Al principio colaba el honor constitucionalista, junto a la democracia estrenada con el derecho a voto para elegir nuestro destino. A estas alturas del cuento y con el bagaje vergonzante de nuestro devenir como país, lo pútrido ha aflorado creando una peste de difícil disimulo. Los fastos por el orgullo de de nuestra identidad constitucional son de un cinismo repulsivo con tantos cadáveres que se han dejado por el camino, manipulando al antojo la Ley y la Justicia que se han descubierto en España con ese sesgo delicuescente propio de repúblicas bananeras si es que repúblicas tan ridículas pueden tener comparación con España. Porque si algo ha quedado consistentemente demostrado con el balance de treinta años es que este país es soberano en hipocresía, cinismo, actividad delictiva de gran calibre encubierto por una Justicia amañada; los politicastros han sido protagonistas del mayor engaño que ha terminado arruinando a la ciudadanía y no hay institución noble que no haya camuflado codicias inconfesables aprovechando el régimen democrático para, desde las sombras, conseguir fines totalitaristas a espaldas de la voluntad del pueblo.




