Excelencia educativa y familia

Esperanza Aguirre ha hecho una de esas propuestas que odia la izquierda: apostar por la excelencia. En este caso en educación, pero va camino de hacer lo mismo en sanidad y premiar a los mejores médicos dependiendo de su capacidad que suele traducir en un grado de satisfacción alto por parte de los usuarios del servicio. Lo que ha propuesto el Gobierno regional de Madrid es sencillo: se crearán institutos  a los que podrán acudir aquellos alumnos que tengan las mejores calificaciones para cursar lo que se ha denominado bachillerato de excelencia. Si lo analizamos bien, es lo que se hace en otros casos. Los mejores deportistas de cada especialidad acuden a centros de alto rendimiento para formarse y optar a las medallas en las Olimpiadas, las universidades becan a los mejores alumnos para que se dediquen a la investigación, las empresas quieren a los mejores en cada rama del saber para incorporarlos a sus plantillas. Pero es que además, estamos hablando de una inversión social, que quizá la izquierda no quiera ver: el coste de la educación es sufragado por el contribuyente (vamos, por usted que lee este artículo y por mí que lo escribo) y parece lógico que esa inversión que hacemos en la formación de nuestros jóvenes se aproveche de la manera más óptima posible. Pero la propuesta ha sido rápidamente criticada por la izquierda en pleno. El ministro de Educación, Angel Gabilondo ha afirmado que está en contra de la separación de los excelentes y que en un espacio de convivencia en la diversidad, como es un aula, donde uno tiene que aprender a vivir en la diferencia, hace que los buenos estudiantes aprendan de los otros, tiren de ellos en una dirección u otra, no debe separarse a los excelentes. El PSOE a través de su secretaria de Educación, Cándida Martínez, fue mucho más duro: Esperanza Aguirre apuesta por un modelo educativo que segrega, es ineficaz y rompe la necesaria cohesión del sistema educativo.

 

. En este caso en educación, pero va camino de hacer lo mismo en sanidad y premiar a los mejores médicos dependiendo de su capacidad que suele traducir en un grado de satisfacción alto por parte de los usuarios del servicio. Lo que ha propuesto el Gobierno regional de Madrid es sencillo: se crearán institutos  a los que podrán acudir aquellos alumnos que tengan las mejores calificaciones para cursar lo que se ha denominado bachillerato de excelencia. Si lo analizamos bien, es lo que se hace en otros casos. Los mejores deportistas de cada especialidad acuden a centros de alto rendimiento para formarse y optar a las medallas en las Olimpiadas, las universidades becan a los mejores alumnos para que se dediquen a la investigación, las empresas quieren a los mejores en cada rama del saber para incorporarlos a sus plantillas. Pero es que además, estamos hablando de una inversión social, que quizá la izquierda no quiera ver: el coste de la educación es sufragado por el contribuyente (vamos, por usted que lee este artículo y por mí que lo escribo) y parece lógico que esa inversión que hacemos en la formación de nuestros jóvenes se aproveche de la manera más óptima posible. Pero la propuesta ha sido rápidamente criticada por la izquierda en pleno. El ministro de Educación, Angel Gabilondo ha afirmado que está en contra de la separación de los excelentes y que en un espacio de convivencia en la diversidad, como es un aula, donde uno tiene que aprender a vivir en la diferencia, hace que los buenos estudiantes aprendan de los otros, tiren de ellos en una dirección u otra, no debe separarse a los excelentes. El PSOE a través de su secretaria de Educación, Cándida Martínez, fue mucho más duro: Esperanza Aguirre apuesta por un modelo educativo que segrega, es ineficaz y rompe la necesaria cohesión del sistema educativo.

Pero no es la única medida en materia educativa que la presidenta de la Comunidad de Madrid ha anunciado: mayor autonomía a los centros para adaptar el currículo a las necesidades de sus alumnos, terminar con el control administrativo de los criterios de admisión de alumnos, dando más maniobra a los centros y a los padres, convertir la mayor parte de la educación pública en bilingüe… Puede ser que no acierte el PP y su presidenta regional con algunas de sus medidas, pero algunas se han aplicado ya en otros países con éxito y, desde luego, lo que no se puede es seguir ahondando en el fracaso que la educación comprensiva (sic) ha supuesto para España y el resto de lugares donde se ha ido imponiendo. Tony Blair, cuando era líder de la oposición, prometió más madera para la educación comprensiva, pero al llegar al poder renunció a ello con el argumento de que no podía permitir que se perdiera otra generación de británicos. Y comenzó un plan de recuperación de la excelencia en la educación que ahora está culminando Cameron.

 

La educación basada en el mérito, el esfuerzo y la capacidad es el método más social que existe para lograr el ascenso social. Desde que en el siglo XIX se suprimió la sociedad estamentaria, aquel que tenía condiciones, trabajaba duro y se esforzaba, lograba salir de una clase social para militar en otra. Un paso más se dio con la educación pública y la política de becas: todos los ciudadanos podían acceder a la educación primaria y aquellos que tenían valía eran becados por el Estado para aumentar su nivel de estudios. Ahí están los catedráticos y profesionales que dejaron el pueblo para acudir de los pueblos a las capitales donde hacían bachillerato y estudios superiores. La Universidad Central (luego Complutense) era reputada en todo el mundo, tener un bachillerato era lograr un título que tenía importancia. Pero llegó primero la modificación de Villar Palasí y después la LODE, la LOGSE (sobre todo) y, por último aunque ya quedaba poco, la LOE, y terminaron con la calidad de la enseñanza. Pero no creo que debamos culpar únicamente a la legislación, que se adapta a la demanda de la sociedad, y la nuestra es así: huye del sacrificio y del esfuerzo, busca una vida muelle, el colegio se ha convertido no en el centro del saber sino en el aparcaniños de cada uno (y así, la obligación de que el niño aprenda es del profesor, no de la familia). Pues bien, independientemente de que cambien las leyes, de que el profesorado mejore y de que la exigencia se instaure en las aulas, nada de eso tendrá importancia si los padres no tomamos conciencia de nuestra responsabilidad, sino vemos en la exigencia y en el esfuerzo un mérito y no una molestia, sino valoramos más al que más tiene aunque sea bajo engaño (al ‘listo’, el ‘vivo’…) que a aquel que no cuenta nada más que con su estudio y trabajo. Si los padres, en lugar de enfadarnos porque el profesor manda muchos deberes (y nos fastidia en plan del fin de semana), nos implicamos en las tareas de nuestros hijos, haremos de la escuela un templo del conocimiento. Sólo entonces podremos exigir a la escuela, a las autoridades educativas, a los profesores…

 

Desde luego que es un buen primer paso el que los políticos tengan entre sus objetivos la calidad educativa, pero debemos ser los ciudadanos los que reclamemos esa calidad. Las quejas de los profesores hacia el papel de las familias en la educación es algo a tener en cuenta antes de emprender cualquier reforma: no podemos dejar abandonados a nuestros hijos en la escuela (eso en el mejor de los casos, cuando no directamente se ataca al profesorado que se encarga de su instrucción) y después exigir calidad educativa. No es coherente, ¿no créeis?

UNETE



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