Es una presión que irrumpe violentamente. El espejo retrovisor le dibuja una escena clásica de algún conductor golpeteando el volante del auto a un ritmo de alguna canción misteriosa. Delante los peatones atraviesan grisáceos el paso de cebra en una versión poco glamorosa de Abbey Road. El semáforo da verde. Es entonces cuando la presión lo empuja en un acto incontenible. Puede estar motivado por cualquier cosa: un peatón que atraviesa muy lento la calle, el saludo a un conocido parado en la acera, la necesidad imperiosa de hacerse respetar frente a la intención de otro vehículo de cortar su paso, la congestión, el tránsito más lento del auto que va delante, el piropo motorizado, o simplemente por si acaso. Todo desemboca en la misma rutinaria y compulsiva acción, la puesta en marcha del mismo mecanismo eléctrico de la bocina.



