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Braza a braza


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09/10/2012

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Una vez más, me veo incapaz de disfrutar de unos instantes de paz y armonía. Esta vez es, paradójicamente, el agua quien me impide adentrarme ingrávido en el placer del nadar.










No hace mucho que me considero aficionado a este espectacular deporte, aunque he de reconocer que fue un flechazo que ha tardado años en consumarse. Desde siempre, mi perfil deportista y asmático me han enfocado inevitablemente hasta este fin. Sin embargo, han sido años de desencuentros y malentendidos. Discusiones lejanas que nos han distanciado más de lo deseado.









Curiosamente todas estas desavenencias se olvidaron el día menos pensado, casi sin darme cuenta. Un día cualquiera, en un momento cualquiera y en un lugar no menos azaroso, surge en mí un inexplicable y sutil deseo por conocer una experiencia tan cotidiana como desconocida para mí.









Convencido me dirijo a las instalaciones deportivas cercanas a mi residencia donde la oferta de gimnasio más piscina, evocaron mi inquietud. Una vez obtenido mi carnet y apoyado por la compañía de mi amigo, me enfrento al primero de muchos días de interacción acuática.









La jornada laboral amenaza mi debut, desplazando mi partida peligrosamente hacia el cierre de las instalaciones. Ese inconsciente empuje que surge de mi interior, me da fuerzas para combatir cada contrariedad. La primera de todas, supongo, descubrir sorprendido que no dispongo de las necesarias gafas, lo cual me lleva inevitablemente a la ausencia de gorro protector. La hazaña empieza a llamar a la heroicidad. Tenemos una hora escasa para lograr el equipamiento necesario, desplazarnos a las instalaciones y vestirnos para la ocasión.









Entre inoportunas llamadas y urgentes emails, comienzo a preparar otra de las mochilas que marcarán mi existencia, una vez más. Toalla, chanclas, bañador, ¿bañador? No me lo puedo creer. No he caído en comprarme un bañador corto para no tener que usar el bañador que estoy a punto de lucir. En fin, el tiempo apremia. No estamos para connotaciones estéticas. Mientras reúno todo lo necesario, mi amigo sigue inmerso en la aventura de la compra del gorro, que hace minutos acometió. Por fin, tengo todo preparado. Me desprendo de los zapatos, la camisa y el pantalón de vestir, para recurrir a una vestimenta más acorde. Chandal, zapatillas, camiseta y... ¡el portero! "Phelps" ya está aquí. Raudo y veloz, abro la puerta mientras me coloco la mochila, el casco de la moto y todos los añadidos que forman parte indivisible de nuestras vidas.









Llave en mano, me faltan manos. Míster Bean a mi lado, resultaría el más diestro de los malabaristas. Tras varias caídas y recogidas, logro cerrar la puerta y guardar a buen recaudo el llavero.









Mientras descendemos incautos las escaleras, recordamos lamentablemente la ausencia de gafas con las que afronto mi primera experiencia acuática. Entre risas, mi amigo “Phelps” me insta a apelar a la épica y encontrar en el camino una tienda tardía que nos proporcione el ansiado objeto. Todo ello, acompañado de una tesis doctoral acerca de gorros sintéticos y de tela, que definitivamente convergía en la adquisición textil que tan orgulloso porta. No puedo más que pensar en la imagen que supondrá ser los únicos en años que no visten el tradicional gorro sintético.









Alcanzamos nuestro vehículo, aquel destinado a obrar el milagro. Cada segundo nos aleja estrepitosamente del objetivo. Sin embargo, el estrés se convierte en risas y esperanza, ese positivismo que nos caracteriza. A escasos metros de casa, "Phelps" sortea el ruido del tráfico y los acolchados cascos que nos protegen, para recordarme con sorna, que mis dichosas gafas son el menor de nuestros problemas. Se acababa de acordar de que los técnicos del polideportivo nos habían avisado que era necesario disponer de un mini candado para poder guardar las cosas en la taquilla.









¡No me lo creo!









La contundencia de mi respuesta, entre carcajadas, se ve interrumpida ante el frenazo que precede a la primera de nuestras carambolas. Un establecimiento regentado por asiáticos se planta ante nosotros como agua de mayo. Un haz de luz entre la oscuridad ilumina nuestra solución. En un acto de fe sin precedentes, el "Phelps" de Málaga me abandona para iniciar la búsqueda del candado. En menos de veinte segundos, vuelve eufórico con dos candados enanos.









¡Estos chinos son unos máquinas! Tienen de todo! Es lo único que alcanzo a comentar entre lágrimas, provocadas por el viento y la risa a partes iguales.









Cincuenta metros más adelante, se repite la escena, con tintes cómicas ante las innumerables similitudes. Lo empujo casi en marcha para acometer su siguiente y definitiva proeza. Mis gafas.









Esta vez, son cuarenta los segundos empleados, y su imagen de felicidad es sólo comparable a mi cara de asombro e ilusión. Trae orgulloso unas gafas con tapones y opresor nasal.









¡Que tiemble la Mengual! Ya hasta sincronizados. Jajajaja.









Continuamos el camino entre carcajadas y la compra de papeletas para el gran desastre. Zigzagueando entre coches y motos por igual, logramos sortear obstáculos que ni yo mismo logro explicar. Sólo puedo confiar en las fuerzas del destino que nos conducen a nuestro gran momento.









Sorprendentemente alcanzamos victoriosos el lugar. Corriendo, hacemos un esfuerzo por no perder ninguno de los recién adquiridos accesorios.









  • Hola, buenas noches.



  • Buenas noches, ¿nado libre?



  • Sí.



  • Lo siento, tienen que esperar. Está completo. Deben esperar que salga alguien y entren los tres caballeros que están ahí sentados.









El desánimo se apodera de nosotros. Son instantes de gran tristeza que preceden una reacción de igual intensidad pero sentido contrario. Entre asombradas miradas, nos desternillamos con flojera.









Todo lo realizado puede quedar en nada. No hay palabras que describan ese sentimiento.









A los diez minutos, las conversaciones teñidas de queja y ruego con el encargado, culminan con Phelps y un servidor, solos en la sala de espera. Todos nuestros predecesores se marchan derrotados ante lo improbable de nuestro acceso. Pero nosotros, una vez más, nos vemos inexplicablemente inducidos al fracaso, con una sonrisa en la cara. No sé aún por qué, pero nos mantuvimos impasibles ante la adversidad. Sólo cinco minutos después, nuestra insistencia da sus frutos. El pitido que anuncia la liberación del torno que nos impide el acceso, resuena en mis adentros como la mayor de las orquestas. Los siguientes pasos parecen levitar entre oleadas de ilusión.









Ya estamos ahí, cruzamos cual gladiadores romanos el umbral de la puerta abatible que nos separa de la gloria. Es en ese justo momento cuando me doy cuenta de lo cómico de mi indumentaria. Chanclas, bañador surfero, gafas marca “la Juani” y gorro de spa. Todo ello acompañado de una molesta mini llave que no puedo perder por nada del mundo aunque parezca que estoy a punto de sacar mi diario bajo la almohada para confesar mis secretos más ingenuos.



Afortunadamente, la euforia me ayuda a olvidar el ridículo que me rodea, para dirigirme impaciente a la obligada ducha previa. Muy en mi papel, me dirijo a la monitora muy seguro, cual "Thorpe" en los preparativos de su gran final.









  • Perdone, ¿las calles para nado libre?



  • Las dos últimas.



  • Gracias, muy amable.









Con la misma seguridad, hago una seña de confirmación al “Phelps de la Bahía”, ya equipado con sus gafas de diseño vintage y gorro afeminado. Las risas se acrecientan al descubrirle como imagen especular mejorada de mi lamentable impronta.









Más gente que en la guerra espera en las calles señaladas. No saben si reír o llorar ante lo esperpéntico de nuestra aparición. Con el fin de superar este embarazoso momento, nos adentramos rápidos en la piscina. Sería deshonesto obviar las dificultades encontradas para descender por una escalera sin peldaños, antipáticamente situados dentro del muro lateral. Todo ello, después de que mi escudero, me frenara ante mi primera intención de emular al mejor de los saltadores, en mi acceso directo a la calle dos.









Por fin, estamos en el agua. Pero, ¿ahora qué? Ya hemos superado todos los obstáculos que nos impedían venir aquí. Pero no contábamos con el peor de ellos. No sabemos nadar.









Pese a que nuestra integridad no peligra, no podría decir lo mismo de la poca dignidad que aún aguanta el chaparrón de hoy.









Pero bueno, ¡que nos quiten lo bailao!, que suelen decir por estas tierras.









Así, confiados y ansiosos, enviamos nuestro primer brazo en parábola escultural hacia el horizonte de la calle, con lo que en nuestra mente parece resultar el deambular de un cisne entre las aguas. La realidad, bastante menos poética, se presenta cruda y salvaje, al encontrar impasible el plástico infernal que señala el límite de la calle que no debería haber rebasado. De no ser porque llevaba escasos segundos en este nuevo mundo, me hubiese salido a gritar y maldecir al amable inventor de tan lindo deporte. Porque, queridos lectores, sí. Las colchonetas de colores que tan simpáticas parecen indicar el final de la calle, resulta que son afilados círculos de plástico mal terminado, alrededor de un cable rugoso y afilado, que parecen más bien señalar el inicio de un gran sufrimiento.









Cuatro infinitos largos más tarde, me reencuentro con mi pecho, el cual parece de nuevo habitado por un corazón y dos pulmones.









Lo avanzado en la noche, deriva en una huida progresiva de nuestros vecinos. De este modo, los últimos cinco minutos de la noche, los realizamos solos en la inmensidad de una piscina olímpica. No sabía de lo grandioso que se esconde tras este complicado ejercicio. Con todo el cuerpo cansado y repleto de la sangre que demuestra el trabajo bien realizado, me dejo llevar por el impulso de mis piernas, en silencio, arropado por miles de litros de agua cristalina, en perfecta armonía con mi temperatura corporal y de lo más sincera en su traslado de la luz ambiente. Por un momento, mi cuerpo se deprende de mi mente, o puede que al revés. Todo es felicidad, relax y paz. Un segundo que justifica de lejos, otros tantos de estrés y dudas.









Victoriosos y derrotados a partes iguales, abandonamos el edificio que difícilmente borraremos de nuestro recuerdo.









Pero, no se engañen aún queda el último detalle de la natación hacia nuestras personas.









En la puerta del recinto, descubrimos absortos una curiosa máquina de vending, para la compra de agua, gorros, candados y gafas de natación. ¿Qué les parece?









Pues imagínense que la razón por la cual me siento hoy aquí frente a ustedes, es que la lluvia ha decidido hacer acto de presencia alrededor de mi casa, justo en los veinte minutos en los que me he visto en pantalón corto con mi querida mochila y mi casco, incrédulo frente a la manta de agua que sirve de telón de fondo a la enternecedora escena que genera mi derrota.









¿Saben lo peor? Pese a todo, sigo teniendo ganas de nadar.





Etiquetas:   Deportes

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