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Un enemigo olvidado es el propio Yo, que se moja en amoralidad y moralidad, es decir, la doble moralidad, un bien o un mal absolutos sin olvidar tampoco un más allá del bien y del mal, precisamente esos refugios como lo serian los estatutos y las normas, la ética, la verdad, el error, entre otros, todos juegan a la enredadera de aquel que las adopte y les practique, en sí, son solo requisitos para darle sentido al sin sentido. El enemigo es todo aquello que se siente, que se piensa, cuando se pide trabajar o servir con todo el corazón, alma, mente y fuerza, aún en el caso de toda la eternidad, demasiadas exigencias ante tan poco cosa, mero remordimiento para crear dolor, pobreza, suciedad y un lamentable bienestar. Llenarse de palabras, de lenguaje, en cuestiones del consciente e inconsciente, permanecer en el símbolo, el signo, eso de lo simbólico aún lejos de lo real "Esé, es el enemigo".