ROBIN Y MARIAN: la mejor adaptación de Robin Hood al cine

Huyendo de la grandilocuencia y de los altos presupuestos de la que presumían otras adaptaciones de la leyenda de ese ladrón que robaba a los ricos para dárselo a los pobres - Robin Hood, príncipe de los ladrones (Kevin Reynolds, 1991) o Robin Hood (Ridley Scott, 2010), el director Richard Lester se hizo cargo de la adaptación menos aventurera y más intimista del arquetípico ladrón medieval. Tras una primera media hora un tanto tediosa -donde se aprovecha para desmitificar a Ricardo Corazón de León, uno de los reyes más poderosos y pérfidos de la historia de Inglaterra-, Robin y Marian (1976) muestras abiertamente sus hechuras a partir de esa mítica escena del brusco reencuentro de un héroe (Sean Connery), que vuelve a su país natal tras haber combatido en las Cruzadas, y su gran amor (Audrey Hepburn), ahora convertida en una abadesa que dedica su vida a cuidar a los enfermos. Un encuentro inesperado del que irrumpe un intercambio de miradas, reveladoras, transparentes, capaces de desnudar sin palabras una pasión hasta ahora velada, a través de las cuales se ponen sobre la mesa cuestiones tales como la nostalgia o el tema principal sobre el cual versa la obra: el implacable paso del tiempo.

 

. Tras una primera media hora un tanto tediosa -donde se aprovecha para desmitificar a Ricardo Corazón de León, uno de los reyes más poderosos y pérfidos de la historia de Inglaterra-, Robin y Marian (1976) muestras abiertamente sus hechuras a partir de esa mítica escena del brusco reencuentro de un héroe (Sean Connery), que vuelve a su país natal tras haber combatido en las Cruzadas, y su gran amor (Audrey Hepburn), ahora convertida en una abadesa que dedica su vida a cuidar a los enfermos. Un encuentro inesperado del que irrumpe un intercambio de miradas, reveladoras, transparentes, capaces de desnudar sin palabras una pasión hasta ahora velada, a través de las cuales se ponen sobre la mesa cuestiones tales como la nostalgia o el tema principal sobre el cual versa la obra: el implacable paso del tiempo.
En efecto, Lester ofrece una atípica mirada al héroe de un Robin Hood no sólo ejemplificado en la edad avanzada de su personaje, sino a la hora de situarlo frente a facetas tan poco pulidas de su leyenda como la madurez, la pasión prohibida e, incluso, la muerte. De ello se encarga un Sean Connery que otorgó toda la credibilidad posible a su papel, gracias al cual volvió a saborear las mieles del éxito tras dar vida al agente James Bond en la primera etapa de la saga del personaje creado por Ian Fleming. Igual de disfrutable resulta la madurez interpretativa de una Audrey Hepburn que abandonó un retiro interpretativo de casi diez años- no había vuelto a ponerse frente a una cámara desde 1967, fecha en la que protagonizó Sola en la oscuridad (Terence Young) y Dos en la carretera (Stanley Donen)- y que, junto a Connery, capitanea ya no sólo unos de los relatos más naturalistas y poco convencionales del héroe, sino una de las historias de amor más categóricas -y políticamente incorrectas- de la gran pantalla. Pasan los años pero, en efecto, el carácter evocador -y polémico- de escenas en las que Robin Hood confiesa a una Marian, enfundada en los hábitos religiosos, que nunca se ha besado con un miembro del clero permanece intacto. Por no hablar de un desenlace que incluye una de las declaraciones de amor más rotundas que ha dado nunca el cine, con esa Audrey Hepburn situando el sentimiento afectivo terrenal por encima del que expresa hacia el mismísimo Dios y donde, además, se demuestra que ni los más rutilantes ídolos tienen por qué conocer los finales felices.

Está claro, por tanto, que donde más cómoda se siente Robin y Marian es en las escenas románticas; por tanto, estamos ante una cinta que defraudará a los amantes de las películas de aventuras sin el más mínimo trasfondo. Y es que, más allá de las luchas y combates, lo que verdaderamente le interesa al director es reflejar cómo el amor constituye el único vehículo o refugio por el cual Robin Hood puede ser salvado de ese ambiente de injusticia, decadencia y de soledad impregna la pantalla. Cuando el protagonista se revela como triunfador en todas las batallas aunque no sabe si realmente ha ganado es el ejemplo más puro de cómo lo que hace sentir pleno a este malogrado héroe hastiado de la realidad no es el fragor de la batalla, ni el fulminar a sus enemigos, sino esos instantes en compañía de la mujer amada; unos encuentros realzados por la más que eficiente música de John Barry, que aporta trascendencia y aliento épico a un film. El compositor parece como si fuese capaz de absorber el espíritu de la obra y condensarlo en un bello y emotivo tema principal.

A pesar de estar dirigida por un cineasta irregular -su más destacable aportación al séptimo arte fueron las dos películas musicales de The Beatles, especialmente Qué noche la de aquel día (1964)-, la inclusión de algún golpe de humor infantil que chirría con el espíritu trascendente de su trama -casi sonrojante resulta el rescate a las religiosas en el río por parte del héroe- o de que no se saca todo el partido que se podría a sus especios naturales, Robin y Marian es una indesfallecible reflexión acerca del paso del tiempo movida, en todos los sentidos, por la nostalgia y la madurez, desterrando cualquier atisbo de superficialidad y destina exclusivamente al espectador con sensibilidad. Con todo, habrá quién se anime a disfrutar de esta película tan olvidada como infravalorada porque fue la primera (y breve) incursión en el cine de la aclamada actriz española Victoria Abril. 

UNETE



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