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BIEN SER BIEN ESTAR


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11/05/2011

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BIEN SER   BIEN ESTAR.//--//


 

AMOR DE MADRE.//--//

Cecy Valerio.//--//

“El amor materno es como la paz. No es necesario ganarlo ni merecerlo”.  Erich Fromm.

 

En su libro “El Arte de Amar”, Erich Fromm dedica un apartado al amor más grande que existe después del amor de Dios:  el amor materno.  Y en  este mes en que se festeja a las mamás, dedicaré esta columna a todas estas mujeres que han recibido el don maravilloso de ser madres. Retomando a Fromm,  reflexionaremos sobre algunas de sus afirmaciones sobre la gran responsabilidad a nosotras conferida, la de dar amor a nuestros hijos.

 

El amor materno, como principio, es un amor incondicional. No se tiene que ganar y tampoco se espera a cambio una recompensa por amar.  Se ama a un hijo por su esencia como tal,  por el hecho único de ser hijo, no porque lo merezca o no. Esta amor trasciende a un cuidado también incondicional hacia el pequeño, físico y psicológico. A la vez, este amor se convierte en una afirmación de seguridad en su vida.

 

Dice Fromm que lo anterior es un principio, un “debería ser”,  y no significa que en la práctica siempre sea así. Cuantas veces les damos a entender a nuestros hijos que los amamos  por sus buenas acciones, sus calificaciones, su cooperación en el hogar, sus buenos modales y también se les manifestamos que  de hacer lo contrario ya no cuentan con nuestro cariño. El amor incondicional, su nombre lo dice, no  pone condiciones. Creo que este amor es el que practican la mayoría de las madres.

 

El amor materno implica cuidados, respeto, conocimiento  y responsabilidad. Todo esto lo tiene que realizar una madre sin contar con un instructivo anexo al recibir a nuestros hijos en brazos después de que nacen. Nos vamos formando como madres, equivocándonos, saliendo adelante. Recibimos este regalo de la maternidad con una envoltura de amor y un moño enorme de paciencia.

 

Esta forma más elevada de amor y el más sagrado de todos los vínculos emocionales, como lo describe Fromm, implica no sólo alimentarlos y verlos crecer físicamente, lo cual nos llena de satisfacción, sino también educar( cognitiva, emocional y espiritualmente), enseñar valores, inculcar amor a la vida,  tener fe en sus potencialidades , ayudarlos a descubrir sus talentos y acompañarlos. Esto último entendido como el hecho de caminar con ellos, a su lado. El ejemplo es lo más importante para lograrlo. En cuanto a la fe, señala Fromm que la presencia de ésta determina la diferencia entre educación y manipulación.

Una vez que los hijos están bien equipados con un buen bagaje de principios, valores, conocimiento y todas las herramientas necesarias para  enfrentar con amor y responsabilidad sus propias vidas, las madres debemos también alentar la separación, la partida, el abrir de sus propias alas. Es aquí donde ya no nos gustó mucho el asunto, pues ese “amor” es tan grande que los queremos siempre a nuestro lado.

 

Definitivamente hay aspectos psicológicos que determinan al amor de una madre, y éstos pueden ser tanto positivos como negativos. En este último caso, el gran amor se confunde con dominio, posesión y control. “ Yo tanto que te di, entregué mi tiempo a tus cuidados y mira, ahora sales con que te vas”, dice la madre sollozando ( y pasándole la factura)  a su hijo de 25 años cuando decide hacer su propia vida.

 

También confundimos el amor materno con una necesidad de trascendencia y satisfacción personales. Estas necesidades  son, hasta cierto punto,  naturales en nuestras escalas de necesidades. Muchas veces utilizamos a los hijos para lograrlo. Y luego decimos o escuchamos afirmaciones como ésta:   “Como mi deseo era tocar el piano, ahora quiero que tú lo hagas. ¿Qué más quieres? Te voy a dar la oportunidad.”, cuando el chico anhelaba estudiar pintura. La verdadera necesidad de trascendencia busca solamente la felicidad de su creación, es decir, de sus hijos.

 

Creemos que  amar inmensamente a nuestros hijos es un sacrificio que implica la disminución del amor a sí misma. Dice Fromm que para ser buena madre se debe, por consiguiente, ser una persona feliz. “ No hay nada que lleve más a un niño a la experiencia de lo que son la felicidad, el amor y la alegría, que el amor de una madre que se ama a sí misma”. Me encantó esta frase, al amarnos, valorarnos y apreciarnos como mujeres, como personas o como madres, le estoy abonando a ese amor materno que podré dar a mis hijos. De lo contrario, ¿ Qué les puedo dar, si no lo tengo?. Un abrazo y Felicidades.  



Etiquetas:   Comunicación

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3 comentarios  Deja tu comentario


María Angélica Rivera Baeza, Enfermería Que gran verdad


SERGIO ARREDONDO CHAVEZ, Educación HERMOSO, SOLAMENTE ESO PUEDO DECIRLE, MUY HERMOSO, NO HAY PALABRAS PARA EXPRESAR TAN SUBLIME PENSAMIENTO.


Wintilo Vega Murillo, Economía y Empresariales BUEN ARTICULO, FELICIDADES.




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