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La paradoja de la modernidad contra el bienestar social


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17/09/2012

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Confesiones.


 

La paradoja de la modernidad contra el bienestar social.

 

Una vez que Enrique Peña Nieto recibió la constancia que lo acredita como Presidente electo, su agenda se modifico en dos sentidos, por un lado la política, que siempre tendrá un lugar preponderante y ahora la que se relaciona con lo que será la gestión gubernamental.

Durante la campaña, su oferta se oriento mucho más a los aspectos mediáticos, porque aun y cuando las campañas infieren la presentación de propuestas, se privilegio la publicidad por encima de los temas de fondo.

La primera estrategia se fundamento en ganar la elección, como fuera, considerando que la competencia estaba centrada en la popularidad, más que en las soluciones.

De alguna manera el periodo electoral tenía que ser así, una plataforma parcial, porque también estaba en juego la conformación del congreso y de eso dependerían los comportamientos subsecuentes.

La jornada electoral definió los equilibrios en las cámaras, de tal suerte que la planeación del plan de gobierno, tendrá que transitar en la negociación, lo cual si bien limita la posibilidad de autoritarismos, también plantea serios obstáculos.

Visto de esta forma, en lo que resta de aquí a la toma de posesión, ahora lo más importante es el diseño de las políticas públicas, la orientación y objetivos de la nueva administración.

En ese escenario tanto el proceso de la entrega-recepción, como la designación del equipo encargado de esa tarea, a pesar de la enorme cobertura que están recibiendo, no son los temas más trascendentes, son solamente elementos de un proceso apenas en marcha.

Porque una vez que el nuevo gobierno de inicio, la contabilidad de los aciertos y los errores serán facturados al gobierno de Peña Nieto, por lo tanto la prioridad es comenzar con una agenda ya determinada.

El gran reto de todo gobierno está en significar sus prioridades mediante el despliegue de sus primeras acciones, no solo para establecer puntos de comparación con el anterior, sino porque de estas se podrá implantar la ruta que se pretende seguir.

Bajo esa óptica el Presidente electo, en materia política, consiente del nivel de enfrentamiento social que derivo de la contienda electoral, está encaminado a despartidizar esas coyunturas.

Por un lado operando acercamientos personales con las fuerzas opositoras, en busca de los márgenes de maniobra personales, que se enmarcan en la convivencia y los acuerdos.

Por el otro tratando de hilar fino en el congreso, a través de una coordinación efectivista entre bancadas, la intención es dialogar bajo argumentos que privilegien el pragmatismo, sin caer en la discusión ideológica.

Es decir, un esquema de concesiones en el cual los partidos de oposición más que asumirse como rivales, tengan una participación protagónica, de forma que los beneficios se puedan compartir.

En los últimos doce años, la alternancia se convirtió en un freno para los acuerdos, los costos políticos de las decisiones se volvieron por sí mismos, el antecedente de las batallas electorales, ahora lo que se pretende es que todos estén dispuestos a ceder una parte.

Sobre todo si se observa que Peña Nieto va a apostar por una especie de liberalismo de estado, utilizando herramientas que según se ha visto van a pretender equilibrar la asistencia social con aspectos modernizadores, sin que podamos prever de momento a que grado.

La presencia por ejemplo de Rosario Robles en su equipo de transición, para conducir la agenda del desarrollo social, haciendo a un lado el aspecto partidista, no puede ser un buen mensaje, porque solo puede entenderse como una estrategia de utilizar el asistencialismo como método de control político.

Una de las disyuntivas del PRI del de Peña, será recuperar el Distrito Federal, por eso están en su equipo gentes como Rosario Robles o Roberto Campa, aun y cuando su presencia parezca negativa.

Sin embargo y no porque el planteamiento sea necesariamente contradictorio, este representa dos rutas que en el transcurso de la implementación pueden parecer incompatibles, dependiendo de los sectores que se beneficien de ello.

Estamos hablando de transformar la percepción de tener una posición macroeconómica considerada satisfactoria, a una situación social de pobreza, una deficiencia que es de origen.

La rentabilidad electoral se basa precisamente en la percepción social, esta como hemos visto reprobó en las urnas a los gobiernos de Acción Nacional, a pesar de que gracias a ello hemos podido resistir el embate de las crisis financieras mundiales.

La estabilidad que nos otorgan las bastas reservas con las que hoy contamos, fue un paso determinante hacia el futuro sin duda, de hecho ha sido uno de los factores que han favorecido la presencia constante de inversión extranjera en tiempos de recesión, sin embargo esa ventaja, no termina de aterrizar en el beneficio colectivo.

Desde esta perspectiva, hay que considerar que aparte de los equilibrios políticos, hay que pensar también en los sociales, sin caer por supuesto en el hechizo del paternalismo.

Fue el PRI quien perfecciono el clientelismo, solo que en el camino también fue este el elemento que lo deterioro, la irresponsabilidad administrativa que genero este esquema, materialmente llevo al país a la bancarrota.

Mas allá de hablar del talento académico o profesional de quienes serán los integrantes del próximo gabinete, el asunto de fondo está en el sistema de estado, ese es realmente el que importa.

Independientemente del tema de la seguridad, que también tiene profundos efectos en la economía, o la nueva política de relaciones internacionales, en la que Peña Nieto intentara recuperar la supremacía del liderazgo latinoamericano para México, está el combate a la pobreza.

El priismo tecnócrata desprecia lo que podríamos llamar la sensación de bienestar, para ellos el éxito se mide en las estadísticas, en cambio para el priismo tradicional, lo que importa es precisamente crear condiciones de rentabilidad electoral, aun basadas en espejismos temporales.

Si consideramos que la estructura del sector financiero nacional, incluidas las dependencias gubernamentales del ramo, Secretaria de Hacienda y Banco de México, se manejan independientes a la militancia partidista, tendríamos que asumir que la conducción seguirá en manos de los mismos grupos.

El establishment financiero nacional, es tal vez uno de los sectores más cerrados y unidos a la vez, Aspe, Gil Díaz, Guillermo Ortiz, Gurria, Carstens, Cordero, Meade, Pérez Jácome y por supuesto Luis Videgaray son parte integrante de ese esquema.

No importa qué partido gobierne, esa nomenclatura, heredera de los blasones del estilo impuesto por don Antonio Ortiz Mena, se ha mantenido vigente a lo largo de las décadas y así seguirá siendo.

De tal suerte que la encrucijada para Peña Nieto no solo es política, nos referimos a los acuerdos para la convivencia, los equilibrios para la gobernabilidad, también es económica.

En ese apartado, las finanzas nacionales no podrán seguir siendo solo un referente macro, la situación social hace un contrapeso en ese sentido, que está en un momento de ebullición y si no se atiende puede representar un riesgo de estallido social.

Es decir que el mayor reto está en diferenciar el impacto de la correlación entre el escenario macroeconómico y la posibilidad de que  este se transforme en una herramienta para el desarrollo interno.

En términos de teoría económica para que eso suceda todavía falta mucho tiempo, aun y cuando se han dado los pasos correctos al respecto, sin embargo si eso no se traduce en beneficios tangibles no estará cumpliendo su función.

La firma del acuerdo entre Pena Nieto y la OCDE de la semana pasada, no es pues un acto de la casualidad, nadie en su posición acepta recomendaciones si no está previamente de acuerdo con ellas.

Lo que tendremos que ver entonces, de acuerdo a lo que representan las estadísticas de ese mismo estudio, es si la política del nuevo régimen se plegara a los intereses del gran capital, o si bien retomara el formato priista de antaño.

La disyuntiva entre la modernidad con sus costos y sacrificios en una visión de largo plazo, o la de un alto en ese camino para privilegiar el beneficio general real, el que llega al bolsillo del ciudadano, con el riesgo que eso a su vez implica.

 

guillermovazquez991@msn.com

twitter@vazquezhandall

Etiquetas:   Política   ·   Políticas Públicas

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