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El "mea culpa" nacional


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22/03/2013


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El rey es pillado infraganti en una cacería de elefantes en África cuando, de madrugada,  se cae por una escalera del hotel donde se hospeda,  mientras el país se desangra por la crisis. Nadie da explicaciones de qué hacía allí el rey, cayéndose escaleras abajo a las cuatro de la mañana, ni de dónde de venía, y en qué estado se encontraba para caerse, y todo se zanja con un “Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”, para alivio de todos los que tendrían que haber dado explicaciones si su majestad no hubiera pedido disculpas.


            Este acto de contrición pública marca un antes y un después en la historia reciente española. País poco acostumbrado a la “deshonra” que supone reconocer los errores, por un sentimiento de orgullo que roza la soberbia, el gesto del monarca tiene dos sentidos: el primero, que la petición de perdón, como se ha visto, parece que exonera de los pecados que se hayan cometido; muy normal esto en un país católico en donde la confesión le libera a uno de todos sus malos actos, con una pequeña penitencia. Ya saben, pueden ser ustedes los mayores canallas del mundo, que si se arrepienten en el último segundo antes de expirar las puertas del cielo se le abrirán de par en par. Lo raro es que  nuestros políticos no se hayan dado cuenta antes de lo barato que resulta hacer mea culpa. El segundo sentido es que, una vez abierto el melón de las contriciones, las peticiones de perdón llueven por doquier, a sabiendas de que la sociedad, en su generosidad cristiana, les va a absolver de sus culpas. Así desde la confesión pública real, día sí y día no recibimos alguna petición de clemencia, por parte del establishment del poder, y pelillos a la mar.

            Piden perdón los dirigentes de Novagalicia por haber destruido el sistema financiero gallego, estafado a miles de ahorradores por las preferentes y despedido a otros miles de trabajadores, pero ahí siguen, encumbrados en su puesto de cientos de miles de euros al año de salario, sin que pase nada. Pide Perdón Mariano Rajoy por habernos engañado al presentarse a las elecciones con un programa que nada tiene que ver con la destrucción del estado de bienestar a la que se está aplicando como un alumno aventajado del capitalismo internacional más feroz; pero él sigue impertérrito destrozando la vida a millones de españoles con su política.  Pide perdón Rubalcaba por estar como un outsider de los problemas de la ciudadanía, lo que le obliga a hacer una oposición a remolque de los acontecimientos y sin propuestas, destructiva para su Partido y el socialismo democrático nacional; pero él sigue en sus trece de “ahora no toca” para dar paso a otros que sí fuesen capaces de colocar al PSOE a la altura de las circunstancias. Pide perdón Yolanda Barcina, presidenta de la Comunidad de Navarra, por haberse llevado crudo el dinero de la Caja de Ahorros de Navarra con una fórmula que se parecía más a atraco a las tres, por las tres reuniones diarias que se ponían para cobrar dietas de cada una, pero ella sigue sin asumir su responsabilidad dimitiendo, que es lo que haría cualquier persona honesta. Pide perdón Oscar López, secretario general del PSOE, por haber puesto en ridículo a su Partido al haber autorizado la moción de censura de Ponferrada, que  ha indignado y ruborizado a mujeres y hombres de este país, pero, ratificado por los que han sido cómplices de su mala gestión, no tiene intención de dimitir. Pide perdón Alberto Fabra, presidente de la Generalitat Valenciana, por la corrupción de la que ha sido artífice su Partido, arruinando a la Comunidad Autónoma, y a sus habitantes, pero sigue manteniendo a los imputados en casos de corrupción en sus cargos políticos, como si fueran extraterrestres a los que él no puede cesar. Pide perdón Toni

Canto, diputado en el Congreso por UPyD, por pasear su misoginia y su ignorancia por las redes sociales, y nadie en su Partido le pide que dimita, ni siquiera su secretaria general, convirtiéndose todos en cómplices de sus palabras. La izquierda proeterra en el País Vasco va pidiendo perdón a regañadientes por haber apoyado durante décadas la violencia y asesinatos de ETA, pero no son capaces de pedirle a la banda terrorista que entregue las armas y se disuelva definitivamente.

            Hay muchos más que han pedido disculpas desde el perdón de los elefantes, y todos siguen en sus puestos, ya redimidos de culpa, eso creen. Pero hay otros tantos que son deudores de tanta soberbia que les hace incapaces de pedir excusas, es más, algunos se reafirman en sus actos. No se ha oído pedir perdón a los diputados del Partido Popular en las Cortes Valencianas, imputados en casos de corrupción, entre quienes se encuentra, por ejemplo, la alcaldesa de Alicante. Tampoco se ha escuchado pedir perdón a Carlos Fabra, por haber engañado a los castellonenses durante años, mientras él hacía fortuna gracias a casos como el de Naranjax y sus fraudes a Hacienda; aunque éste todavía piensa que es la sociedad la que debe estarle agradecida. No ha pedido perdón Francisco Camps, por haber arruinado a la Comunidad Valenciana y por ser el mayor ególatra que ha pisado estas tierras; ni Rita Barberá por ser consentidora fiel de las hazañas de la Gürtel. Ni piensa pedir perdón Barcenas por haber robado a manos llenas, la justicia dirá si en su nombre o en el del PP; ni María Dolores de Cospedal por tantas mentiras que nos ha regalado durante estos años, que han tenido su colofón con el sainete del “despido en diferido”. Tampoco lo ha hecho el presidente de la CEOE Joan Rosell por aplaudir y reclamar mayor facilidad para despedir a millones de trabajadores; ni el presidente de la banca al que le parece adecuada la legislación que está desahuciando a miles de personas de sus casas por la depredación de la banca. Ni Artur Más… que se puede decir del presidente de la Generalitat de Cataluña, un mago del chisterismo político. Ni el que dice que dimite, pero no se va, Oriol Pujol.

            En fin, entre perdones sin asumir responsabilidades, y los que ni siquiera se dignan a ello, el país se va arruinando y cada vez está más claro que sólo nosotros podemos convertir en prescindibles a tanto arrepentido y soberbio. Esa es la grandeza de la democracia.



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