considerar imprescindible leer algún libro que, o bien algún compañero, o bien algún profesor, se había escandalizado porque no lo había leído yo. Todo cuando yo desconocía resulta que era imprescindible.

-A veces esos escándalos son muy interesados. Se escandaliza de esos fallos quien tiene lagunas enormes.

-En algún sitio de Romeo y Julieta, se dice que se ríe de las heridas quien jamás tuvo llaga alguna. Me parece. Romeo no hace ni caso de las burlas, y persiste en su amor. Y yo seguí leyendo. Con calma, tranquilidad y sosiego. Y sí, querido amigo, hay infinidad de libros que no he leído, ni me va a dar tiempo ya a leer. Soy una ignorante en muchísimas cosas y en muchísimas literaturas.

-Así estamos todos.

-Pues tratemos de ser felices con nuestras ignorancias. A usted le hubiera gustado saber leer los huesos de una cueva, y a mí descubrir qué hizo don Miguel de Cervantes para escribir el Quijote. ¿Por qué no lo podía escribir yo? He estudiado, tengo una carrera, he leído mucho... y, sin embargo, me pongo a escribir y no me salen más que obviedades.

-Debe de ser difícil escribir un libro.

-Me lo imagino. O tal vez se trata de personas que tienen algo especial, algo que a otros nos es negado.

-De todas formas yo siempre he pensado que escribir un ensayo, un tratado de historia, y demás, es relativamente fácil. No le estoy hablando de Don Quijote... Lo que me asombra es que una persona sea capaz de componer una sinfonía. El historiador, por ejemplo, tiene crónicas, memorias, diarios... cosas en las que inspirarse; pero ¿de dónde salen los sonidos de una sinfonía?

-No sé. Tal vez de otras. A veces es evidente...

-Sí, no le digo que no. Pero ¿de dónde sale la novena de Beethoven? ¿De dónde salen los sonidos y esa armonía?

-Tal vez algún músico se lo podría explicar. Tampoco sé de dónde sale Garcilaso de la Vega. Todos hemos sufrido la pérdida de un ser querido, plasmado genialmente en aquello de Dulces prendas por mi mal halladas... sin embargo, nadie como él lo ha sabido expresar.

-Nunca me he planteado escribir poesía. He escrito algún que otro artículo sobre historia, o algún hecho puntual. Hasta colaboré en varios libros... Y los libros son palabras. Y nada hay más familiar que las palabras. Ahora bien, los sonidos, los sonidos. ¿Sabe? En mi familia no estábamos muy bien económicamente. Creo que estudié de milagro. Un día, durante el bachillerato, la profesora de historia nos hizo ir por la mañana a clase. Llevó un tocadiscos y nos puso música clásica... Fue un varapalo. Llegué a casa y le dije a mi padre que quería matricularme en el conservatorio.

-Usted es incorregible.

-Algo así me dijo mi padre. Y me mandó a paseo, claro.

-¿Y no estudió usted por su cuenta y riesgo?

-No. He escuchado mucha música, desde luego. Y digo escuchado, no oído. Pero he sido, en el mejor de los casos, un músico pasivo, como he sido un arqueólogo pasivo, un astrónomo pasivo, un filólogo pasivo, y un renacentista pasivo.

-Lo único que no es en usted pasivo -dijo sonriendo como quien va a lanzar una peladilla- es su pesadez. Relájese, hombre, que nos vamos a ir de aquí sin haber comprendido casi nada. Lo cual tampoco es muy importante. Y todos, por otra parte, hacemos interpretaciones, bien con palabras o bien con silencios. ¿No le maravilla que con 28 signos, o los que sea, porque con tanto cambio ya no sé ni las letras que tenemos, con 28 signos, repito, se haya escrito Celestina, Don Quijote, la Divina comedia...

-Sí, la verdad es que es para maravillarse.

-¡Hombre! Y tanto. Así que olvídese de que de un diente sacan tanto y cuanto. Al fin y al cabo, querido amigo, todo es uno y lo mismo. Todo. Usted lo ha dicho al principio.

-Eso no me impide a mí... Es que me hubiera gustado excavar tumbas, y saber tocar un instrumento...

-¡Ay, Dios mío! -me interrumpió- jamás imaginé que le tuviera que llamar la atención a un alumno por estudiar más de lo que tocaba. Nunca diga nadie de esta agua no beberé.

-Así sea. Aunque yo conozco algunas que nunca las probaré.

-Es usted incorregible.



Etiquetas:   Tolerancia

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