. Consternada por la artística forja metálica del oro de la habitación y los cientos de piedras de muchos colores lilas, verdes, azules y blancos, me incorporé de mi lecho compuesto de pieles sedosas de jaguares y pumas sobre esteras delicadamente mullidas. Al querer ponerme en pie, unas niñas silenciosas, gacelas ágiles, de ojos risueños, hermosamente maquilladas de líneas tonales de tierra de color y cubiertas de tejidos de diseños no reconocidos para mí, buscan atenderme al más leve movimiento. Hablan una lengua extraña, procuran saber qué necesito, y al sólo deseo expresado en su idioma -qué raro, porque no sé cómo lo aprendí- corren y llaman a otras para que me sirvan.
Pensé en una forma bastante sui generis de prisión, pero cuando se siente el sonido poco musical de mis intestinos reclamando alimento, con urgencia me acercan bandejas de frutas deliciosas que jamás había probado. Con fruición voy degustando de cada una de las pulpas, agazapada en mis plumajes color fucsia -maravilloso vestido- con que he sido arropada.
Miro mis pies, y están adornados de preciosas placas de oro forjados con diseños de reptiles y aves. Mis brazos lucen las más maravillosas pulseras con formas de serpientes de diversos colores, que sé poseen un sentido sacerdotal de género, impronta muy particular en mi aún acá.Intento recorrer las lecturas de historia indoamericana en mi memoria, y me parece reconocer el antiguo Tenochtitlan, es probable. No sé cómo es que estoy en este lugar, y por qué me atienden con tanta deferencia, pero me gusta.Quiero caminar fuera del recinto, que parece un enorme edificio de piedras muy bien superpuestas, y mis celosas guardianas corren espantadas buscando una capa de tela finísimo con diseños de animales que imagino deben tener algún significado espiritual, como en los tejidos mapuche de mi zona, y por lo general muy cósmico, porque he descubierto de la riqueza cosmogónica de nuestros ancestros que me ha dejado perpleja (ya la hubieran querido los hispanos, dicho sea de paso).Bajo de esas alturas habitacionales, y los jóvenes emplumados se forman a mi diestra y siniestra como guardias permanentes, avanzando conmigo a cada paso; las muchachas no han salido, pareciera que no pueden, o no deben. A mi paso se abre camino la muchedumbre que viene cargada de comestibles y animales, incluyendo gente de otros pueblos. Poco a poco voy comprendiendo; seguramente hay cerca algún mercado. Sólo quiero caminar, o estirar los huesos, como dicen en Temuco, y sigo avanzando con mis pasos breves, fuertes y decididos -no conozco otra manera-, hasta llegar a un mar de verde y amarillo lleno de mazorcas. Choclos, qué delicia. Giro hacia mi derecha y hay plantaciones similares pero de maíz de otros tonos, y hacia mi izquierda los hay de diferente tamaño y color. Me los imagino cocidos sin nada, el sabor puro sin agregados, ni sal, ni albahaca, ni azúcar (como algunos acostumbran cocinarlos), sólo el maíz.Ingreso perentoria a la plantación más alta; estos frutos se parecen a los que mi madre trae de la verdulería para cocinar. Los dulces son los más deliciosos, son un tipo probablemente híbrido, especial para cazuelas; pero a mi me gusta comerlos sólo cocidos en agua. Perdida entre las plantas, siempre resguardada por mis jóvenes guerreros, cierro los ojos y me dejo ir en un viaje gastronómico mazorquero imaginando las delicias de los platos que podría degustar. De pronto pienso si los españoles ya habrán llegado a invadir y robar toda esa riqueza, y mi corazón galopa entre el temor y el enojo, porque conozco el resultado de la historia. Pero no veo nada que se parezca a los barbudos europeos y sus caballos resoplantes ahítos de Abadón.Los viriles emplumados me miran asombrados, porque mi sonrisa golosa recorre mi rostro y mis ojos devoran los campos atiborrados de pastel continental tapado con batido de azúcar, como en el sur de Chile. Ellos no saben lo que pienso ante tanta delicia sembrada, porque mis ideas son exclusivamente degustadoras gastronómicas y no he evaluado detenidamente el poder económico que se sustenta en esas siembras, aunque no dejo de pensarlo, y saco cuentas con mi mentalidad capitalista que afortunadamente en ese lugar aún no existe, aunque sí logro apreciar que pertenezco, no sé a causa de qué, al sector social de mayores privilegios, que a la postre no deja de ser tampoco la más abusadora por sobre los más débiles; seamos honestos, o no habría nacido la república en aquellos países de monarcas esclavizadores. Me bullen las ideas tanto como la salivación del deseo del disfrute comensal del maíz; la temporada es tan breve... Cierro los ojos y me veo sumergida en ese mar, pero los frutos fueron desgranados y molidos; su sabor es dulce, distinto a los que estamos habituados a consumir entre tanta artificialidad gustativa del mercado; paladeo extasiada la sensación de la emoción lechosa de las mazorcas con aliños elementales del sur chileno; me siento dividida, porque ellos no saben que vengo de otro lugar, aunque parecen conocerme desde siempre, y se me hacen familiares. Sigo en el nado del mar blanquecino amarillentoso; nada se me hace más completo e íntegro que formar parte del maíz molido; mis poros se saborean y es hasta probable que tal aventura implique un tratamiento de belleza poco docto, pero efectivo.Suspendida en el tiempo del mar descrito, me conmuevo al escuchar la voz de mi madre que me dice:-¡Ya puse el pastel en el horno!Lo que significa que ha encendido la cocina a gas con sus enormes y fogosos quemadores. ¡Qué horror, estoy en medio de la fuente pastelera, mi propio mar de maíz; quiero huir y me desespero! Los emplumados del antiguo México no están, se han ido por alguna parte del universo, y el calor me está consumiendo; me sofoco, y grito con espanto!!-¡¡Mamá!! -me dice la voz de mi hijo, que está conmigo durmiendo la siesta dominguera como cuando era niño, y me despierta remeciéndome de un brazo- ¡eso te pasa por comer pastel de choclo como si el mundo se fuera a acabar!Patricia Chacón y Calderón