Todavía tienes tiempo

 

. Miras de nuevo ¿Qué ves?

Anónimo Chino, S. II a d C.

 

 

Suena tu teléfono, te despiertas confuso, miras tu reloj, van a dar las siete, es la llamada que estabas esperando:

 - Sí claro  cariño, eso es, lo siento, no tuve buena noche, ya sabes, pero he descansado bien. Sí, a las veinte y  treinta.- Respondes casi dormido, desde la cama. Cuelgas.

Te quedas quieto un instante. Sin pensarlo siquiera te das una ducha caliente y luego fría, te secas, te decides por una camisa, te haces un café muy dulce y ya te has  cepillado los dientes; ya estás vestido y ya has cerrado la puerta de tu casa. Esperas  a que llegue el ascensor que te llevará a la segunda planta del sótano. Mientras tanto piensas en ella, en cómo le habrá ido durante todo este tiempo, en lo que no te habrá dicho. Pero te has dado cuenta de que acabas de entrar en el coche y que ya has arrancando el motor, conectas las luces y  te pones en marcha: son las siete y media. Todavía tienes tiempo.

Ahora serpenteas confiado por el túnel oscuro que te llevará a la salida del garaje. Pulsas un simple botón y se abre quejosa la pesada puerta metálica. Avanzas un poco, percibes el ruido inquieto de la calle en tu cuerpo, un anciano que espera el autobús te mira distraído. Por un segundo, sin saber por qué, tú también lo observas. Concentras ahora tu atención en el tráfico, captas el ritmo de las luces que pasan, encajas la primera marcha, decides salir, no, ahora no,  debes esperar un momento, lo intentas de nuevo: Sí, ya te has incorporado.  Te relajas un poco, aceleras, respiras hondo, compruebas la hora, son las siete y treinta y seis, sabes bien que todavía tienes tiempo.

Pero de pronto te detienes en seco, has llegado al primer semáforo y debes esperar a que se ponga en verde, miras distraído como pasa la gente. Alguien se fija en ti mientras cruza la calle, como si te conociera de siempre, es otro anciano, no le das importancia, los niños también miran de frente, por simple curiosidad. Luz verde. Ya te has puesto de nuevo en marcha, avanzas,  giras a la izquierda  evitando rozarte con un coche mal aparcado, una mujer enfadada tirando de un niño que llora se te cruzan de pronto, por el peor sitio: frenas, detrás suena  un claxon, luego otro, y otro… Continúas tu marcha a la vez que encuentras con los dedos el botón correcto, bajas el cristal de tu ventanilla, respiras aliviado a pesar de que el aire huele a humo de motor, a llanta quemada, a comida rápida. Las luces de la calle brincan en tu parabrisas, sientes un leve picor en los ojos, te frotas demasiado fuerte con el dorso de la mano y una constelación de estrellas fugaces sobre un fondo negro inunda por un instante el cristal inerte que te separa del mundo. Y ya  estás en  la avenida correcta, y te mantienes atento a la señal que te indicará la dirección al Aeropuerto. Te vas acercando a la primera salida posible, sabes que no es esa pero lo compruebas, llegas a la siguiente, no puedes equivocarte, es la próxima: ¡Por fin! Ya has llegado a  la salida que buscas, sin embargo la calle te parece más estrecha de lo que imaginaste. 

-¡Qué importa cómo me parezca, es esta!- Te dices.

Has reducido a la mitad la marcha, has avisado como es debido con tu intermitente, haces un giro suave a la derecha y tomas la nueva dirección. Ves un enorme cartel rojo que no recuerdas haber visto antes, con caracteres chinos, que sin embargo te parecen familiares, te inquietas, buscas una señal fiable que te sitúe. Te sientes  ahora como un extraño  entre las  luces de siempre, entre los ruidos de siempre, entre los olores de siempre  y el humo de siempre. Miras a lo lejos,  acabas de encontrar lo que buscas:

Salida Ciudad-Aeropuerto.

Respiras hondo, sonríes dentro de ti, te sientes relajado, útil, capaz, los semáforos están todos en verde, aceleras, cruzas decidido una calle ancha, anónima, luego otra, continúas hasta la siguiente y  llegas por fin a una rotonda, y te encuentras con una salida cortada:

¡Es precisamente la tuya!

Eliges no obstante  la siguiente salida, un camino recto y oscuro, mal asfaltado, entre tupidos cañaverales, un lugar solitario y estrecho, algo sombrío, pero piensas que aún tienes tiempo, son las siete y cuarenta y cinco. Te relajas de nuevo, avanzas un trecho a buena velocidad, se te hace eterno, de pronto te detienes, no sabes por qué, paras el motor, te bajas del coche, percibes el hedor dulce de las cañas y un silencio asombroso que no sabes descifrar. Compruebas que es peligroso dar la vuelta allí, dos enormes acequias bordean la estrecha carretera. Es entonces cuando caes en la cuenta de que llevas ya un largo trayecto recorrido, de que  aún no te has cruzado con nadie.

¡Aún no te has cruzado con nadie! Entras en el coche fingiendo seguridad, arrancas y te pones de nuevo en marcha, percibes el murmullo de tu flamante motor, aceleras, acaricias con suavidad el volante. La atmósfera se espesa a la luz de tus faros mientras van pasando los minutos; empiezas a preocuparte en serio. Vas a demasiada velocidad, pero es preciso, tienes que asumir riesgos. Van a dar las ocho. Por fin llegas una zona industrial plagada de  almacenes ruinosos, calles rectas y vacías, remolques, piezas industriales, basura, mucha basura. Aumentas más la velocidad sin reparar apenas en los cruces. Debes encontrar una salida fiable. Miras nervioso el reloj, acaban de dar las ocho. Por fin encuentras una salida, una carretera también surcada de cañas  que te llevará a los pocos kilómetros a un campo abierto y desolado, la noche no está cerrada del todo y distingues a lo lejos la silueta de los almendros que pueblan aquellos cerros perdidos, y de alguna que otra casa. Avanzas un poco más, vas a mucha velocidad, lo sabes, encuentras un nuevo cruce y reduces  la marcha, hay un letrero borroso, tu corazón late deprisa, respiras deprisa, piensas deprisa, te acercas todo lo que puedes sin salir del coche:

Centro Ciudad.

 - A empezar de nuevo- Te dices agravando el tono de tu voz con una mezcla de humor y fastidio. Das un pequeño golpe al volante, con la palma de tu mano, y sigues.

Has ido a dar con una de esas barriadas que se amontonan en los bordes de todas las grandes ciudades, cierras tu ventanilla y activas los seguros de las puertas, por precaución. Unos jóvenes se agolpan junto a un kiosco muy cerca de una farola encendida,  hay ropa puesta a secar por todas partes. A lo lejos, una fogata  que unos niños alimentan con restos de muebles rotos. De nuevo ves un cartel que te indica la buena trayectoria:

Centro Ciudad.

Tomas la dirección correcta, has entrado en una carretera secundaria, hay tráfico intenso. Avanzas diez, doce kilómetros tal vez, a lo lejos ves muchas luces rojas, miras con más detenimiento: todos los coches frenan, parece que se trata de un control de policía. Te mantienes atento, reduces la marcha, en efecto: Un control de Policía. Miras otra vez tu reloj, son las ocho y veintitrés, ella lo comprenderá pero tú sientes que vas a fallarle otra vez. Detienes tu marcha, observas con detenimiento hasta donde pueden llegar tus ojos. De vez en cuando parece que desvían algún que otro coche por el camino festoneado de luces; es poco probable que te molesten a ti, muy poco probable, respiras, te relajas un poco, esperas tu turno, piensas que no habrá problemas, ningún  problema. Tu documentación está en regla, no has bebido nada de alcohol. Avanzas un poco más y te detienes, esperas, vuelves avanzar, piensas en la fatalidad  del azar que lo mueve todo, frenas, piensas en las prisiones del tiempo, avanzas, en la soledad que todo lo abarca, vuelves a frenar. Estás metido en tus pensamientos cuando  de pronto se te acerca un agente, bajas sin pensarlo  el cristal derecho, te saluda con un gesto y te llama por tu nombre:

-¡Sí soy yo!-  Respondes asombrado.

Sin darte apenas tiempo continúa:

-Tenga la bondad de tomar el camino de la derecha y siga con cuidado hasta que se le indique-.

¡Te tenía que tocar a ti!

No sabes por qué te ha llamado por tu nombre  pero no preguntas y obedeces para terminar antes,  tomas el camino de la derecha y sigues hacia delante hasta “que se te indique”, avanzas unos metros, observas extrañado que no hay nadie a la a la vista, continuas muy despacio, tras una suave loma empiezas a entrar en un llano amplio y decides avanzar más rápido, vuelves a comprobar que estás sólo cuando  de repente llegas a una curva inesperada, controlas la velocidad, giras demasiado rápido y  aparece delante de ti  la entrada de un subterráneo, te preguntas dónde estás, no sabes responderte. Bajas la cuesta con cuidado, es poco pronunciada pero constante, aún no ves el final. Unas flechas azules te indican la dirección en cada curva que das, tú obedeces, como siempre, pero el túnel se hace cada vez más estrecho y  dudas por un momento si podrás seguir adelante sin rozar las paredes, pero no tienes otra opción. A través de las pequeñas hendiduras que hay en las paredes compruebas que has dejado atrás un sótano de planta amplia, bien iluminado, que  por la apariencia debe pertenecer al garaje de un centro comercial o algún otro gran edificio. Llegas  otro sótano aún más profundo y a otro más; no has perdido la dirección indicada, lo sabes, pero empiezas a tener miedo.

¿Miedo a qué? –Te dices.-

Te has dado cuenta de que has  llegado por fin al aparcamiento que te han asignado, te parece  enorme y está casi vacío, algún que otro coche inmóvil rompe  la monotonía del espacio sometido por hileras de columnas de cemento, líneas, cruces, datos. Dudas un poco,  pero  te encuentras con  otra bajada que te llevará a una nueva planta también casi desierta.

¡Por fin te has dado cuenta, has tenido  un despiste!

 Solo se trata de aparcar, pagar,  salir de nuevo y llegar al Aeropuerto: Decidido. A lo lejos reparas en una salida de peatones, todo va a salir bien, eliges un lugar cerca de la puerta que acabas de ver, dejas tu coche y caminas con decisión hacia la salida. Un pasillo mal iluminado te conduce a una escalera recta de subida y aceleras el paso, has empezado a sudar de nuevo, subes, un poco más y ya has llegado a una sala  amplia, bien iluminada, muy convencional, con asientos vacios  y cómodos por todas partes, silencio, alguna que otra persona sentada esperando. Tú observas inquieto a tu alrededor, no ves ninguna puerta.

Después de pensarlo un rato ocupas un asiento cualquiera, esperas sin saber qué esperas, te inquietas, decides ir a preguntarle a alguien, a la persona que tengas más cerca, vuelves la cara y te encuentras con un hombre sentado que espera. Sabes que es absurdo pero dirías que se trata del viejo de la parada del autobús, y  tú no eres de los que confunde a la gente, pero te tienes que olvidar de eso, lo importante ahora es encontrar la salida.

-Buenas tardes-

-Buenas tardes- ¿Qué se le ofrece?

-Verá usted, es difícil de explicar, bueno no es difícil de explicar, es que me he despistado un poco y quisiera, si usted fuera tan amable, que me indicara la salida, debo pagar el aparcamiento y hacer un recado urgente, me esperan.

-¿Difícil de explicar ha dicho? Estoy de acuerdo, sí que es difícil de explicar , todos andamos despistados por aquí, por estos sitios tan grandes , tan aburridos, me temo que la salida que usted busca aquí, aquí no se encuentra, más bien es la salida la que aquí le encuentra a uno, en su justo momento. Pero eso que le estoy diciendo no es más que lo que yo digo, y no se fíe usted mucho de mí, que a mi edad ya se sabe.

- ¿Entonces no puede usted informarme de nada más? ¿Eso es todo lo que puede usted decirme acerca de lo  que hacemos aquí, de por qué estamos aquí?-

-Mire señor, yo estaba aquí tranquilo esperando, sí, esperando, y no le conozco de nada  y ha venido usted a decirme que se ha perdido. Yo, verá,  no sé quién es usted ni adónde va ni cuáles son sus intenciones, no sé siquiera si se ha perdido o cree usted que se ha perdido. Hay cosas que no pueden resolverse  más que dentro de uno.

-Tiene usted razón y le pido disculpas si lo he molestado, pero no se trata de la propia vida, ni del propio cuerpo, no es de esto de lo que le hablo, sino de este enorme aparcamiento del que pretendo salir y que nos tiene a todos dentro, porque como le he dicho tengo que hacer un recado urgente y me esperan-.

-Cada cual lo llama como quiere, o como puede, llámelo usted si quiere “aparcamiento”, a mí personalmente  ese nombre me queda muy lejos, nunca he tenido coche, siempre he viajado a pié o  en autobús.-

 

Claro, ahora entiendo, usted estaba hace algo más de media hora en la parada del autobús, junto a la salida de mi garaje, me miró fijamente y después apartó la mirada. Creo que usted sabe más de todo esto que de  lo que me dice.

-No sé que es “todo esto”, señor,  ni de lo que me habla, lo siento y perdone si no he podido ayudarle.-

Él te ignora, tú no tienes ganas de discutir y te disculpas de nuevo. Te alejas unos pasos y ocupas un asiento cualquiera, esperas sin saber qué esperas ni cuánto vas a esperar a no sabes qué, pero en este momento no quieres hacer otra cosa. Te has acomodado en un sillón blando, un lugar aislado desde donde puedes ver una  buena parte del espacio que te rodea. De pronto notas el asiento mojado, muy mojado, cada vez más, tratas de alzarte pero ya es tarde, te ves arrastrado por una corriente líquida hacia el interior de tu asiento hasta que caes en la cuenta de que te has diluido en la materia del sillón, eres la materia del sillón, te sientes atrapado en una forma que no es la tuya, y no sabes que hacer, no puedes hacer nada, nada, eres eso, materia inerte, materia consciente.

 Ves sin embargo gente que viene, de vez en cuando, quizá de año en año o de siglo en siglo, no sabes precisar, pero oyes sus pasos, notas las vibraciones del suelo cuando caminan, percibes una ínfima brisa cuando alguien pasa cerca de ti, gentes de toda clase, de todas las edades, de todas las condiciones posibles. Una señora de aspecto distinguido pasó una eternidad justo en el asiento de tu derecha, habías pensado  que aquella agradable compañía sería para siempre y ya le habías tomado cariño, pero hace ya mucho tiempo que aquello pasó. Ella, de la misma forma que tú se disolvió en el asiento, esta vez poco a poco, o así lo has percibido tú,  se disolvió hasta desaparecer y el asiento ahora está vacío. Una luz fría y tenue lo irradia todo, a veces sin que sepas darle una explicación convincente  ocurre un extraño fenómeno: se oscurece una parte de tu mundo visible hasta desaparecer del todo, para iluminarse de nuevo tras un tiempo indefinido. No  puedes precisar si pasan siglos, años, décadas o segundos, aquí nada ocurre con orden. De vez en cuando entra alguien, elije un asiento cualquiera y espera allí un tiempo indefinido hasta que desaparece y te olvidas de él. Sabes bien que eres una conciencia varada y lo has ido admitiendo con el paso del tiempo, ya no esperas nada, no deseas nada, existes, eso es todo, nada más. Ahora ves otra mancha oscura, como tantas, siempre vienen, son impredecibles, oscurecen una zona y se disipan, nada más. Nunca le has dado mayor importancia pero esta vez parece que la mancha oscura se acerca a ti, y te abarca, nunca te había pasado antes. En una negrura inabarcable comienzas a ver pequeñísimos destellos que se apagan al instante, como una lluvia de estrellas fugaces que cada vez en mayor número se te acercan y desaparecen al contacto contigo. Hay tantas que la oscuridad se desvanece a ratos, o a días, o a siglos, hasta que  aprecias con suficiente claridad que estás en la avenida correcta y estás muy atento a la señal que te indicará la dirección al Aeropuerto, te acercas a la primera salida y no es esa, la segunda tampoco, la tercera.

Has reducido correctamente la velocidad, has señalizado tu cambio de dirección. Reconoces las luces de siempre, los ruidos de siempre, los olores de siempre, sonríes relajado, te sientes útil, los semáforos están todos en verde, aceleras, tomas la rotonda, encuentras la salida correcta y vas ya por la autovía camino del Aeropuerto.

Son las ocho y cinco, sabes que todavía tienes tiempo.

 

Salvador Crossa Ramírez.

UNETE



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