A pesar de ser el largometraje número trece de una filmografía que llegó a atesorar más de cincuenta títulos -la mayoría de ellos imprescindibles- Noche de circo (Ingmar Bergman, 1953), no sólo pasó desapercibida por el público y crítica internacional de la época, sino que hoy día sigue siendo una de las grandes obras desconocidas del que bien podría ser llamado indiscutible y el más retorcido explorador fílmico de la condición humana. Estrenada el mismo año que la precedente Un verano con Mónica -uno de sus títulos más significativos que, además, supuso su primera colaboración con una de sus musas: Harriet Andersson, que repetiría en esta ocasión-, estamos ante una obra en en la que Bergman terminó de dejar constancia de su particular estilo narrativo. El cineasta tiñe al mundo de un circo, ese entorno aparentemente apacible y sosegado donde hasta los sueños más imposibles parecen poder hacerse realidad, de una atmósfera opresiva, desasosegante y, por instantes, casi mortuoria que, con el tiempo, terminaría siendo una de sus más claras señas de identidad -la escena con la que se abre el film, esas caravanas emprendiendo un viaje que es más espiritual que físico-, junto con esa desesperanza que destilan tanto sus personajes como el propio aspecto visual del film.




