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Chile, la aventura conjunta de convivir - Parte 8


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09/09/2012

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CHILE: CON LA FUERZA DE LA RAZON Y LOS PRINCIPIOS


Están aún frescas las heridas del sordo conflicto que quebró el Alma de Chile. El Cardenal Raúl Silva Henrí­quez fue clarísimo al marcar las cicatrices que han cruzado la Patria. Se estigmatizó como "enemigos" a quienes pensaban diferente. Hubo mucho odio campeando con los puños apretados y bocas calibradas por nuestra tierra, pero en medio de todo hubo también nobles y solidarios gestos de quienes se jugaron la integridad personal para ser consecuentes con sus principios.

Hay aún muy poca distancia desde esos crudos hechos y aún no alcanzamos a plenitud la reconcilia­ción. Han faltado gestos hidalgos de reconocimiento de graves errores, ha habido reticencia a aceptar por parte de victimarios, con virilidad el juicio históri­co.

Apenas presen­tado el Informe Rettig, el asesinato del Senador Jaime Guzmán, líder oposi­tor, desvió práctica­mente la atención total de esta tras­cendental tarea cumplida por la Comisión Verdad y Recon­ciliación.

Sin embargo, Chile no podrá olvidar jamás la nobleza y dolor con que, desde el fondo del alma, el Presiden­te de la República, pi­dió perdón a Chile por todas las víctimas que se produjeron durante el período relevado, a partir del 11 de sep­tiembre de 1973­, hubie­sen sido ellas civiles o milita­res.

Hoy avanzamos por una etapa de madurez cívica, de­mos­trando al mundo la, talvez, más inteli­gente, suave e inédita transi­ción desde un régimen de facto - dicta­torial en su primera etapa, autocrático y personalista en la segunda - hacia un sistema democrático. Encami­nando al país a un clima de aceptación y concordia, con una recuperada democra­cia que, pese a sus originales y premedita­das amarras, ha logrado, gradualmente, generar consensos para una profundización real del pluralismo y la participación ciudadana.

Chile ha dado una lección al mundo, la cual nos subraya una vez más, que el camino negocia­do es siempre, en cual­quier circunstancia, el menos costoso para una nación. Los desafíos han sido enormes, sobre todo en el ámbito de la deuda pendiente con aque­llos compatriotas que sufrieron en carne propia, en su derecho a la vida, a vivir en la patria natal, a pensar distinto, a no ser discriminados por su pensamiento contestatario, los rigores de un régimen que concentró la fuerza armada como base de su poder.

En los ochenta, Chile orienta la fuerza de la civilidad hacia las banderas de la paz, de la razón. Y desde las protestas movilizadoras, evitando el riesgo de caer en una confrontación sin destino, aislando a los que postulaban la vía armada para hacer frente a la dicta­dura, las fuerzas democráticas construyen el movimiento cívico más activo de la historia de Chile que, dentro de las arteras condiciones de un régimen militar auto­ritario y dentro de las reglas institucio­nales de una Constitución que ya no se cuestiona, manifestará el 5 de octubre de 1988 su No histórico. Que abre las puer­tas a la nueva etapa que estamos viviendo.

La razón aparece como estoica bandera que agluti­na a Chile entero, abriendo cauces renovados para el enten­dimiento en paz.

Chile inaugura la década de los noventa con su flamante primer gobierno democrático. Y en la estrate­gia que dirige el juicioso estadista de esta arquitec­tura política, Patricio Aylwin, la fuerza de la razón es la mayor fortaleza de su gobierno de transición.

Es así como en Chile se produce el desmantelamien­to de los conflictos, el llamado a la civilidad, para que madura­mente vaya cuidando el valor conquistado - el nuevo sistema democrático- sin exacer­bar la confronta­ción, sin acti­tudes de revancha, sin caer en especula­ciones electore­ras que pudieran quebrar la disciplina en lo económico con acciones populistas­.

Las conversaciones con altura de miras, el sentido estratégico de largo aliento, la capacidad de escuchar, la capacidad de colocarse en los zapatos del otro, el buscar juntos, con creatividad y flexibilidad dentro de lo posible soluciones armónicas, son todos elementos que debemos apreciar como una rica experiencia nacio­nal, más allá de posiciones partidarias contingentes.

La ética en la política, como en todo ámbito de rela­ciones interpersonales o sociales, constituye una enorme fortaleza, que las personas deben apreciar como un faro permanente para sus actuaciones en sociedad.

Nadie puede manipular principios del derecho natu­ral, nadie puede planearse en ningún plano preten­diendo legitimar su accionar directivo, si no construye con acciones, con ejemplos, una autoridad moral, un ascen­diente que le permita ganar genuinos liderazgos.

En el actuar público, en las acciones cívicas, en la vida diaria, en el seno de la familia, la coherencia juzgada por contrapartes y subordinados, pareja, hijos, alum­nos, condiscípulos, etc., el valor de honestidad e integridad son vitales para tener esta legítima autori­dad.

La fuerza de la razón y la ética es mayor que cual­quier arsenal atómico. La historia está llena de derro­tados poderosos, que construyeron imperios a costa del desa­mor y la injusticia, como así también persisten por encima de los siglos aquellas religiones o doctri­nas que, que en distin­tas civili­zaciones y tiempos de la humanidad, pusieron Luz en el corazón del hombre.

Tenemos una hermosa tarea por delante: ¡Inaugurar el Siglo XXI con el ímpetu generoso de hombres y mujeres capaces de prota­gonizar su libertad, fortalecidos en la cooperación y la tolerancia!

 

Ensayo publicado en Octubre de 1993. Forma parte del libro "Crónicas de Dos Siglos" Fondo Editorial Periodismo-Probidad, Año 2010.



Etiquetas:   Educación   ·   Familia   ·   Democracia   ·   Justicia   ·   Valores   ·   Paz

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