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03/03/2013

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Decía Marco Tulio Cicerón que los pueblos que no recuerdan su historia están condenados a revivirlo. De un tiempo a esta parte, muchos de los ciudadanos de la Unión Europea ponen en solfa la idoneidad del proyecto que arrancaba en 1.950 de la mano de los franceses Robert Schumann y Jean Monnet con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), que siete años más tarde pasaba a convertirse en el Mercado Común diseñado en el Tratado de Roma, y al que España no accedería hasta 1.986 junto con Grecia y Portugal.






Se producen desde que se inició La Crisis, brotes eurófobos, separatistas y soberanistas en casi todos los países miembros de La U.E., llegando a plantear en muchos casos abandonar el euro y volver a la moneda anterior, dando por sentado que ese será el remedio para los males económicos del país. Para rebatir estas tesis, hemos de hacer un poco de repaso histórico y ver cuáles fueron los motivos que originaron esta unión, que traspasa las barreras meramente económicas y de tránsito de ciudadanos. Un repaso especialmente indicado para los más jóvenes, para los cuales el panorama se presenta más incierto.





Hasta hace alrededor de setenta años, todo el continente europeo vivía sumido en guerras y disputas territoriales que, en muchos casos, duraban siglos. Se forjaban alianzas que luego se rompían para enfrentar a naciones que eran aliadas el día anterior. Desde el final del Imperio Romano, los estados se dedicaban mayormente a fortificarse y aumentar sus ejércitos para dirimir las continuas contiendas a las que debían enfrentarse. Dichas contiendas culminaron con la Segunda Guerra Mundial con los efectos de sobra conocidos: Europa devastada, más de cuarenta millones de muertos y una huella de odio y demencia que quedaría por toda la historia.





Pasados cinco años del final de la Segunda Guerra Mundial, políticos socialdemócratas franceses, encabezados por Jaques Delors, idearon un escenario en el que la cohesión entre los estados del Viejo Continente diese lugar a un espacio geográfico de cordialidad, colaboración política y una manera de competir económicamente con Estados Unidos y Japón. Es importante reseñar que, aunque en estos momentos esté de capa caída, la socialdemocracia fue la creadora de este sistema otrora tan beneficioso que, todo hay que decirlo, fue mantenido y ampliado en el tiempo por gobiernos de distinto signo. La aplicación de la teorías keynesianas sobre el ciclo económico y la redistribución de los recursos, permitió un crecimiento sostenido hacia el pleno empleo y una sociedad cohesionada, en definitiva, lo que se conoce como “Estado del Bienestar”. Con esto se planteaba un modelo productivo y económico diferente del norteamericano, basado en un sistema de industria pesada y capitalista puro y del japonés, fundamentado en la tecnología y la producción en masa, si bien más tarde comenzaron a aplicar medidas Just in Time y sus submedidas Kanban y Kaizen, implantadas por la Toyota, que hicieron que la producción japonesa se adaptara a los mercados occidentales.





Pero el ideal de la entonces incipiente unificación de estados de Europa tenía un objetivo mucho más trascendental y solemne que el puramente económico; el de una paz duradera y el de un espacio donde los ciudadanos pudieran vivir en paz, sin miedo a posibles conflictos y en un estado de bienestar garantizado para todas y todos. Y aquí es donde está el núcleo vital de lo que quiero exponer. Las guerras de las que hablamos pueden parecer muy lejanas en el tiempo, pero la paz estructural que vive el mundo desarrollado, es un sistema frágil y difícil de mantener. Se requiere una estructura organizativa fuerte y una representación significativa de cada estado y de cada sensibilidad local. Lo que dicho en otras palabras es recuperar la política en su estado más puro.





El gran problema de la oleada euroescéptica ha venido favorecida por la supeditación de la política a la economía de mercado la tendencia a socializar las pérdidas financieras y privatizar las ganancias generadas por ese consumismo febril que se ha implantado en el ADN occidental en las últimas décadas, originada por el sistema de producción en cadena.





Es comprensible el hartazgo de la inmensa mayoría de ciudadanos y es justificable en cierto modo que se pretenda regresar a las condiciones existentes antes de la integración a la U.E., pero es necesario recordar que esas condiciones ya no son posibles sin la pertenencia a La Unión, así que, tengamos en mente la frase con que comenzaba este artículo y recordemos nuestra historia, ésta nos dice que unidos estamos mejor que separados.





Hugo Roig Montesdeoca, escritor y miembro del PSC-PSOE de Telde perteneciente al Comité Insular



Etiquetas:   Europa   ·   Unión Europea   ·   Banco Central Europeo

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