500 DÍAS JUNTOS: chico conoce a chica, chico se enamora, chica no.

"Ésta es una historia de chico conoce a chica, pero más vale que sepáis de entrada que no es una historia de amor". Bajo esta impactante revelación de la voz en off que abre el relato de 500 días juntos (Marc Webb, 2010) se nos presenta una cinta que supone todo un cambio de rumbo dentro del cine romántico, hasta tal punto de redefinir los propios cánones del género. No sólo porque, como bien se nos advierte desde un primer instante, es un relato dónde nunca existe una relación de pareja, sino -y ésto es lo fundamental- en su planteamiento estilítico y formal. Y es que la ópera prima de este realizador de videoclips sorprende, además de por su carácter increíblemente maduro y por su lúcido guión, por constituir una auténtico lección de cine; y lo consigue huyendo de la estructura convencional, negándose con determinación a transitar por los caminos más tópicos del género y desglosando este inusual -casi insólito- ¿romance? a lo largo de los 500 días que dan título al film, mostrándose alérgico al orden cronológico de los acontecimientos y jugando con el tiempo narrativo con una soltura que, a pesar de parecer sencilla, es en realidad sumamente compleja. Así, pues, estamos ante una obra donde se expone la crónica de un amor no correspondido de una forma increíblemente refrescante, aderezada, a veces, con un toque amargo y, otras, haciendo partícipe al espectador de su absoluto derroche de vitalidad.

 

. Bajo esta impactante revelación de la voz en off que abre el relato de 500 días juntos (Marc Webb, 2010) se nos presenta una cinta que supone todo un cambio de rumbo dentro del cine romántico, hasta tal punto de redefinir los propios cánones del género. No sólo porque, como bien se nos advierte desde un primer instante, es un relato dónde nunca existe una relación de pareja, sino -y ésto es lo fundamental- en su planteamiento estilítico y formal. Y es que la ópera prima de este realizador de videoclips sorprende, además de por su carácter increíblemente maduro y por su lúcido guión, por constituir una auténtico lección de cine; y lo consigue huyendo de la estructura convencional, negándose con determinación a transitar por los caminos más tópicos del género y desglosando este inusual -casi insólito- ¿romance? a lo largo de los 500 días que dan título al film, mostrándose alérgico al orden cronológico de los acontecimientos y jugando con el tiempo narrativo con una soltura que, a pesar de parecer sencilla, es en realidad sumamente compleja. Así, pues, estamos ante una obra donde se expone la crónica de un amor no correspondido de una forma increíblemente refrescante, aderezada, a veces, con un toque amargo y, otras, haciendo partícipe al espectador de su absoluto derroche de vitalidad.
Este memorable título del cine independiente, que marcó un hito dentro de su género, nos habla de la relación que se establece entre Tom (Joseph Gordon-Levitt), un romántico arquitecto que sueña con encontrar a la mujer de sus sueños, y Summer (Zooey Deschanel), su nueva compañera de trabajo. Aunque al principio el rechazo resulta casi innegable, los acontecimientos tomarán un rumbo inesperado cuando llegue el momento de definir el tipo de relación que mantienen. A pesar de que Summer sostiene de que tan sólo son amigos, Tom se muestra convencido de que entre ellos hay algo más. El gran mérito de 500 días juntos es que explora cosmos tan manidos como el paso del amor al odio desde una óptica casi insólita. Es por esto que, aunque lo que no estén contando haya a quien le provoque, inexplicablemente, sensación de deja-vu, es su manera de abordar sus conflictos dramáticos lo que convierten a 500 días juntos en algo absolutamente diferente a lo que ha hecho hasta ahora. ¿Qué película romántica puede presumir de indagar en la belleza de lo que supone realmente enamorarse con una visita a una tienda de muebles?; ¿Qué manera de expresar mejor el sentimiento amoroso que un alegórico y desenfado número musical en un parque?; ¿Que título del género puede presumir que, ya en el primer instante se nos revele su desenlace y, aún así, que este hecho no logre disminuir ni un ápice el interés que de inmediato suscita el guión? Son precisamente estos detalles, estas escenas de sobrecogedora belleza, las que catapultan a esa inspirada obra a un destacado puesto entre los títulos más relevantes -y seguramente influyentes- del cine amoroso.

Planificado artefacto plagado de inteligentes golpes de humor y elegancia, esta receta artesanal llamada 500 días juntos también golpea, con suavidad, en la conciencia del espectador, disfrazando con esa explosión vibrante de felicidad que recorre la cinta y con esa irresistible química que desprenden sus protagonistas, el drama que finalmente es. Porque lo que en un principio resulta ser la típica historia de amor, se torna como una eficaz pieza en la que el sentimiento de pérdida está más que presente, pero en donde la esperanza, finalmente, tiene el papel principal -como bien demuestra el final de la historia-. Todo ello narrado bajo una perspectiva exenta de tópicos, con una puesta en escena donde la pantalla se divide, los dibujos animados cobran vida propia y recurriendo a recursos tan estimulantes y enriquecedores como el flashback o el flashforward. El director, además, acierta con su pareja protagonista, unos actores situados lejos del star-system que, no sólo logran la mejor interpretación de sus carreras, sino que además se consagran como auténticos iconos del cine indie. También los niños, por fin, aparecen retratados como seres inteligentes, con personalidad, siendo mucho más que es un simple vehículo narrativo.

Sin pretender reivindicar su propia diferencia con otras comedias dramáticas románticas -a pesar de que es lo que, finalmente, consigue-, lo que hace grande a 500 días juntos es su sana modestia, su inexorable virtud por haberse convertido en un gran título a pesar de haber nacido lejos del mainstream, por haber llegado casi sin hacer ruido y haber provocado un sonoro estruendo en los más férreos cimientos cinematográficos, su oxigenada libertad, su capacidad, en definitiva, para conectar con un público que se va a sentir identificado en algún momento de la trama. El más tarde director de The amazing Spiderman (2012) también consigue sacar partido de su pasado como director musical y nos regala una selección de canciones memorables, y también se permite el lujo de rendir un sanísimo -y en perfecta sinfonía con la filosofía central del film- homenaje a The Smiths. Al fin y al cabo todo se resume a lo mismo: pura melodía. 

UNETE



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