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Un encuentro en un parque


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15/12/2012

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UN ENCUENTRO EN UN PARQUE






Vicente Adelantado Soriano





Entonces, ¿qué puedo temer, si después de la muerte voy a dejar de ser desgraciado o incluso voy a ser feliz?

Cicerón. Sobre la vejez.





La otra tarde, cansado de leer, y sabiendo que ninguna película tenía el más mínimo interés para mí, el teatro de cierta calidad hace tiempo que dejó de existir, me fui a pasear por una larguísima avenida. De joven me relajaba mucho hacer cualquier tipo de deporte, aunque siempre mostré preferencia por el ciclismo. Quizás porque cuanto más pesadamente ascendía una montaña, más disfrutaba de los paisajes y del olor de la tierra. Ahora me relaja caminar. Hasta hace poco, cogía el coche y me iba en busca de apartados caminos rurales. Actualmente he renunciado a conducir, cosa, por otra parte, que nunca me ha gustado mucho. La bicicleta, sí.

Hacía una tarde magnífica: bastante frío, pero con un poco de sol, que se iba retirando rápidamente. El paisaje era típicamente navideño: en el cielo, por occidente, había varias nubes alargadas, rasgadas, rojas y negras; la luna, muy mortecina, comenzaba a brillar en lo alto; y el suelo estaba lleno de hojas amarillentas y algo húmedo. No sé porqué, quizás porque así estaba escrito, tras una larga caminata me senté, yo que no soy nada dado a hacerlo, en un banquito de madera de un solitario parque. Frente a mí tenía un par de raquíticos árboles y dos columpios que añoraban los vaivenes y las risas de los niños. Me rodeaba un silencio maravilloso. Me encasqueté el gorro de lana, metí las enguantadas manos en los bolsillos y estiré las piernas todo cuanto puede. Me encontraba muy bien. Los ojos todavía me dolían después de tantas horas de lectura. Los cerré durante unos segundos. Los segundos debieron de convertirse en minutos, pues al cabo de un tiempo alguien me zarandeó por los hombros.

-¿Se encuentra usted bien? -me preguntó una persona de mi misma edad, año arriba o año abajo, y tan abrigado como iba yo.

-Sí, sí -respondí sonriendo-. Me he debido de quedar dormido.

-Yo lo he visto ahí tan quieto que me he asustado un poco. Porque, claro, con el frío que hace no es para dormirse aquí.

-Sí, tiene usted razón, se lo agradezco.

-Se debe haber quedado helado. Vamos al bar: lo invito a un café con leche.

Lo miré de arriba abajo por si le había dado la impresión a aquel señor de ser yo un pobre o un miserable. Pese a que no me había arreglado mucho para salir de casa, creí que distaba algo de parecer una persona necesitada. Luego recordé que era Nochebuena, y que en ese día todo el mundo se cree en la obligación de ser bueno y educado. Más vale eso que la indiferencia cotidiana, desde luego. Además, me pareció una buena idea aceptar una invitación. A veces la vida tiene sorpresas agradables. Y aquella, no hay duda, fue una.

En el bar, vacío a aquellas horas, cosa que no me sorprendió, hacía calor. Nos despojamos de gorras y guantes. Y mi cuidador, Miguel Pérez de nombre, pidió un par de cafés con leche, con sacarina, claro.

-Me ha dicho el camarero -me explicó sentándose a la mesa- que van a cerrar dentro de una media hora. ¿Sabe -me preguntó todavía no muy convencido de mi perfecto estado de salud- que hoy es Nochebuena, no?

-Sí, claro que lo sé -respondí sonriendo.

-¿Y no lo espera nadie para cenar? -preguntó con un cierto temor a parecer indiscreto.

-No -le dije sin abandonar mi sonrisa-. Estoy solo, por decirlo de alguna manera.

-¿Cómo que por decirlo de alguna manera? -me espetó un tanto enfadado-. En esta vida o se está solo o no se está solo -afirmó con cara de enfado, sin duda por haberme cogido en falta. O eso creyó él.

-Pues entonces yo no estoy solo -concluí sonriendo.

-¿No me ha dicho que no va a cenar con nadie? -me preguntó ya no sabiendo si le estaba tomando el pelo, o si me había quedado dormido en el banquito porque padecía algún transtorno psíquico o emocional, o sufría el famoso mal de alzheimer.

-¿A usted no le ha pasado nunca -inquirí yo a mi vez- estar solo y sentirse totalmente acompañado?

-Sí; pero cuando me sucede eso -respondió apretando con sus dos manos el tazón de humeante café con leche- todavía me encuentro más solo que antes.

-A mí no, a mí me sucede todo lo contrario. Y no sé por qué durante estos días tan plomizos, de tanto frío, y, aparentemente tan tristes, es cuando más acompañado me siento. Hay momentos en los que el corazón me rebosa de felicidad.

-¿Estando solo?

-Sí, estando solo.

-Lo admiro -dijo clavándome los ojos como si deseara introducirse dentro de mi corazón-. Yo no puedo con la soledad. Yo no podría, como usted -dijo vacilante, como si temiera ser indiscreto o meterse donde no le importaba- cenar solo. Nunca he soportado cenar o comer solo. Ha sido ese el gran terror de mi vida. Cuando me casé no hacía sino rezar, es un decir, para que no se muriera mi mujer ni ninguno de mis hijos. No soportaría tener una vejez sin ellos.

-¿Y lo ha conseguido? -pregunté yo con valentía tras beber un sorbo de mi café con leche.

-No, no lo he conseguido -respondió enfadado-. Alguien me dijo una vez que a las personas nos suele suceder aquello que tememos. Y debe de ser cierto porque a mí me ha sucedido todo cuanto temía.

-Lo siento -dije un poco asustado, pues si algo no me apetecía nada era cenar con nadie, y menos con un desconocido. Entonces sí que se hubiera cebado la soledad sobre mí.

-Pero no, no voy a cenar solo -espetó como si hubiera leído mis pensamientos-. Voy a cenar con mi hijo y su mujer. Esta no me puede ni ver, ¿sabe? No hace más que soltarme pullas y miradas... Me da lo mismo: cenaré con ellos, estaré un tiempo con mi nieto, y hasta mañana... Es triste la vejez, ¿no le parece?

-No especialmente -respondí respirando aliviado al conocer sus planes-. Tengo que confesarle -añadí a fin de no herirlo- que yo llevo solo toda la vida. Mi mujer -le expliqué sonriendo- me dejó a los pocos años de habernos casado, y ya no ha habido otra. Ni tampoco muchos deseos de que hubiera, la verdad.

-Yo no podría. No puedo vivir solo. Eso de llegar a casa y que no haya nadie... Es muy triste no poder comentar cómo ha ido al día, qué ha sucedido, buscar algún alivio y tener a alguien que, por regla general, te da la razón, o te dice dos tonterías y te suaviza de los sinsabores.

-Yo creo que a todo se acostumbra uno. Sabiendo, por ejemplo, que no se tiene ese apoyo, se busca interiormente. Es como la sangre: ante una herida fabrica sus propios anticuerpos.

-Pero a veces, y usted lo sabe, hacen falta las medicinas. Estas suelen ser bastante eficaces. Además, el hombre está hecho para vivir en compañía. No es bueno que el hombre esté solo, se dice en algún lugar de la Biblia.

-Sí, pero ni Dios ni su santo hijo se casaron. Y hay que predicar con el ejemplo.

-Es que ellos no son hombres.

-Ante eso me callo. Tiene usted razón. Pero también están los santos, y los frailes -añadí en tanto mi compañero daba ligeras muestras de duda-. A mí -dije deseando alargar la conversación, pues me estaba divirtiendo- siempre me ha atraído la religión. Me hubiera gustado mucho ser un monje medieval. ¿Ha visto usted la película El nombre de la rosa? Creo que yo hubiera sido muy feliz en un lugar como la abadía donde se desarrolla la película, siendo capaz de cantar gregoriano, dedicándome a leer, investigar, recopilar libros... La otra parte de la historia ya no me gusta tanto.

-¿Y por qué no se mete en una de esas abadías?

-No tengo fe. No soy creyente.

-Yo tampoco -me dijo con cara de resignación- ¿Y no le parece que eso, a nuestra, edad es una desgracia? -me preguntó con rostro angustiado-. Estamos cerca de la muerte. De la vida ya no podemos esperar nada, o casi nada.

-No creo que sea una desgracia especial. Alguna vez, hace siglos de ello, fui creyente. Luego perdí la fe; y ahora me parecería una hipocresía total aferrarme a mis antiguas creencias por miedo a la muerte, o a un hipotético castigo divino. No temo a la muerte. Y no creo haber hecho nada para que nadie me castigue. Aunque esto, desde luego, lo creen hasta los criminales más fieros.

-Yo, sin embargo, creo que algo tiene que haber. No es posible que vengamos y nos vayamos así sin más. Sería absurdo. ¿Para qué si no tanto padecer?

-Las cosas no tienen porqué tener una finalidad. Suceden porque sí, y ya está. No hay más. Como este encuentro -pensé.

-No, no; tiene que haber algo más. Una justicia que premie a unos y castigue a otros.

-Me parece muy poco probable. Además, ¿quién es capaz de juzgar a un hombre?

-¡Ah! ¡No me fastidie! Es usted un pobre idealista -exclamó con cara de pocos amigos.

-Sí, tal vez tenga usted razón. Pero si no nos juzgáramos los unos a los otros, es posible que las cosas fueran un poco mejor. Reconocerá usted que siempre que juzgamos a otro, nos ponemos nosotros, aun distando mucho de serlo, como la norma de conducta a seguir.

-¿Cómo es posible -me preguntó mi compañero, que se enfadaba por momentos- que diga usted que no es creyente y me salga con situaciones sacadas de la Biblia.

-¿A qué se refiere? -pregunté un tanto perplejo.

-Pues a eso de no juzguéis y no seréis juzgados.

-Vaya -dije asombrado-, no me había percatado. De todas formas, yo no lo decía en ese sentido. Le estaba confesando la imposibilidad de llegar a conocer a un semejante.

-Me imagino que me reconocerá que hay casos y casos. Yo, al menos, no dudaría ni por instante en matar a ciertos personajes.

-Tal vez tampoco lo dudara yo. Aunque creo que no conseguiríamos nada; nuestro crimen, o acto de justicia, llámelo como quiera, no serviría de nada. Sería totalmente inútil.

-Si alguien hubiese matado a Hitler, por ejemplo, nos hubiéramos ahorrado millones de vidas humanas.

-Tal vez si no hubiera aparecido Hitler, hubiese aparecido otro. Y la gente lo hubiera seguido, por ignorancia o por fanatismo, como quiera; pero lo hubiera seguido.

-Eso es fatalismo. Y yo eso no lo puedo aceptar.

-¿Usted cree que el hombre ha variado en los miles de años que llevamos sobre la tierra? ¿Usted cree que el hombre actual es más honesto que el de Atapuerca? Hemos mejorado la capacidad para matar y destruir, desde luego. Pero en ningún momento hemos aumentado la capacidad para ser más virtuosos. O mejores, si usted quiere.

-Creo que somos mejores que nuestros antepasados. Y por una razón muy sencilla: por lo confortable de nuestra vida. Una vida cómoda hace a la gente más pacífica y mejor.

-Si es capaz de mantenerse en los límites del pasable bienestar, sí; pero poca gente, y más si tienen algún poder, actúan de esa forma. ¿No le parece curioso? Todos estamos satisfechos con nuestra manera de ser; nos creemos casi perfectos, normas a seguir; pero, al mismo tiempo, mal pagados y nada reconocidos. Así que, en cuanto hay oportunidad, todos robamos y delinquimos. Y contra más se tiene, más se desea. Porque todos creemos que nos merecemos algo mejor de lo que tenemos.

-En eso tiene usted razón, aunque yo nunca he robado nada. Pero también es bueno que el hombre ambicione cosas.

-¿Todas? Está bien desear un estatus mejor, pero no a costa de perjudicar al prójimo. Aunque sería mejor desear una mayor virtud.

-Yo no he dicho eso.

Guardamos silencio durante unos instantes. Miré al camarero en espera de que nos hiciera una seña para levantarnos e irnos. Acababa de entrar una pareja. Los atendió amablemente. Me hice el ánimo y seguí hablando:

-La otra tarde, y esto son reflexiones de un anciano...

-Lo que somos -me interrumpió mi compañero.

-Efectivamente, lo que somos -afirmé-. La otra tarde, como le estaba diciendo, paseando por un parque similar a este, vi a una paloma coja caminando por la acera. Un gato negro y malcarado la espiaba. Hizo un primer intento de atacarla. La paloma emprendió un breve vuelo y se alejó unos cuantos metros posándose de nuevo en el suelo. El gato se volvió a acercar. La paloma, con total inocencia, le dio la espalda caminando como si nada hubiera sucedido. El gato se agazapó, y la paloma se volvió a alejar unos metros más.

-No me parece una actitud muy inteligente, ¿qué quiere que le diga?

-Probablemente tenga usted razón. No sé cómo terminaría la historia. Pero me llamó la atención: la paloma no tenía miedo, o parecía no tener miedo. Se me ocurrió pensar entonces que tal vez muchas de las cosas que hacemos los humanos estén motivadas por el miedo. No sé, miedo a pasar hambre, a no tener dinero...

-Me está recordando usted la historia de aquel náufrago que, rescatado de las montañas, al cabo de varias semanas, durante la travesía del barco se dedicó a robar galletas y a esconderlas en su camarote. Tanta fue la hambre que pasó durante aquellos días de naufragio. Pero eso, como usted comprenderá, no me justifica la corrupción ni a los ladrones.

-Yo no trato de justificar nada. No es eso lo que quiero hacer. Me pareció curioso. El hombre hubiese matado al gato...

-Es lo lógico.

-Sí, es lo lógico. Y se hubiera declarado la guerra entre las palomas y los gatos. También lógico. Por eso mismo estoy tan contento y satisfecho de tener ya la edad que tengo. Sí, dentro de poco me moriré, afortunadamente. Y me voy muy agradecido por no haber tenido que participar en ninguna guerra, en ninguna persecución ni en ninguna matanza.

Durante unos segundos permanecimos en silencio. Nuestras tazas estaban vacías hacía tiempo. La pareja que entró después de hacerlo nosotros ya estaba pagando. El camarero, entonces, nos hizo la consabida seña. Nos levantamos. Pedí una botella de agua. Mi compañero se empeñó en invitarme.

-Una última pregunta -me dijo ya en la calle, donde volvimos a encasquetarnos gorros y guantes-. ¿Cómo perdió usted la fe?

-Buena pregunta -dije sonriendo-. ¿Hacía dónde va usted?

-Me quedo en esta misma calle, un poco más hacia dentro. ¿Y usted?

-Tengo que salir a la avenida y llegar al final de ella.

-Todavía tiene una buena caminata. No lo entretengo más. Al fin y al cabo la mía ha sido una pregunta impertinente.

-Lo acompaño a usted hacia su casa. A mí no me espera nadie. -Lo cogí del brazo y lo obligué a caminar-. No, su pregunta no es impertinente. Pero es larga y compleja de contestar. Digamos, para resumir, que no me interesan aquellas religiones y sistemas filosóficos que se ponen muy por encima del hombre. Las cosas imposibles hacen que el hombre se sienta impotente y desgraciado. Y no me parece que sea esa una buena meta. Me ha pasado con el cristianismo lo mismo que me sucedió con el estoicismo. Ni he podido amar a mis enemigos, y eso que he tenido pocos, ni he llegado a la ataraxia. A veces tengo terribles momentos de depresión y lanzo maldiciones a diestro y siniestro. No sirve de nada. Ya no tiene importancia ni el éxito ni el fracaso... Ahora me conformo con no molestar a nadie, y con procurar estar solo para no airarme con mis convecinos.

-Estoy por decirle a mi hijo que no me esperen, y por irme a cenar con usted.

-No, no lo haga. Y no se lo tome a mal; pero yo estoy mejor solo. Me gusta mucho la soledad. Aunque ha sido un placer hablar con usted.

Se puso frente a mí, se acercó a una puerta y llamó a un timbre. Entonces me tendió la mano derecha libre de su guante. Me quité el mío y estreché con la mía la mano que me tendía.

-Felices fiestas -le dije-, y muchas gracias por la invitación. Y no se enfade con su nuera: piense que son pocas las Navidades que nos quedan. Déjela. Mi madre siempre me decía que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio.

-Sí, es un buen consejo. Lo eguiré. Gracias a usted por su compañía y felices fiestas. Y no se quede dormido por ahí.

Prometí hacerle caso. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos. Yo volví a pasar por el banquito en el que me sentara. Ahora ya no lo hice. Todavía me quedaba una buena caminata hasta llegar a mi casa. Y no quería ver a palomas ni a gatos.



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