De regreso al nido pater-materno, por ventura o por desgracia, obligada por las circunstancias de una historia de revoluciones inconclusas, Temuco me recibió con frialdad hace casi veinte años. Qué ciudad tan extraña, tan distinta y tan distante, de gente agreste, altiva y desconfiada, no fue de mi gusto hasta ahora, que aprendí a quererla, como a ese amor callado que nunca me habló y esperó en silencio que me diera cuenta (y que hoy, agradecida, recién he visto).



