. No resultaba nada especial el hecho de que
aquella tarde una lluvia fina mojara en silencio las calles casi desiertas del
barrio viejo de la ciudad portuaria, ni que el otoño salpicara de hojas muertas
el sombrío paisaje urbano, ni que el mundo tuviera prisa por llegar a cualquier
parte. Era una tarde como otras muchas tardes primerizas de octubre, una tarde
de frío suave, de viento desapacible, de lluvia fina, de soledades. Pero la
incierta fortuna que todo lo puede quiso
que por un instante aquella tarde anónima dejara de serlo, porque ese instante
se hizo muy especial para alguien.
Llevaba mucho
tiempo pensándolo. Después de haberlo desestimado, estimado, y olvidado muchas
veces había decidido por fin que iba a cerrar
para siempre su pequeño negocio. Al
principio no dio la importancia debida a
las señales que apuntaban al desastre que ya no podía negar. Nunca tuvo nunca
mucha afición por las palabras crudas de los documentos oficiales, vísceras
malolientes que le anunciaban un desembolso de dinero inesperado o un embargo
próximo, ni por el pesimismo hueco que supuraban con insistencia las noticias
del día. Después de mirarlas un instante, antes incluso de abrir el sobre, desterraba
todas sus facturas en un profundo cajón destinado a tal fin bajo su escritorio,
para olvidarlas también en ese otro cajón aún más profundo de su memoria de
hombre.
El pequeño
taller que hasta hoy había regentado y
en el que entró por primera vez acompañado de su padre, estaba situado en el
barrio antiguo, muy cerca de la Plaza Vieja. Aquel negocio les había mantenido primero a él
y después a su mujer y a toda su descendencia sin apenas sobresaltos hasta que su oficio dejó de interesarle a la gente. En los buenos
tiempos no había familia que no se preciara de tener una noble y atractiva historia
de rancios linajes que contar a sus
huéspedes, ni apenas existían acontecimientos relevantes de la vida de
cualquiera en el cual no se necesitaran los servicios de algún profesional de
su clase. Un casamiento, la llegada de un hijo, los méritos de un ascenso o
cualquier otra eventualidad de cierta importancia para alguien, fuese íntima o pública,
podía él convertirla en una preciosa
historia con la que poder deleitar a cualquiera. Pero hacía muchos años ya que la realidad había dejado de ser considerada en este mundo como
algo vulgar y desechable, y cada vez condicionaba más la vida de todos. Ahora
las cosas ya no son como eran, ni mucho menos como quisiéramos que fuesen.
Ahora, como dicen una y otra vez desde el gobierno: “Las cosas son como no podían ser de otra forma”.
Abrió la botella de licor que le había proporcionado de forma gratuita la Asistencia Social, ya que tenia cumplida la
edad estipulada y no había logrado superar los ingresos mínimos cuantificables
durante los últimos diez años, ni tenía otro medio de vida que pudiera
acreditar. No acostumbraba a beber y hubiera preferido los pasteles, pero se sirvió una copa y
después otra mientras seguía recordando los buenos tiempos, cuando se necesitaban tantos profesionales como él que
apenas si les quedaba tiempo para atender otros menesteres. En su mejor época era
capaz de argumentar en un instante y sin apenas esfuerzo unas maravillosas vacaciones
en la montaña para dos personas a partir de un simple paseo por el campo, o de inventar
la excusa perfecta para un trabajador que había faltado a su trabajo, como la enfermedad
de un cuñado, su hospitalización, el mal que padecía y el pronóstico que se le
auguraba, todo a partir de unos pocos
datos irrelevantes y a un precio razonable.
Solía tardar segundos en llegar a la explicación más sólida capaz de calmar las dudas de un marido engañado, o tal
vez celoso sin motivo alguno, daba
igual. Sus historias habían sido capaces de dar una eficaz y agradable coherencia
a las circunstancias más adversas o la las más inexplicables. Lo más curioso y
tal vez lo más chocante era que él no había tenido nunca su propia historia que
contar, las había vendido todas, no había conservado ninguna para sí mismo, su mundo se había
disuelto sin remedio en el mundo impersonal de las vidas ajenas. Se había
quedado desnudo ante la realidad de su existencia y se había dado cuenta. Llenó de nuevo el vaso y dio esta vez un trago más largo.
Aún estaba sobrio pero al menos ya no estaba triste.
Durante estos
últimos malos años había aprendido bien a soportar la agonía de las horas
muertas. Pasaba las tardes limpiando sus diccionarios, esas herramientas capaces
de buscar palabras desorientadas. Se distraía a menudo clasificando una y otra
vez las infinitas metáforas del olvido, tan sensibles a los cambios de opinión y
de la moda. Ordenaba con calculada lentitud y según su densidad los adjetivos
tristes, sus preferidos, y se demoraba incluso meses documentando ritmos
literarios y colores que apenas si existían. Disfrutaba tratando de resolver
los problemas circulares del espacio literario, sin cuadratura posible. Con
frecuencia, tras una larga agonía contraía el rostro en una mueca de niño feliz
al encontrar lo que buscaba. A pesar de su edad, aún hallaba sin mucha dificultad
y donde apenas las había esas pequeñas subjetividades
que no son sino réplicas disfrazadas de una misma verdad, estilos inéditos para
una posible nueva clientela, cada vez más exigente, cada vez más menguada.
El negocio no obstante aún le daba para
mantener los gastos fijos, que eran mínimos, los del alquiler del local y demás
facturas de la casa. Pero ya lo había decidido. Tomó una
última copa, cerró por última vez y respiró por fin el aire limpio de la calle.
Había dejado de llover. La caída de la tarde ahuyentó el
ruido ronco de los motores que durante el día habían inundado las calles céntricas del
barrio viejo y de la plaza. La noche trajo de nuevo el silencio delator que impregna
la oscuridad de pasos anónimos que van y vienen, con esa insólita cadencia que el azar imprime a casi todo. Un perro aullaba a lo lejos. Comió
un poco de pan con mantequilla al llegar a su casa, con un sorbo de té muy
dulce. Trató de dormir. Se oían las risas de alguien que pasaba por la calle, de
alguien que parecía feliz, de una mujer, de una mujer joven quizá.
Sintió miedo por un instante al oír un golpe seco detrás de la
puerta de su dormitorio, sabía bien que
estaba solo, que llevaba muchos años viviendo solo y que nadie iba a venir a buscarle. Advirtió que su corazón se
aceleraba, que una garra invisible le
arañaba el estómago maldiciéndole. Supo enseguida que necesitaba de la cercanía
de alguien. Se sintió frío.
Pero el veneno que le había proporcionado el gobierno empezó
a hacer su efecto y ahora sentía calor, y el sueño aturdía sus pensamientos. Como
envuelto en una nube de espejos vio que su propia imagen se había multiplicado hasta
el infinito: No sentía ya ninguna necesidad de pensar. Murió a los pocos
minutos.
Salvador Crossa Ramírez.
http://www.lagotaquecalmaelvaso.es/