¿Qué pasaría si las cosas nos hablasen?... 'The Social Web of Things'



 

las paredes hablasen... Si hablase el frigorífico, el paraguas, el sofá, la lavadora, la mesa, la lámpara... Si hablase nuestra casa...

  No es una imagen descabellada. La domótica no deja de ser un anticipo de lo que puede que nos depare un futuro no excesivamente lejano. El internet de las cosas -ese concepto onírico de interacción de lo inmaterial y lo humano- avanza inexorable, planteándonos un futuro diferente, dinámico, cómodo... e inquietante.

Pero la idea está ahí, y eso es algo que parece augurar un nuevo proceso de comunicación que, probablemente, terminará transformando nuestras formas de comportamiento y, por qué no, puede que transforme nuestra manera de sentir. Observando la proyección de un futuro imaginado, plasmado por la marca Ericsson en el vídeo que acompaña este post, a uno le surgen las dudas sobre el destino final al que estamos abocados. Hacer visible el hecho de que nos relacionaremos con objetos, y que el diálogo virtual establecido con ellos alcanza un alto grado de emocionalidad ficticia -los guiños mecanizados que se incorporan a los mensajes son su síntoma-, me plantea la duda de hasta qué punto seremos capaces de diferenciar dicha relación en nuestra escala emocional. Llevando mi razonamiento hasta un punto ciertamente paranoico -aunque no descartable-, llego a creer que dicha transferencia emocional puede derivar en vínculo sentimental absurdo y que, mal entendido, puede provocar una irremediable confusión de sentimientos. Nuestra situación de tránsito tecnológico y social permanente -vivimos en un proceso de cambios constantes- nos impide digerir adecuadamente las transformaciones. Las continuas brechas tecnológicas, sociales y de comunicación que se abren frente a nosotros, nos obligan a afrontar las transformaciones por defecto... casi sin reflexión y formación previa. Una circunstancia que nos convierte en una especie de autómatas, que adoptamos procesos y los incorporamos a nuestra realidad mecánicamente. Este hecho no es excesivamente grave cuando dichos procesos nos facilitan la vida y punto. Ahora bien, cuando la interacción adquiere una escala más profunda, planteando la hipótesis de una red social en la que conviven e interactúan personas y objetos, y en la que se comparten emociones y sentimientos virtualizados, es plausible pensar que habremos alcanzado un punto de irrealidad arriesgado.

Viendo el vídeo tengo la sensación de estar viendo una película de ciencia ficción. Aunque, mucho me temo que vamos hacia un futuro en el que nuestra relación con las cosas pueda conducirnos a hasta un punto de alienación insospechado.

¿Lloraremos cuando nuestro 'querido' lavavajillas llegue a su momento de obsolescencia programada? Ahí lo dejo...

 



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¿Qué pasaría si las cosas nos hablasen?... 'The Social Web of Things'


 

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  No es una imagen descabellada. La domótica no deja de ser un anticipo de lo que puede que nos depare un futuro no excesivamente lejano. El internet de las cosas -ese concepto onírico de interacción de lo inmaterial y lo humano- avanza inexorable, planteándonos un futuro diferente, dinámico, cómodo... e inquietante.

Pero la idea está ahí, y eso es algo que parece augurar un nuevo proceso de comunicación que, probablemente, terminará transformando nuestras formas de comportamiento y, por qué no, puede que transforme nuestra manera de sentir. Observando la proyección de un futuro imaginado, plasmado por la marca Ericsson en el vídeo que acompaña este post, a uno le surgen las dudas sobre el destino final al que estamos abocados. Hacer visible el hecho de que nos relacionaremos con objetos, y que el diálogo virtual establecido con ellos alcanza un alto grado de emocionalidad ficticia -los guiños mecanizados que se incorporan a los mensajes son su síntoma-, me plantea la duda de hasta qué punto seremos capaces de diferenciar dicha relación en nuestra escala emocional. Llevando mi razonamiento hasta un punto ciertamente paranoico -aunque no descartable-, llego a creer que dicha transferencia emocional puede derivar en vínculo sentimental absurdo y que, mal entendido, puede provocar una irremediable confusión de sentimientos. Nuestra situación de tránsito tecnológico y social permanente -vivimos en un proceso de cambios constantes- nos impide digerir adecuadamente las transformaciones. Las continuas brechas tecnológicas, sociales y de comunicación que se abren frente a nosotros, nos obligan a afrontar las transformaciones por defecto... casi sin reflexión y formación previa. Una circunstancia que nos convierte en una especie de autómatas, que adoptamos procesos y los incorporamos a nuestra realidad mecánicamente. Este hecho no es excesivamente grave cuando dichos procesos nos facilitan la vida y punto. Ahora bien, cuando la interacción adquiere una escala más profunda, planteando la hipótesis de una red social en la que conviven e interactúan personas y objetos, y en la que se comparten emociones y sentimientos virtualizados, es plausible pensar que habremos alcanzado un punto de irrealidad arriesgado.

Viendo el vídeo tengo la sensación de estar viendo una película de ciencia ficción. Aunque, mucho me temo que vamos hacia un futuro en el que nuestra relación con las cosas pueda conducirnos a hasta un punto de alienación insospechado.

¿Lloraremos cuando nuestro 'querido' lavavajillas llegue a su momento de obsolescencia programada? Ahí lo dejo...

 




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