El viejo jugaba a ganar

A veces nos ha dado la impresión que habla solo, aunque de acuerdo a lo que constatamos, eso es normal cuando andas con el celular en la mano como bastón de soporte.  Así está el viejo; no deja su iPhone ni para ir al baño.   Sabemos que tiene sus historias por internet, porque de vez en cuando prepara maletas y sale de la ciudad, después de algunas conversaciones muy secretas en las redes sociales, donde es asiduo visitante, casi parte del inventario.  

 

.  Así está el viejo; no deja su iPhone ni para ir al baño.   Sabemos que tiene sus historias por internet, porque de vez en cuando prepara maletas y sale de la ciudad, después de algunas conversaciones muy secretas en las redes sociales, donde es asiduo visitante, casi parte del inventario.  

Celular, internet y cerveza.  Aparte de su trabajo, en el que es realmente destacable en su ejercicio profesional, estos elementos son sus acompañantes determinadamente necesarios, así llama a los hijos y los nietos a diario, manteniéndose presente desde donde se encuentre, coquetea con cuánta falda virtual que lo encuentre medianamente atractivo, y sabe cómo parecer solo y triste, casi aceptando su situación de hombre abandonado, porque esa es la imagen que vende.  La cerveza es para alegrarse, porque dice que se pone más locuaz y simpático, así es que es medicamento imprescindible a diario y en cantidades suficientes para aturdir la conciencia.

Desde el divorcio se puso taciturno,  de esos ocultos, simulados, los que se ríen con los nietos y hablan con aspavientos en presencia de los hijos, pero nosotros sabemos que para adentro la sequía arrecia.  No es que siempre esté solo, sino que rodeado de gente, es una isla en medio de ese mar, pidiendo auxilio a gritos mudos del alma.  

Aún así el viejo tiene arrastre; las mujeres lo apetecen, y él lo maneja sabiamente, como un instrumento de seducción ingenua.  De hecho, él mismo cuenta que la abuela debía enojarse con algunas porque aunque ella estuviera presente, a los coqueteos leves del viejo, las mujeres le dejaban regalitos o mensajes.  La suerte de él, tal vez sea algún secreto oculto tener esa condición de latinlover a la chilena.  Y ella se cansó de mentiras –lógico-, de deslices, de aventuras, de verdades a medias, después de muchas oportunidades de regreso que él le pedía, hasta que no pudo más, y se fue.  Prudente, rehízo su vida y hoy es feliz en una región frondosa del sur.

Pero él no.  Ha ido de mujeres, a hembras, a cuerpos, exigencias, e intentos falaces, manteniéndose en el juego enarbolando su discurso disuasivo de estar solo y que ya se está acostumbrando a ese estado, entonces las igualmente solitarias con corazón maternal comienzan a tratarlo como posible conquista de bajas defensas.  En el fondo las maltrata y las desprecia por el solo hecho de estar con él; ninguna es la que busca, nadie es suficiente, no cumple las expectativas.  No quiere reconocer que él es quien debe provocar el cambio y comenzar a quererse, lo que debe ser difícil a sus años, después de tantos rostros que no son el de la madre de sus hijos, que en realidad es el quid del asunto no asumido.

Las manías del abuelo son varias. Desde no soportar los trenes antiguos, limpiarse los dientes con sonoros ruidos succionales, detestar lo que huela a pobreza o lucha social – aunque él se dice izquierdista- , anhelar la vida de joven despreocupado de clase alta, teñirse el pelo si la conquista de turno es más joven, usar un interminable listado de productos de autocuidado, y viajar a donde sea preciso a conocer a la supuesta mujer de su vida, que nunca es.  Claro que ahora advierte a sus seducidas que vayan despacio por las piedras, que no se apresuren, que dejen que todo fluya, y así, sin presiones, podrán construir un futuro unidos. Nosotros nos reímos cuando  leemos los mensajes de las páginas sociales online, porque si algo sacamos del viejo, es el desparpajo para burlarnos, y accesamos un virus ancla en su iPhone y su notebook, así cada cosa que habla con sus enamoradas nosotros las leemos en nuestro computador.  Hemos aprendido a valorar al abuelo, no creas que todo es falso; de las mujeres que ha conocido la mayoría buscaba aventura fácil, y el viejo no es rogado.  

Pero hubo una que lo estremeció sin que él se diera cuenta del nivel de compromiso existencial que acarreó la potente letra de la conquistadora, porque fue ella quien le dijo que lo quería a  él cuando, asustado, le preguntó qué buscaba. Viajó, la conoció, se dejó amar y cerró su corazón a esa inmensidad de vida presentada a un hombre habituado a la muerte, pero no la olvidó; ahí estaba ella, parecía que pendía del aire, sus letras, su risa, su voz, su ternura de hembra dominante, todo lo rodeaba y lo cercaba al hablar de política, al escuchar boleros, al leer un libro.  Con razón se asustó el viejo, no estaba preparado, y tampoco lo esperaba.  La dejó, se alejó bajo pretextos infantiles –¡y eso que nosotros no llegamos a los 15 años de edad!-, viajó y ella seguía ahí, con amores en disputa con el tiempo, también lo recordaba.  Mujer de envergadura en el querer, le llevaba un libro impreso de sus poemas inspirados en él, como regalo de esos que te hacen inmortal y mantiene unidos para siempre; él le regala libros que ella mira en las librerías alternativas de la intelectualidad nacional, como una forma de equilibrar la generosidad de la ofrenda, pero nunca alcanza la cresta de la ola y queda en débito.

Nos dimos cuenta que preparaba maleta y mochila, entre tímido, preocupado y a la defensiva.  Leímos sus mensajes con la amiga de ella, que lo contactó por encargo para saber de él y ella pudiera estar segura, y quedaron de amigos; él coqueteándole y ella en su habituado dejarse llevar de dulzura cazadora en pos de su ego maltrecho.  Durante todo el tiempo en que el abuelo y ella no se hablaron, la "amiga" se dedicó a  largas conversaciones elásticas de insinuaciones con el viejo, y él –como dijimos, de quedado no tiene nada- oteaba la posibilidad de irse bien al sur si la "amiga" de ella le conseguía una plaza laboral, así de paso estaría más cerca de la abuela, y quién sabe, hasta podría verlo contento con alguien de su competencia profesional, o bien dejaba entrever alguna posibilidad de encuentros discretos recordando tiempos matrimoniales.

Al abuelo no se le va una, hay que decirlo.  Al mismo tiempo, en el país donde vacacionaba tenía una aventura con otra de sus víctimas, más joven y fotogénica, que podía alimentar su narcisismo en los recuerdos posteriores.  Y antes de volver, retomó frases medianamente inteligentes, halagos un poco más refinados que los habituales, hasta que ella, que lo quería aún, aceptó y se vieron; viajaron –vimos los mensajes del iPhone con el tema de los pasajes en bus-, pero ella estaba distinta, decidida más que antes y viéndose a sí misma con el valor que tiene; en cambio el viejo –muy abuelo nuestro será- no había avanzado y era el mismo indeciso de antes, ansioso de cerveza turbadora, buscando en ella faltas que son de él, como adolescente sesentón. El regreso debió adelantarse por razones laborales, y ella, conocedora de sus ojos cuando miente, buscó a la "amiga" en la red social y le contó, así de paso le dejaba claro quién era la que marcaba territorio, y no se equivocó; tenía la sospecha desde antes.  La "amiga" sabía de su corazón herido que seguía queriendo al viejo, pero apeteció la presa en razón a alguna causa de competencia de hembras que se inventó a sí misma, o por el hábito adquirido de quedarse con las sobras de la caza.  Ella, astuta como serpiente, lanzó dos anzuelos y cayeron los peces de la verdad enredados por la misma boca blasfema de donde emitían falsa amistad.

Mala cosa para el viejo, porque hay dos felinos sobresalientes esperando verla sola para invitarla a compartir las presas del alimento de la vida, y ella tiene corazón de sobra para recomponerse y comenzar de nuevo, pero él se ve cansado por dejarse llevar por la cebada que estila en distintos aromas, cada vez más alejado de la razón del olvido o del perdón, y ya no es embotamiento para ser más gracioso y conversador, sino que es embriaguez buscada para no ser más. 

Hoy lo fuimos a recoger a la plaza, fue incapaz de caminar y cayó; nadie hizo atisbo de ayudarlo, porque a los borrachos se les desdeña, y él mismo comenzó su propio menoscabo pusilánime.

El viejo jugaba a ganar, pero esta vez perdió todas las fichas.  En su sueño enajenado dice que ella lo piensa y que oró a su dios (así, con minúsculas, porque es ateo) y por eso no logra olvidarla. Seguramente lo cree, porque hemos encontrado el libro de apuntes que ella le entregó con su cariño escrito, perpetuándose en el más oculto rincón aún latente del corazón del viejo, desacostumbrado al amor verdadero. Pero hemos entrado a la página social de contacto, y se la ve feliz, con planes y proyectos muy lejos de un hombre encorvado de engaños.  Sacaremos el gancho viral que enviamos en una foto del viejo, que ella abrió al ver su nombre desde un correo electrónico que inventamos –no es difícil, cualquier aprendiz de hacker lo hace-; respondió con un agradecimiento cordial y seco por el regalo, de buenas costumbres y amable solamente; es decir, ya pasó.

No le podemos contar a nuestra madre lo que sabemos del abuelo, queremos ayudarlo pero tendríamos que decirle que hemos leído todos los correos, mensajes y conversaciones de chat.  Si llegan a saber esto nos mandan a un internado o al servicio militar, y la vida acá es tan cómoda… Déjalo así; eso sí, mantén el secreto, o le contamos a tus padres lo que sabemos que hablas por Facebook con tus amigos.

 

Patricia Chacón y Calderón

UNETE



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