Una gran roca inamovible o el peso de la historia

Siempre hemos escuchado aquella frase de que un “país sin historia” (que no respeta o también no aprende de su pasado) es una nación sin futuro. Esta afirmación es cierta a nivel macrosocial, pero también lo es en el micromundo de cada familia y a nivel individual de cada persona.

 

. Esta afirmación es cierta a nivel macrosocial, pero también lo es en el micromundo de cada familia y a nivel individual de cada persona.
 

Siempre me ha impresionado un relato de Janet Fithian en el Philadelphia Inquirer(1993) que cuenta la historia de una mujer recién casada que llegó a la granja familiar de su marido y destaca la presencia de una roca que estaba ahí en el jardín detrás de la casa. “Era de un feo color naranja apagado, tenía unos treinta centímetros de diámetro y sobresalía varios centímetros del césped del jardín trasero, como si estuviera esperando a que alguien se tropezara con ella”.

 

Pregunta entonces a su marido si podían sacarla después de que la golpeara con la cortadora de césped y se rompieran las cuchillas, a lo que respondió que no, porque siempre había estado allí. Su suegro estuvo de acuerdo.

 

Además, creían que estaba enterrada a mucha profundidad y la familia de la esposa del suegro que había vivido en esa casa desde mediados del siglo XIX, también insistió en que nadie había podido sacarla.  

 

Entonces, relata Janet Fithian, “la roca siguió en su sitio. Nacieron sus hijos, crecieron y se fueron de casa. Su suegro murió. Tiempo después, también murió su marido”

 

Una vez finalizado el período de luto, tuvo que enfrentarse a la vida en su nueva condición y “fue entonces cuando comenzó a prestarle atención a su entorno, pues era más fácil cambiar éste que su situación en la vida”.

 

Empezó a preocuparse por el jardín y se empeñó en quitar todas las imperfecciones que según su criterio hacía falta corregir. Pero el lugar en que se encontraba la roca no daría un buen aspecto mientras estuviera allí, por lo que decidió que era ya era hora de sacarla. Se preparó para lo que creía iba a ser una ardua tarea como la que las generaciones anteriores de la familia de su difunto esposo, habían experimentado para quitarla.

 

Se preparó para llevar adelante la operación aunque le llevase todo el día, pero para su asombro, pudo sacarla en escasos cinco minutos. “Había estado a unos treinta centímetros de profundidad y era unos quince centímetros más ancha de lo que parecía. La aflojó con ayuda de una palanca y la subió a la carretilla. Se quedó estupefacta. Aquella roca había estado ahí desde tiempo inmemorial”.

 

Entonces Janet Fithian dice “que cada familia había creído a ciegas que la generación anterior había intentado quitarla…pero en vano”. Es que parecía más grande y enterrada mucho más profunda de lo que en realidad estaba, lo que había fomentado la creencia de que era fuerte e inamovible.

 

Esto nos hace reflexionar, al igual que Janet Fithian, en que ocurre igual “con ciertas personas que logran que los demás los traten con gran deferencia y les atribuyan sabiduría y profundidad tan solo por apariencias y no por sus logros reales. La roca anaranjada se había ganado su respeto. No podía arrojarla sin más detrás del granero, de modo que la llevó al cobertizo, donde aún pudiera contemplarla desde la casa. Todavía ve la roca todos los días, pero ahora le parece algo bueno en su pequeño paisaje”.

 

Janet Fithian concluye que “es un recordatorio de que cada generación debe buscar sus propias respuestas”. Pero lo que se puede extraer de un relato como el de Janet Fithian, va mucho más allá de los problemas de cada época a la cual deben enfrentarse las personas. Es un alegato a la historia y la tradición que en una casa, una región –como en esta granja- lo que se transmite de generación en generación, aunque sólo sea una creencia y no responda a la realidad –la gran roca inamovible- es lo que constituye el eje vertebrador de cualquier sociedad.

 

Porque esta roca que había sido testigo presencial de las sucesivas familias de la esposa del suegro, puede hacerse extensivo a muchas otras tradiciones y creencias de los lugareños, que respetan lo que les han legado y contado sus antepasados. Si bien tienen que hacer frente a nuevos retos de la hora actual, mejor podrán enfrentarse a ellos cuando sus valores y principios se alimentan de sus pequeñas historias, que en el colectivo de un país, son la tradición y la cultura que caracteriza a una sociedad.

 

Este es el valor que no debe romperse y el alimento que al mismo tiempo debe nutrir la “revolución” de los jóvenes que encuentran las “grandes rocas inamovibles” de la recesión, el paro y una crisis de valores que resquebrajan las estructuras de la sociedad.

 

Por eso, el alegato de Janet Fithian lo hago propio y extensivo a los desafíos a los que estamos enfrentándonos en un momento en el que pareciera que el barco está a la deriva (la tremenda crisis de liderazgo es causa principal de los problemas a los que nos enfrentamos en Europa y el mundo).

 

Hemos movido “grandes rocas inamovibles” en el pasado. La generación de nuestros abuelos se enfrentó a dos Guerras Mundiales, a la crisis del 29 y una sucesión de calamidades. Los que tenemos el privilegio de vivir en la 2º década del siglo XXI, estamos tratando de mover una gran roca que no somos capaces de sostener, pero como dice Janet Fithian, junto al liderazgo que seguramente surgirá una vez hayamos atravesado este desierto, tendremos las respuestas a los nuevos desafíos que tiene que resolver la generación actual, con el propósito, que los que nos sigan en años futuros, puedan decir a qué y cómo se enfrentaron sus padres y abuelos del siglo XXI.

 

UNETE



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