Los incondicionales del terror deberíamos estar agradecidos de por vida a una corriente fílmica tan transgresora y pionera en materia del género como lo fue el expresionismo alemán. Periodo artístico que abarca desde la finalización de la Primera Guerra Mundial hasta comienzos de la década de los 30 -si bien algunos historiadores fechan su defunción en 1926- si algo puso de relieve esta nueva forma de expresión cinematográfica era la conversión del séptimo arte en una herramienta con la que escapar de la realidad, como vehículo para manifestar un notorio desprecio a lo tangible. Mucho tiene que decir al respecto la época en la que nació, ese periodo posbélico en el que Alemania se encontraba sumergida en una de las peores crisis económicas de su historia y andaba en un arduo proceso de recuperación. El cine, pues, se vio obligado a agudizar el ingenio hasta el punto que la industria alemana vivió una edad de oro que a día de hoy sigue sin conocer parangón y, de paso, aprovechó para plantar cara a una industria -la americana- que se estaba haciendo dueña y señora del mundo. No había duda: el cine europeo podía ser tan digno y, en ocasiones, incluso superior al cocinado al otro lado del Atlántico. Prueba de ello es Nosferatu (F.W. Murnau, 1922), la primera adaptación cinematográfica de la novela de Bram Stoker y nítido ejemplo de cómo esta manifestación artística tan importante en la primera mitad del S.XX trascendió el simple movimiento cultural para diseccionar hacer reflexionar acerca de la conducta, la especie humana.




