La “Paradoja de Abilene” en Bruselas

El pasado 16 de junio en “ La Paradoja de Abilene (The Abilene Paradox) o la opinión individual frente a la del grupo”, hacíamos referencia al comportamiento que se llama “pensamiento de grupo” (Groupthink). Decíamos que la moraleja de esta paradoja, es que en muchas empresas al realizarse reuniones de comité, en las cuales no se está seguro de los resultados, ya sea por la falta de preparación o por las características de los miembros que lo integran, es habitual que los ejecutivos americanos dejen de plantear sus opiniones (por miedo a las consecuencias de la disparidad de criterio con el general de las corporaciones), conllevando ello a no sumar opiniones que en muchos casos beneficiarían más la situación grupal y/o a la no toma de decisiones (o a la toma de decisiones incorrectas). 

 

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Muy bien, vamos a llevar la “Paradoja de Abilene” al plano político. No ya a los errores en la toma de decisiones, sino a lo que es peor: la NO TOMA DE DECISIÓN cuando se requiere que se tome alguna.

 

Esto incluye también la mala práctica de dilatar injustificadamente la toma de decisiones sobre aspectos que exigen una respuesta rápida frente a los problemas que ya han sobrevenido, situación que en Bruselas es más frecuente de lo que pudiera considerarse aconsejable.

 

Y esta “Paradoja de Abilene” traspuesta a Bruselas, nos ayudará a entender, el tantas veces denunciado déficit institucional de la UE, que por su propia operatoria, limita tremendamente el avance que la economía mundial necesita de un bloque político-económico de la envergadura del europeo.

 

Cómo funciona el Groupthink en la política en Bruselas

Cuando debaten un tema, siempre se requiere determinado consenso, sea en una Cumbre o también en una reunión informal de ministros de finanzas. Pero todos los participantes defienden posiciones de la misma manera que lo hacen los diferentes integrantes de un equipo en una empresa, aunque al debatir una temática determinada, la diferencia radica en que las opiniones individuales no se someten -como casi siempre ocurre en las empresas-  a la opinión media del grupo.

 

En la arena política de Bruselas, unos socios saben que son los que mandan, respecto a otros que son los que no tienen el mismo peso para conformar las decisiones que finalmente se tomen. Esta diferencia que nominalmente (jurídicamente) no existe porque cada estado miembro tiene igual derecho de opinión, en los hechos no es así.

 

Por tanto, la “Paradoja de Abilene” que “bautizamos” hoy como “Paradoja de Bruselas” (que perfectamente podría ser también la de Berlín y Frankfurt, o sea en dónde está el poder), es un fenómeno del comportamiento individual y de grupo diferente al que sucede en las organizaciones.

 

En éstas son inherentes a las relaciones interpersonales ante las cuales ningún miembro del grupo a nivel individual quiere ir en contra de la opinión generalizada, porque conlleva el temor a que decir lo que se piensa o lo que se desea a un jefe o director, puede acarrear algún problema.

 

En la “Paradoja de Bruselas” en cambio, no surge un temor a decir públicamente algo que se piensa o que moleste, sino a decir lo que está de antemano cuestionado por parte de algún interlocutor, en respuesta a las exigencias y demandas del gobierno que representa; la paradoja es que se busca un consenso no sobre la base de obtener una opinión suavizada y aceptada por el grupo, con el cuidado de no ofender y molestar, sino acomodar las opiniones y exigencias de cada miembro de la respectiva reunión europea, a los intereses de cada estado miembro.

 

Este esfuerzo lo hacen para mantener el status quo del que ya gozan, o avanzar hacia un nuevo punto de equilibrio, a veces muy difícil de obtener, por lo que los representantes en cada reunión europea, solamente se preocupan que el nuevo acuerdo haya mejorado -aunque sea en parte- la situación por la que se discutía, o una nueva cuestión en la cual hay que ir acercando posiciones. Pero su empeño está fundamentalmente orientado a dar respuesta según las coordenadas impuestas por su Ejecutivo, las demandas de sus bases electorales, además de contentar a sus respectivos Parlamentos cuando se sometan a aprobación, etc.

 

La paradoja real es que cada vez hay más Europa dependiente de las políticas de cada estado, en vez de que cada nación europea dependa cada día más de la UE.

 

En suma, ambas paradojas nos ilustran un fenómeno interesante sociológicamente hablando: en las organizaciones no políticas, el consenso está orientado hacia la flexibilización de posiciones desde el inicio en el tratamiento de un tema, que después será resuelto por la Alta Dirección en la respectiva toma de decisión; en la arena política de Bruselas, aunque pueda dar la impresión que el consenso quiere buscarse desde el inicio del debate, en realidad está condicionado por una acción posterior a esa reunión, en la cual un órgano de decisión de nivel superior (Ejecutivo, Parlamento, etc.) da su conformidad a la aparente conciliación de posturas de la reunión previamente mantenida por los líderes políticos.

 

Ambas Paradojas, sociológicamente hablando, se basan en el consenso, buscando acercar posiciones, intentando flexibilizar la focalización que de un problema tiene cada parte, pero con la diferencia que la aprobación para ambas no tiene el mismo espíritu democrático: en las organizaciones pesa lo que piensa el resto del grupo; en la política de Bruselas, lo que efectivamente pesa es lo que tiene que defender cada parte en interés de su país y condicionada por el peso político que tenga su gobierno dentro de la UE.

 

Existen algunas excepciones a esa pauta de comportamiento (por ejemplo recientemente la decisión de avanzar hacia la supervisión bancaria europea) pero lo cierto es que se está lejos de conseguir ese objetivo compartido y beneficioso para toda Europa. Incluso en temas como el mercado único que ya hace años que está en vigor, existe poco avance en la práctica y requiere de mayores y mejores tomas de decisiones europeas.

 

Así pues, si se quiere que la Unión Europea tenga futuro, es pues necesario que los países y políticos actúen impulsando sólo lo que es bueno para toda Europa. Y para ello es necesario cambiar tanto las pautas de comportamiento como el empoderamiento, a través de nuevos instrumentos e instituciones que pueda proveer la muy deseable, necesaria y urgente Unión Política Europea.

 

Miquel Mascort i Reig

Ramón Fraile Duque

Eduardo Rebollada Casado

Rubén E. Bianco

José Luis Zunni

UNETE



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