Top Gun (Tony Scott, 1986), como toda esa galería de artefactos audiovisuales poseedores del suficiente carisma para haber marcado a diferentes generaciones, nunca ha dejado de estar de moda, pero fue con la muerte de su director cuando volvió a situarse en primera línea. La cinta más recordada del malogrado realizador estadounidense, auténtico título de culto y todo un clásico de los 80, se sitúa impasible al paso del tiempo gracias a su reconocible aroma de serie B, una estética de videojuego y unos mejorables efectos especiales -o espaciales-. Pero, sin duda, por lo que todos recuerdan a esta taquillera producción –la nº1 de su año- es por la figura de su actor protagonista, un primerizo Tom Cruise, elevado a la categoría de icono del cine (y eterno sex symbol), además de por una legendaria banda sonora que, con los temas `Take my breath away´, de Berlin (ganador del Oscar) y `Danger Zone´ de Kenny Loggins a la cabeza, sostenían un relato que alternaba la trama sentimental con la de acción –todo ello aderezado con uniformes, ejércitos y una tensión sexual más que latente-, repitiendo indisimuladamente la fórmula que tan buenos resultados cosechó su contemporánea Oficial y Caballero (Taylor Hackford, 1982). Un envoltorio brillante –el contenido es otra historia- para un producto comercial cuya condición de fenómeno social se reflejó en su capacidad subliminal del aumento de solicitudes de los jóvenes norteamericanos para formar parte del ejército de aviación.




