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Nocturna volvenda manu, volvenda diurna


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06/04/2013

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NOCTURNA VOLVENDA MANU, VOLVENDA DIURNA






Vicente Adelantado Soriano





-Es curioso lo que sucede en esta vida -le dije aquella tarde a doña Paquita, interrumpiendo su lectura, cosa que, creo, me agradeció.

-Estoy deseando que me lo explique -me dijo sonriendo y cerrando el libro, que dejó sobre su regazo.

-Y yo deseando hacerlo -le contesté respondiendo a su sonrisa.

-Pues ya que estamos los dos de acuerdo, y tenemos quórum, adelante. Hable usted.

-Como le estaba diciendo -volví a comenzar, sentándome frente a ella- es muy curioso lo que sucede en esta vida. Llevo toda la mañana recordando una frase en latín que, en su día, hice verdaderos esfuerzos por memorizar, cosa que no lograba ni a tiros.

-A veces la memoria nos juega malas pasadas. Yo, por eso mismo, siempre he admirado mucho a los actores de teatro. ¿Cómo pueden aprenderse toda la obra de memoria y no equivocarse nunca?

-Los ensayos, doña Paquita, los ensayos. Para eso están.

-Sí; pero aun así, ¿usted sabe lo que es meterse entre pecho y espalda, no sé, toda La Celestina?

-Desde luego la cosa tiene mérito. Y, sin embargo, qué desprestigio hacia la memoria en una parte de nuestras vidas, y por parte de algún que otro político y profesor ¿lo recuerda usted?

-Sí, me acuerdo. Me acuerdo de varios ministros, o ministras, y de algunas personas, pretendidamente progresistas, para quienes la memoria era algo del pasado, propio de la dictadura franquista y no de los tiempos modernos.

-Hace falta ser memo -exclamé indignado-. Y, desde luego, semejantes tonterías ponían bien a las claras que no se habían leído a Platón. Sócrates, precisamente, estaba en contra del libro por cuanto con él se confiaba al papiro lo que debía confiar a la memoria.

-Tampoco hay que exagerar.

-Digamos que en el término medio está la virtud. Hay cosas que, evidentemente, no hace falta memorizar. Y hay otras que está muy bien llevarlas grabadas a fuego. Entre ellas, el número del DNI, de la tarjeta sanitaria, el número del móvil...

-Y algunos poemas de Garcilaso, de Quevedo, y varias cosas más. Así se puede hacer una exposición en clase sin tener que estar buscando continuamente. Es sentido práctico.

-Sí, tiene usted razón: hay cosas que es muy práctico memorizarlas. Y no creo que la memoria tenga nada que ver con ninguna dictadura franquista, ni nazi, ni de ningún tipo.

-No hagamos caso de esas tonterías, por favor. Cuénteme que es lo que le ha pasado con su memoria.

-¡Ah, si! Ya se me había olvidado. Verá usted: hace años, leyendo un libro sobre Hispania y los romanos, en un capítulo apareció una frase en latín. Dicha frase quería indicar que un libro, Geografía, de Estrabón, era imprescindible para el historiador. Tenía que ser su libro de cabecera. La frase en latín era Nocturna volvenda manu, volvenda diurna.

-¿Y quiere decir exactamente?

-Explicado sin que tengamos que hacer ningún examen, sería que el libro hay que leerlo por la noche y por el día.

-¿Y una traducción literal?

-Para desenrollarlo por la noche con la mano, para desenrollarlo por el día. Recordará usted -le expliqué- que los libros antiguos eran rollos de papiro sujetos a dos palos, los eskítales, o varas, que estaban al principio y al final del volumen.

-¡Ah, sí! Me acuerdo. Y funcionaban igual que las cintas de vídeo, o las de cine antiguas: vista la película, había que rebobinarla.

-Exacto. Y eso era lo que no conseguía memorizar por más que una y otra vez me repetía que volvenda es un participio del verbo volvo. No tenía más que acordarme de la marca del coche, girar, rodar; pero no había forma.

-Y hoy, sin que viniera a cuenta de nada, se ha acordado de la dichosa frase.

-Sí. Y lleva toda la mañana martilleándome la cabeza.

-Eso es que alguien le está indicando que hay un libro fundamental que tiene que volver a leer.

-¿Cuál?

-No sé. Tal vez el libro donde apareció dicha frase.

-Me deshice de él. Ya no sé dónde está, si es que está en algún sitio.

-¿Tan malo era?

-No. En absoluto. Era bueno, muy bueno y muy esclarecedor. Pero hace algún tiempo caí enfermo, creí que iba a morir; y cuando me recuperé comencé a regalar todos los libros de mi biblioteca. La inmensa mayoría fueron a recaer en alumnos y en algún que otro compañero joven, que tenía algún interés por la historia. Así que si tengo que releer algo, tendré que volver a comprarme el libro de nuevo.

-No está nada mal gastar dinero en libros, ¿no le parece?

-Nunca me ha dolido el dinero ni para eso ni para discos. Pero lo malo no es gastar dinero, sino que los libros se olviden con tanta facilidad. Es increíble, ¿no le parece?

-¡Ay, hijo! Es verdad; en eso tiene usted toda la razón del mundo. Y mira que da rabia: lees una cosa, y a los cinco minutos ya la has olvidado. A mí a veces me daba la impresión de ser una especie de colador, o un cacito de esos para purificar la sopa: tiraba cosas en él, y todo pasaba por la tela metálica como si fuera agua: sin dejar el más mínimo rastro.

-Tampoco exagere usted, doña Paquita. Creo que en el cedazo siempre se retiene algo, poco o mucho, pero algo... Sí, a mí también me ha pasado: leer un libro, volver sobre él al cabo de unos años, y no recordar ni siquiera que lo había leído.

-Yo a veces no recordaba ni los libros que tenía en casa. Así que en alguna que otra ocasión he comprado el mismo volumen dos o tres veces. Luego venía el disgusto: como soy bastante metódica, al ir a guardarlo, resulta que lo guardaba en el mismo lugar donde estaba el otro... Me daban rabia esas cosas. Y por eso mismo, entre otras cosas, subrayaba los libros. Así estaba segura de haber transitado por allí. Eso sí, lo volvía a leer y lo volvía a olvidar. Desesperante.

-Somos unos seres totalmente imperfectos. Ahora bien, si lo recordáramos todo, igual nos volvíamos locos. O se rompía la tela del cedazo.

-O en vez de hablar por nosotros mismos, seríamos unos pedantes bípedos: siempre estaríamos repitiendo algo dicho por alguien antes que nosotros. Moriríamos aplastados bajo millones de palabras, ¿no le parece?

-Entonces -dije como quien acaba de hacer un descubrimiento- el olvido funciona en el cerebro como la comida en el aparato digestivo: es más, tal vez, lo que expele que lo que aprovecha; pero lo poco que queda lo utiliza para su crecimiento. De otra forma sería imposible la vida. Digo yo.

-Y el desarrollo. Yo, y no se ría de mí, de joven hice mis pinitos en la literatura: escribí un par de novelas y alguna que otra poesía. ¿Y sabe lo que más me gustaba de lo que poco que escribí?

-Sospecho que me lo va a decir.

-Sí, se lo voy a confesar. Tal como se lo confesaría al periodista con el que soñé en más de una ocasión... Soñé que publicaba alguna obra mía, que me entrevistaban, y soñé todo cuanto iba a responder. Se lo confieso casi in articulo mortis. Es una primicia que espero sepa agradecerme.

-Cuente usted con ello. ¿Qué tal una comida fuera de la residencia?

-No está mal... Ya concretaremos. Lo que más me gustaba de mis obras era la intriga, el tratar de averiguar de dónde me salían las cosas que me salían. A veces, y perdone por la inmodestia, me daba la impresión de estar dotada de una gran imaginación. O que alguien, no sé quién, escribía por mí.

-Imagino que eso sería producto de las muchas lecturas... En mi caso me encantaba ir a los lugares donde había habido antiguos asentamientos de romanos o tribus iberas. Paseaba por allí y trataba de ver cómo habrían vivido aquellas gentes... A veces me daba rabia que la vida fuera tan corta, pues me hubiese encantado estudiar arqueología y llegar a captar los modos de vida de aquellas personas.

-¿Cree usted que la vida es breve?

-Sí, mucho. Debería darnos tiempo a estudiar más cosas, a comprender otras...

-Para eso está la imaginación. No recuerdo dónde oí decir que un historiador tiene mucho en común con un novelista: apoyándose en algo real, es capaz de levantar toda una novela o una enorme teoría o historia sobre el pasado. ¿Existió lo que cuenta en la realidad?

-Yo también he oído esa teoría. Y, no sé, tal vez tenga razón, y todo cuanto decimos sean imaginaciones nuestras. Pero, al mismo tiempo, está claro que existió Numancia, o Troya... Y contra más cosas sabemos de ellas, mejor podemos conocer los modos de vida de sus habitantes... Claro que la vida es corta: yo debería haber sabido arqueología, latín, paleografía... No sé, tantas cosas de las que no tengo ninguna noción. Añada a eso todo cuanto vamos olvidando.

-Tenemos nuestros límites, querido amigo. Aunque yo creo que, de alguna forma, los vamos superando. Los ordenadores personales, por ejemplo, son una verdadera maravilla. Antes, cuando yo era estudiante, hace de ello tantos años, para buscar un dato tenía que echar mano de las enciclopedias, que, naturalmente, estaban en las bibliotecas... Buscar un dato te podía llevar toda una tarde. Hoy es cuestión de darle a una tecla.

-Sí, en eso tiene usted toda la razón del mundo; pero el hombre sigue igual: olvidadizo y desmemoriado; y limitado.

-Oyéndolo se me ocurre pensar que uno de los principios básicos nuestros debería ser percatarnos de nuestras limitaciones, y asumirlas... Claro que el no hacerlo puede llevar a la creación de seres que van más allá... estoy pensando en Frankenstein y en Drácula.

-¡Vaya pareja! -exclamé-. ¿Sabe? También a mí me crearon problemas.

-¿Le daban miedo?

-No, no me daban miedo. Me gustaba tener contacto con los muertos por cuanto estos nos podían informar sobre sus vidas cuando estaban vivos. Alguna vez asistí a la excavación de alguna tumba... No hay nada allí que pueda infundir miedo. Sí que me infundía respeto... Yo también soñaba con darle vida a los huesos, pero no para que fueran por ahí correteando y asustando a pobres adolescentes, sino para que me contaran cosas, para que me hablaran de su poblado, de sus gentes, de sus ansias...

-Es curioso -me dijo con una sonrisa muy melancólica- cómo, al final, las vidas de algunas personas se van pareciendo. Es curioso. Y es que con memoria o sin ella no parecemos sino calcos los unos de los otros. ¿Lo estoy intrigando?

-Un poco. Pero no importa: supongo que no se levantará de aquí sin explicarse.

-Por supuesto. A estas alturas ya no puedo jugar a ser una Shcherezade de unas noches que, con toda probabilidad, ya no van a llegar a mil.

-Eso nunca se sabe.

-Ya. Bueno, da lo mismo. Yo, igual que usted, también soñaba. Pero soñaba que me moría y me iba al cielo, donde supongo que están las personas que me interesan: Cervantes, Quevedo, san Juan de la Cruz, Garcilaso... y me sentaba en un taburete de la época, y me ponía a hablar con ellos. No, no tenía nada especial que preguntarles. Sencillamente me hacía ilusión pasar la tarde en su compañía. Aunque ahora que me acuerdo, tenía ganas de preguntarles a Quevedo y a Góngora por qué se odiaban tanto. Y dos personas tan creyentes como ellas, y tan buenos poetas.

-Por lo que recuerdo, la tensión social, Inquisición incluida, en aquellos momentos, era terrible.

-Eso no me dice nada. Eran dos hombres muy inteligentes. Y la inteligencia, creo yo, siempre tiene que estar un poco por encima de su época. No sé. Creo que hay que saber ver de lejos, y relativizar un poco las cosas.

-Está usted tocando otro tema ciertamente interesante. También a mí me llamó la atención en más de una ocasión. Me refiero al caso, o a la posibilidad, de que una persona sea un genio, un fuera de serie en unas cosas, en literatura por ejemplo, y un mezquino en otras, las relaciones sociales...

-¡Ay, de verdad! Vaya imagen negativa que estamos dando de nosotros mismos: olvidadizos, alejados unos de otros e incluso de nosotros mismos. ¿Somos compartimentos estancos?

-Tampoco es para desesperarse, señora mía. Mire, cuando empezó todo esto de la crisis, y comenzaron a aflorar todos los casos de corrupción de políticos y amigos de los mismos, dejé de leer los periódicos. Hacerlo era desmoralizante: todas las noticias eran una y la misma: robos, desvío de dinero, desfalcos, corruptos, países en bancarrota, paro, miseria, suicidios... Fue entonces cuando di en leer noticias de tipo científico. Y cuando la mente humana comenzó a parecerme un instrumento maravilloso.

-Esa mente también ha creado la bomba atómica.

-Tiene razón.

-Y a los nazis les encantaba la música. Y don Miguel de Cervantes diciendo que donde hay música no puede haber nada malo. ¿Cómo le puede gustar a una persona la novena sinfonía de Beethoven y puede, al mismo tiempo, matar a miles de personas?

-No lo sé, doña Paquita, no lo sé... Pero ¿no es algo maravilloso que el hombre envíe un robot a Marte, le dé órdenes desde aquí, y el robot haga lo que el hombre le indica? ¿Y no es maravilloso que un griego, sin ordenadores ni demás, descubriera que la tierra es redonda y hasta calculará el diámetro de la misma?

-Sí, es cierto, es cierto. Hay cosas que deberíamos tener siempre presentes, no olvidarlas.

-Y tampoco deberíamos permitir ciertas obras que tergiversan lo que sucedió. Es una forma de destruir la memoria, de quitarle importancia a lo que fue muy serio, excesivamente serio.

-Intuyo a lo que se refiere. Hay situaciones de las que yo también soy incapaz de reírme: demasiado sufrimiento humano como para jugar con él y hacer chistes. O escribir novelas tan malas como falsas. El sentimentalismo siempre resulta sospechoso.

-Y estamos igual que al principio, querida señora: nos olvidamos de todo, o de casi todo, así que nocturna volvenda manu, volvenda diurna. Hay situaciones y libros que nunca deberíamos olvidar.







Etiquetas:   Libros

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2 comentarios  Deja tu comentario


Vicente Adelantado Soriano, Educación ¿Por qué parece mentira que el autor haya tenido un error tan grave? Errare humanum est, dixit Seneca, sin tilde en latín. O como quiere don Francisco de Quevedo, errar es de hombres y ser herrado, de bestias y esclavos. Escribir sin errores, dominar una lengua, es muy difícil; y no se aprende sino a través de los errores. Lo siento por el mío, y pido disculpas. Gracias por la corrección.


, Parece mentira que este relato pueda estar tan bien escrito y al tiempo, tenga un error tan grave como lo es el decir " contra más " en vez de "cuanto más".
Me ha gustado.
Saludos




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