Temuco

 De regreso al nido pater-materno, por ventura o por desgracia, obligada por las circunstancias de una historia de revoluciones inconclusas, Temuco me recibió con frialdad hace casi veinte años. Qué ciudad tan extraña, tan distinta y tan distante, de gente agreste, altiva y desconfiada, no fue de mi gusto hasta ahora, que aprendí a quererla, como a ese amor callado que nunca me habló y esperó en silencio que me diera cuenta (y que hoy, agradecida, recién he visto).

 

. Qué ciudad tan extraña, tan distinta y tan distante, de gente agreste, altiva y desconfiada, no fue de mi gusto hasta ahora, que aprendí a quererla, como a ese amor callado que nunca me habló y esperó en silencio que me diera cuenta (y que hoy, agradecida, recién he visto).
 

Porque la tierra siempre es femenina, es la que se abre para la semilla, la que devora simientes y fructifica, la que coquetea con los tiempos y las edades de la historia, la que siempre ha sido causa de batallas, violentada por el arado del macho que persigue el fruto de la progenie, por la espada fálica de las guerras de conquistas.  

 

Temuco es la ciudad madre de mi propia tierra, mi vientre embarazado de futuro con el nombre de héroes legendarios aguerridos, astutos y libertarios. 

 

El eterno retorno de la vida, la semilla para dar fruto debe morir. Eso hice en estos años en Temuco, morir cada día un poco; o más, o menos, de pronto completamente, a veces resucitando, desfalleciente de mi misma buscando respuestas que no eran sociales ni de luchas partidistas, ni siquiera el sino de las eras. ¿Qué tiene esta ciudad que se contradice y hace que la agonía del sentenciado se prolongue insistentemente reclamando por la vida que no le pertenece? Si no muere la semilla no florecerá la tierra, la hembra se vuelve estéril y se seca de sabores.

 

Y no podía morir. Me venían los aromas del rocío, la delicia de su fragancia cuando llueve en estas cascadas gota a gota que caen en el invierno; imaginaba el verdor de los prados, los trigales, mis ojos recorrían los plantíos que no lograría ver, y me resistía. Entonces no germinaba, no me dejaba partir.

 

Un día, cansada de altibajos de muertes y resurrecciones como grano atizonado, conversé con la ciudad.  Encaré su desamor, su falta de tino, ese desapego terrible de la indiferencia (¡si vas o no vienes, no es asunto mío, haz lo que desees, no retengo a nadie que no me quiera!).

 

¡Pero qué soberbia, qué arrogancia, cuánta coraza de esta hembra! Y de mujeres yo sí sé, porque entre hembras nos entendemos; no me iba a venir a mí a pasar cuentas ajenas.  El nombre no lo explicita pero te huelo a distancia, sé cuando estás con el celo del deseo procreativo, buscando algún esposo de los muchos que has atado a tus sinuosidades grandiosas, generosamente fértiles. 

 

Se sorprendió Temuco, no me esperaba. De mujer a mujer debí enfrentarla. Y cómo nos parecemos; pude escucharla, conversación  de féminas que solidarizan por similitudes, o porque nos conmueve hasta la última fibra que otra como nosotras sufra por ser mujer.

 

Déjame ir, le dije, déjame morir hasta que renazca nueva.  Me miró profundamente a través de las largas pestañas de sus ojos oblicuos y oscuros como el maqui, y asintió.  Entonces regresé al lugar de donde venía, me despedí de mis recuerdos y volví.

 

Morí definitivamente en Temuco. Ya no soy la misma. La semilla ha dado fruto, rebosante, bullente, efervescente de sabores, coloridos y texturas.  

 

¡Cómo nos parecemos con Temuco, amiga-hermana, tan mujer como yo!

 

 

Paloma Torcaza - Chile

UNETE



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