Hace mucho tiempo que mucha gente, personas, familias enteras se quedaron sin un derecho constitucional reconocido y un derecho, sobre todo, de justicia natural. Ha hecho falta, ¡otra vez!, que una parte de esa gente, algunas de esas personas, en su infinita tristeza y desesperación se hayan quitado la vida para que se vislumbre un atisbo leve de reacción ante los desahucios desalmados y rastreros que aplican a diario los mismos señores de chistera y puro que, unos años atrás, nos colmaban de monedas y bienaventuras. Esos que nos animaban, con sonrisas amarillas, a obtener un derecho constitucionalmente reconocido y, sobretodo, de justicia natural: un lugar donde vivir, una vivienda digna.




