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04/07/2012


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Veía hace unos días en las redes sociales algo que me preocupó y me hizo reflexionar bastante acerca del descenso en la consideración por parte de la ciudadanía por la presunción de inocencia y el derecho a la intimidad. Algo que hasta hace poco pensaba que pertenecía a otra época en la que fascinerosos, bandoleros y cuatreros campaban a sus anchas y resolvían sus diferencias a tiros. Y lo que más me aterra de todo ello, es que el asunto del que les hablo lo publicaban en sus muros personas de afinidades de izquierdas y presuntamente tolerantes y solidarias, o lo que es lo mismo, personas con las que me identifico en mayor o menor medida.






Los que tengan una edad como yo, recordarán las antiguas películas del salvaje oeste de John Wayne, Clint Eastwood y demás, en las que se colgaba en las paredes de todo el pueblo unos carteles con el retrato de un tipo al que se buscaba, su nombre y una suculenta recompensa por entregarlo “vivo o muerto”. Pues este caso es muy similar, se trata de una foto de un señor que presuntamente es un pederasta, repito; presuntamente. Se publica su foto bien clara, se dan su nombre y apellidos y la zona donde vive, creyendo que con esto se hace un magnífico servicio a la comunidad y seremos mejores personas, lo cual se puede considerar una ramificación intoxicada de la célebre “caridad cristiana”, dato lleno de ironía si tenemos en cuenta que hablamos de personas supuestamente ateas como este que les escribe.





Si ese señor es juzgado y es declarado culpable por un tribunal y detenido por las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, bien hecho está y que le caiga la más gorda, que diría un castizo, pero lo que se consigue con estupideces como la que tratamos en este caso es un doble daño que puede ser irreparable ya que se pueden dar dos circunstancias. Por un lado, puede resultar que esta persona finalmente sea inocente y, haciendo este ejercicio de bondad mal entendida, le hemos fastidiado la vida para siempre, por otro lado, puede resultar que sea culpable y que, algún día, algún “iluminado” como el que publicó la nota, se encuentre con alguien que se le parezca y haya una desgracia por esa tendencia tan humana de tomarse la justicia por la propia mano.





Y ustedes me dirán, pero es que la pederastia es un crimen aborrecible, cosa en la que estamos de acuerdo totalmente, pero si usted aprueba estas medidas tan comunes ahora en las redes sociales, usted no busca justicia, usted busca que alguien pague, el que sea. Y ustedes me dirán, es que la ley es blanda, muy bien cámbiese la ley, pero dura lex, sed lex, así que nadie nos convierte en juez y parte por muy indignantes que resulten estos crímenes, que los actos cometidos guiados por las tripas en vez de con la cabeza, suelen ser de resultados nefastos.





Un ejemplo claro de que en estas cuestiones es necesario ser muy precavidos, es el caso de Rocío Wanninkoff, de cuyo asesinato culparon a la mujer que era pareja de la madre de la niña y, dos años después, resultó que era inocente. Y yo me pregunto, ¿quién le devuelve a esa mujer esos dos años?













Hugo Roig Montesdeoca, escritor y miembro del PSOE de Telde. 





Etiquetas:   Redes Sociales   ·   Justicia

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