Desde que en 2006 se aprobó la ley, padezco síndrome de perplejidad por el absurdo del absurdo. Desde entonces, alucinado por las ocurrentes memeces que nos imponen, he llegado a la conclusión de que, si 'A' es igual a 'B', y 'A+B' es igual a 'X', quiere esto decir que, tras el reciente refrendo del Constitucional reconociendo como ‘matrimonio’ la unión entre gays y lesbianas, se ha hecho firme la genial y sabia iniciativa, alumbrada por uno de esos genios que trabajan por el bien de la humanidad, para que a nuestros descendientes no les llamemos hijo ni hija, sino que la denominación justa, equilibrada y correcta es que les llamemos ‘X’ como producto directo de A+B.



