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El Tango, un himno de Valparaíso


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02/03/2013

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El tango, un himno de Valparaíso
















Hernán Narbona Véliz (22/01/04)





















CUANDO LA TARDE caía en Valparaíso, alrededor de las siete de la tarde, mi mamá se preocupaba de que hiciera mis deberes y mientras yo sufría comprobando las restas, memorizando las tablas de multiplicar, ella planchaba o tejía. Justo a esa hora, en la coloreada rada de mi puerto se comenzaba a escuchar  el tango. Era la radio Presidente Prieto, sintonizada al unísono por miles de hogares, era el himno que desde las elevadas callejuelas plasmaba todos los dramas de la gente modesta, que ayudaba a suspirar y a reencontrarse con el amor, esculpiendo sueños y suavizando sus tragedias.

 

Cadenciosamente la noche entraba en los barrios como una milonga estrellada, zigzagueando por las quebradas, al ritmo ancestral de un Alberto Castillo, que cantaba a los cien barrios porteños, un Pichuco Troilo, o un Argentino Ledesma, que elevaba su Fumando Espero. El tango se me ocurría como un bohemio galán, llorando su soledad en un farol del barrio Puerto. Desde mi viejo caserón de dos pisos, podía admirar a las mujeres que lavaban en sus bateas de madera. Ellas escapaban en sueños de princesa, mientras las encantaba un tango mentiroso, entregándoles amor por tres minutos escasos. Tres minutos para suspirar, pese a que sus manos estaban curtidas por el rigor, imaginando las caricias de quien sabría estrechar sus cinturas y robar esos besos que se agriaban de soledad.

 

El tango sabía refrescar esos silencios y esos secretos para mantener radiante de pasión la piel de las mujeres laboriosas. Cuando las sentía cantar, intuía que sabían amar y que esas letras dolidas que un Julio Sosa les dejaba día a día, era como una flor en sus cabellos arrebolados de esperas. Y en las fiestas el tango las liberaba. Era su música sobre sus cuerpos aprisionados por puritanas organzas, como el viento sur del puerto levantando sus vestidos. Así conocí el tango, como el ritmo incomparable de mis cerros.

 

Así, cotidianamente, el tango se infiltró en mi lenguaje; memoricé de niño cientos de cancioneros y aprendí a susurrar sus letanías urbanas en forma natural, sin pensar nunca que la vida me llevaría alguna vez a San Telmo, que sería por años un habitué del Viejo Almacén, que tendría en Buenos Aires un alero fraterno para ir organizando mi vida, como un ciudadano más de Corrientes y Esmeralda, en la más cosmopolita ciudad del planeta.

 

 Porque Buenos aires fue una ciudad que nunca me hizo sentir extraño, que me acogió como un inmigrante más, que traía la raigambre del tres por cuatro tatuada a bandoneón debajo de las sienes platinadas.

 

El tango que aprendí con las primeras letras en los clubes de barrio, aquellos tangos que se cantaban en los encuentros familiares, se vienen hoy a mis ojos, rumbeando de nostalgia, recreando esa infancia lejana en la cuadra de Basterrica, donde cada día el tango se adueñaba de los crepúsculos porteños, como un gran himno de esos cien barrios a donde pertenecería por siempre.

 

Desde esta infancia que se desplegaba como un volantín desbocado tragando lecturas, música y paisajes, salté a esta madurez de hoy.

 

Hace dos años despedí a mi madre y sabiendo que había sido el tango su gran compañero, el mensaje final de sus tres hijos y sus nietos y bisnieta, fue simplemente entonar para ella y con ella, el “Adiós muchachos, compañeros de mi vida…”

 

Como corolario de esta crónica, les regalo mi poema Tango, de mi último libro publicado en 1993, “Memorias Poéticas y Licencias para un Reinicio”.

 

TANGO

 

Invadiste mi niñez, el barrio, los lateríos.

La arteza grabó tus penas, mis cerros tu carnaval.

Estuviste con Pichuco, muy junto al hada madrina,

la abuela supo entonarte, Castillo la ilusionó.

 

Te incorporé a mi vagar

y te prendiste a mis ojos, te comprendí como nadie,

me recibiste leal.

Cuando crucé cordilleras, al aprender a fumar,

se me hizo humo la noche sentado en el Viejo Bar.

 

Palpité tu derrotero,

de San Telmo a Paternal,

fui forastero al principio

vos me empezaste a vosear.

 

Porteña historia en los mates,

el suave filosofar…

yo rasgué los tamangos p’a tener que morfar.

Supe del piola y del chanta y me tuve que cuidar.

Supe de tus ritmos nuevos, de tu destreza ancestral.

 

Me regalaste una lágrima de imaginaria beldad,

a cuestas seguí con ella, extrañando en soledad.

comprendí tus inquietudes, fue tu canto celofán

que amortiguó las esperas cuando hubo que aguantar.

 

Inmigrante aclimatado aspirando tu sentir,

tus raíces taciturnas, el desolado arrabal

y ese río con arcilla que Quinquela fue a pintar.

 

Viví contigo la noche que pretendió enmudecer

las verdades de Discépolo en cinismo sepulcral.

después vine hasta mis cerros, pues mi puerto

aquí me ancló. He traído como hermano

el vibrar de un bandoneón…

 

Tango amigo, ciudadano, veterano del amor,

ya no hay dudas, no es recuerdo…

¡me afanaste el corazón!











are





  • egazkue amilkar6:30 AM

    precioso trabajo

    suerte



    www.legazcue.com

    Reply







  • Goya2:01 AM

    EXCELENTE UNA VEZ MAS SABES INTERPRETAR A NOSOTROS LOS PORTENOS.

    Reply























  • Etiquetas:   Música   ·   Patrimonio Cultural   ·   Relato Breve

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