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Los ataques a la prensa del gobierno populista argentino


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11/04/2011


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Mario Diament, Dramaturgo. Periodista. Ex director de El Cronista












Ocasionalmente, los argentinos deslumbramos al mundo en el deporte, en las artes o en las ciencias. En ocasiones, también, desconcertamos con la misma intensidad, cuando por ejemplo, un grupo de notables intelectuales firma una proclama objetando la invitación a Mario Vargas Llosa a inaugurar la Feria Internacional del Libro porque discrepan con sus opiniones políticas, o cuando, entre todos los posibles candidatos, la escuela de periodismo de la Universidad de La Plata elige al presidente venezolano Hugo Chávez para el premio Rodolfo Walsh a la libertad de prensa.

Si en su lugar se hubiera elegido al Cartel de Juárez, la ironía no hubiera sido muy diferente.

La confusión que se ha instalado en la Argentina acerca de la naturaleza y función del periodismo no tiene nada de casual. Al poder no le gusta la prensa por la misma razón que a los ladrones no les gusta la policía. Lo asombroso del caso argentino es que a la campaña por domesticar a la prensa se ha sumado una larga lista de periodistas, muchos de ellos de distinguida trayectoria, quienes súbitamente parecen haber descubierto intenciones aviesas en los mismos medios a los que antes servían.

Los viejos sueños de la izquierda setentista de crear un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación, han tenido una briosa resurrección en la Argentina de la segunda década del siglo veintiuno. Al mismo tiempo que se trata de cuestionar la independencia de la prensa profesional, con la falsa premisa de que no son más que portavoces de las ideas de los propietarios y que su función, en consecuencia, es equiparable a la de la pupilas de un lupanar, el gobierno monta o facilita la creación de una gran corporación mediática adicta, cuyo propósito es promover la versión oficial de la realidad.

La prensa es responsable de muchos pecados, pero no tantos como los políticos y, en particular, aquellos que llegan al gobierno. Pero más allá de si es buena o mala, pura o corrupta, hay una particularidad en la naturaleza de la prensa que elude toda pretensión de control o ideología: la prensa puede ser cualquier cosa, menos oficialista.

La célebre afirmación de Walter Lippman - “Un periodista que no hace olas no está haciendo su trabajo”- resume la esencia de la profesión.

La prueba de esto es que no existe un solo ejemplo memorable de un periodista al servicio de ningún régimen, sea éste el de la Alemania nazi, el de la Unión Soviética, el de Cuba, el de Pinochet o el de Videla. Es probable que algunos logren una cierta celebridad durante el período de auge del régimen, como está ocurriendo con Hala Misrati, la locutora de la televisión oficial libia, pero cuando el régimen se acaba, la celebridad se extingue.

Hay muchas áreas de la sociedad que pueden estatizarse, desde la medicina hasta la banca. Pero el periodismo no es una de ellas. Uno puede enseñarle muchas cosas a un perro, pero no puede enseñarle a comportarse como un gato. Con la domesticación de la prensa sucede lo mismo. La obsecuencia no forma parte de su condición. El periodismo complaciente no es periodismo: es una rama híbrida de la propaganda.

Lo que torna más absurdo todo este esfuerzo por desacreditar a la prensa independiente (entendiendo por esto, su independencia del poder político y no un carácter impoluto) es que aquello que, de pronto, podría haber sido posible en la década del setenta, carece totalmente de propósito en el 2011, donde una dictadura poderosa como la de Hosni Mubarak en Egipto, es derrocada por la acción de un grupo de estudiantes armados de Twitter y Facebook.

La prensa tradicional no tiene ni la flexibilidad ni la inmediatez del periodismo alternativo, donde los bloggers, los twitteros o Youtube pueden diseminar información en segundos con un efecto viral. Y no hay campaña de desinformación que valga para tapar a esa boca de información.

Mal que le pese a los setentistas, la información ha dejado de ser controlable. De ahí que hablar de la excesiva influencia de una corporación como Clarín, por ejemplo, es no entender lo que está pasando en el universo mediático. Clarín puede hacer mucho dinero, pero no puede cambiar de opinión a nadie. Para comprobarlo, basta leer los foros que acompañan a los artículos.

Todo el esfuerzo y recursos que el gobierno invierte para batallar a la prensa solo sirven para predicar entre los convencidos.

En cambio, la campaña que busca demoler la credibilidad de la prensa independiente no solo agravia a los periodistas que se han jugado y se juegan la vida para contar lo que sucede desde lugares como Fukushima, Trípoli o Gaza, y a todos aquellos que desempeñan la profesión con rigor y honestidad, sino que priva a la democracia de una de sus instituciones fundamentales.






Etiquetas:   Comunicación

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1 comentario  Deja tu comentario


Mnnn Nggg, Periodismo muy buena :)




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