Abortar el aborto

Es evidente que la política y los manejos de algunos políticos pueden llegar a asquearnos, máxime cuando en la rutina de sus actuaciones se cruza la providencia de la rapiña. Es lo que más nos repugna. Pero también alteran nuestras meninges las estrategias, las argucias y las provocaciones que algunos políticos consumen como recurso de oportunidad. En estos momentos son múltiples los asuntos amargos que amanecen con las mañanas y son objetivos atractivos para la protesta y la algarada. Se amparan en el ‘todo vale’ como escusa de reivindicación callejera.

 

. Es lo que más nos repugna. Pero también alteran nuestras meninges las estrategias, las argucias y las provocaciones que algunos políticos consumen como recurso de oportunidad. En estos momentos son múltiples los asuntos amargos que amanecen con las mañanas y son objetivos atractivos para la protesta y la algarada. Se amparan en el ‘todo vale’ como escusa de reivindicación callejera.

Entre el variado menú de motivos para la pancarta, surge ahora el griterío interesado por la reforma que el Gobierno promueve de la Ley del Aborto. Es una reforma legítima dirigida a recuperar la ética, los valores humanos, y el derecho a la vida que reconoce y defiende el Constitucional. Es una reforma impresa y cantada por el PP en su programa electoral. Es una reforma necesaria para evitar la destrucción manipulada de seres inocentes. Es una reforma para evitar, entre otras crueldades, que se utilice el aborto como fórmula post-anticonceptiva. Es posible que el Gobierno, al no tener esta ley repercusiones de tipo económico, haya dilatado más de lo debido la aprobación de su reforma.

Desde que en España se aprobó la primera ley del aborto, en 1985, la Iglesia no ha cesado de denunciarla y de reclamar su derogación. Mientras la despenalización del aborto contemplaba tres supuestos: riesgo grave para la salud física o psíquica de la embaraza; violación, o malformaciones en el feto, la Iglesia nunca aceptó ninguno de los mencionados supuestos. Así lo proclamaba, así lo defendía, y así lo continúa denunciando.

Por eso no se entiende ahora el vocerío alterado y las amenazas de destierro concordatorio que se han comenzado a jalear desde las tribunas socialistas. Es normal, lógico y hasta obligado que el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, muestre una vez más su rechazo al aborto y su defensa de la vida. Tanto el señor Rouco Varela como el resto de ciudadanos, católicos o no, tienen todo el derecho a manifestar en libertad su repulsa a las prácticas abortivas y a la crueldad asesina que conllevan. Es mucho más importante el rescate a la vida de un solo feto que cualquier derecho de la mujer y del hombre a decidir sobre su cuerpo.

El Partido Socialista cambió la ley y amplió los plazos y las circunstancias para abortar amparándose en la mayoría de votos que lo legitimaban. El Partido Popular, con su legitimidad mayoritaria de votos, tiene el mismo derecho que el PSOE a modificar la ley. Por eso, el mismo respeto que merecen las personas defensoras de la ley abortiva actualmente en vigor, le merecen también y en la misma medida las personas que muestran su rechazo a determinados extremos de esta ley y reclaman su modificación hacia cotas menos agresivas y dolosas contra la vida.

Todo es cuestión de principios.

UNETE



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