Nunca es una buena noticia la muerte de un ser humano, pero cuando ese ser ha hecho un daño incontrolado y deshonesto, ha sido un peligro público, un dictador, un déspota con sus congéneres y ha esquilmado a una mayoría de sus conciudadanos -- como ha sido el caso de Hugo Chávez-- parece como que la muerte de ese ser duele un poco menos; máxime cuando la desaparición del aprendiz castrista supone una ventana de aire fresco, una alabanza a la libertad y un canto a la esperanza para Venezuela.




