El cuerpo de policía: contradicción de la democracia

@font-face { font-family: "Cambria"; }p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal { margin: 0cm 0cm 0.0001pt; font-size: 12pt; font-family: "Times New Roman"; }p.MsoFootnoteText, li.MsoFootnoteText, div.MsoFootnoteText { margin: 0cm 0cm 0.0001pt; font-size: 12pt; font-family: "Times New Roman"; }span.MsoFootnoteReference { vertical-align: super; }span.TextonotapieCar { }div.Section1 { page: Section1; } La democracia se ha presentado, en algunas ocasiones, como un sistema de gobierno deseable, pues se le ha considerado como el sistema en el que, al menos en teoría, se garantiza la libertad de los ciudadanos. Y es cierto, sin embargo, no quiere decir que no tenga sus complejidades como los otros sistemas de gobierno, y sobre todo, no quiere decir que no lleve consigo algunas contradicciones en sus propios ideales. Lo que siempre se suele olvidar es que en todo sistema de gobierno se cuenta con el factor humano, es decir, con hombres concretos que, como tales, pueden ser inestables y desviarse de los ideales del sistema, alimentando de esta manera las contradicciones.

 

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Por lo anterior, en el presente trabajo, en un primer momento, se hacen algunas consideraciones a las nociones de democracia y de ciudadanía, para, en un segundo momento, recurrir a algunos postulados del pensamiento de Deleuze, Guattari y Foucault para profundizar en el análisis del sistema democrático y exponer las contradicciones. Finalmente una conclusión en la que se presenta una postura personal después de la exposición de los ideales democráticos de la actualidad y los puntos de crítica de la democracia.

 

I.- Consideraciones actuales a la democracia y a la ciudadanía

 

En Robert A. Dahl podemos encontrar algunos criterios que considera necesarios para un gobierno que se dice estar en un proceso democrático, entre ellos, se menciona la participación efectiva, la igualdad de voto, la comprensión ilustrada, el control de la agenda y la inclusión de los adultos.[1]  En este caso Dahl afirma lo siguiente para con los gobiernos que se dicen democráticos:

 

“Un desafío más directo a las ideas y prácticas democráticas es el daño infligido por gobiernos populares a personas que viven dentro de su jurisdicción y que están obligadas a obedecer sus leyes, pero que carecen de los derechos a participar en el gobierno. A pesar de que estas personas son gobernadas, no gobiernan. Afortunadamente, la solución a este problema es obvia, aunque no sea siempre fácil de poner en práctica: los derechos democráticos deben extenderse a los miembros de los grupos excluidos”.[2]

 

En este punto, hay que señalar que los gobernantes deben de darse cuenta que la democracia no se agota en que cada determinado tiempo en que se ejecuta el voto, sino que los ciudadanos deben de tener garantizados sus derechos a participar en el gobierno y en la política. En un gobierno no democrático, está claro que cabe la lucha y/o búsqueda por los derechos humanos, pues ni siquiera a todos se les considera capaces de tener una vida política, y quienes la tienen, está claro que pertenecen al círculo del “poder” y no está dentro de su interés el otorgar el estatus de ciudadano a los otros. En este sentido, podemos afirmar que solamente en la democracia se puede hablar y luchar por los derechos humanos, y que además, la democracia posibilita el flujo de las relaciones de poder, aunque de ello no se sigue la inexistencia de conflicto en el sistema democrático. 

 

Así pues, resulta evidente que la democracia no es solamente un proceso de gobierno, sino que también es un sistema de derechos, los cuales, se constituyen como los pilares principales sobre los que se sostiene un proceso realmente democrático. En este sentido, los derechos deben estar garantizados en cualquier momento y en cualquier lugar. Pero la manera en que pueden estar garantizados no se queda únicamente en el plano teórico, sino que se requieren de instituciones que se encarguen de otorgar los derechos democráticos para que se viva en la democracia, es decir, se requiere de una praxis concreta y no solamente de una especulación teórica.

 

Una vez que se han garantizado los derechos democráticos y los derechos humanos fundamentales, se pueden ofrecer algunas razones para la preferencia de la democracia.

 

“Baste con decir aquí, que una cultura democrática con casi total seguridad subrayará el valor de la libertad personal, y así dotará de apoyo a derechos y libertades adicionales”.[3] 

En otras palabras, podemos decir que es en la democracia en donde los hombres y mujeres tienen garantizada la ciudadanía. Además, la democracia constituye el sistema en el que las personas tienen garantizadas sus propiedades, pues en ella las personas pueden hacerse cargo directamente de ellas y conducirlas de la manera en que mejor les parezca.

 

II.- Las relaciones de poder en la filosofía postestructuralista.

 

Con respecto a la noción de rizoma que manejan Deleuze y Guattari (pensadores del siglo pasado), ambos coinciden en que se ha llegado el momento en que ya no es posible decir yo, pues se ha llegado a un punto en que decirlo o no decirlo ya no guarda una importancia mayor. Para abordar dicha noción hay que recurrir, en primer lugar, a una noción previa: el libro-raíz. Éste se refiere a una lógica binaria en la que no se entiende por completo la multiplicidad, en la que existe una jerarquía cerrada y en la que todo está claramente determinado.

 

“El pensamiento no es arborescente, el cerebro no es una materia enraizada ni ramificada… El árbol o la raíz inspiran una triste imagen del pensamiento que no cesa de imitar lo múltiple a partir de una unidad superior, de centro o segmento. En efecto, si consideramos el conjunto de ramas-raíces, el tronco desempeña el papel de segmento opuesto”.[4]

 

Vemos, pues, una clara diferencia entre la raíz y el rizoma. Mientras la raíz sigue un esquema jerárquico, en el rizoma (multiplicidad), los hilos de la marioneta, no remiten a la supuesta voluntad del artista o del titiritero, sino a la multiplicidad de las fibras nerviosas que forman a su vez otra marioneta según otras dimensiones conectadas con la primera.[5] En este punto, podemos ver claramente un rompimiento con el esquema jerárquico en el uno solo decide por todos, en el que la voluntad absoluta queda abolida y en el que no se requiere de puntos o posiciones para definir el rol que cada cual ha de desempeñar, al contrario, se trata de poner sobre la mesa que en un rizoma (una sociedad que bien podría ser la sociedad globalizada) sólo encontramos líneas, es decir, que no encontramos en ningún momento algún tipo de noción de medida, pero sí multiplicaciones o variedades de medidas. Así pues, una noción como la de unidad solamente tendrá lugar en el momento en que se produce en una multiplicidad una toma del poder por el significante, o un proceso correspondiente de subjetivación. Finalmente, los autores apuntan lo siguiente:

 

“El libro ideal sería, pues, aquél que lo distribuye todo en ese plan de exterioridad, en una sola página, en una misma playa: acontecimientos vividos, determinaciones históricas, conceptos pensados, individuos, grupos y formaciones sociales”.[6]

 

Se trata, pues, de apuntar también a una nueva manera de vivir el poder y de distribuirlo, en el que, como bien apuntan los autores, todo se distribuya en una misma playa, es decir, nadie pueda permanecer indiferente frente a la situación de otro y, por lo tanto, nadie quede ignorante con respecto al proceso histórico que se vive. En cuanto a la distribución del poder, hay mencionar a Michel Foucault, quien se encarga, propiamente, de desarrollar este tema en sus obras ya mencionadas.

 

Con respecto a ello, podemos afirmar, en primer lugar, que encontramos en él una crítica al poder disciplinario que se había vivido hasta entonces en las diferentes sociedades del mundo. En los sistemas absolutistas encontramos una clara estructura política jerárquica, en la que el aparato disciplinar no puede dejarse a un lado. El autor, a este respecto, expresa lo siguiente:

 

“Las instituciones disciplinarias han secretado una maquinaria de control que ha funcionado como un microscopio de la conducta; las divisiones tenues y analíticas que han realizado han llegado a formar, en torno de los hombres, un aparato de observación, de registro y de encauzamiento de la conducta… Vigilar pasa a ser entonces una función definida, pero que debe formar parte integrante del proceso de producción; debe acompañarlo en toda su duración”.[7]

 

En el fondo, se trata de una obra en la que se critica la forma de hacer política, sobre todo, en los griegos, quienes pretendían tener definidos los papeles que cada uno de los ciudadanos había de desempeñar, pero estando acompañados de los tribunales a los que les correspondía aplicar el castigo en caso de ser necesario. Este es el modelo, con sus respectivas variaciones en cada sociedad, que desde el pensamiento de Foucault se había venido arrastrando hasta entonces. Las sociedades democráticas no son la excepción en cuanto al modelo de la vigilancia, de hecho, en México, durante el siglo pasado, este sistema se empleó de diversas maneras, y con respecto a la sociedad civil no fue la excepción. La crítica de Foucault se extiende, incluso, a una institución de la que poco se habla pero que juega un papel importante en el aparato coercitivo: el cuerpo de policía. Aquí, esto nos servirá para explicar las relaciones de poder de las que el autor habla.

 

“Pero si bien la policía como institución ha sido realmente organizada bajo la forma de un aparato del Estado, si ha sido realmente incorporada de manera directa al centro de la soberanía política, el tipo de poder que ejerce, los mecanismos que pone en juego y los elementos a que los aplica son específicos. Es un aparato que debe ser coextensivo al cuerpo social entero y no sólo por los límites extremos que alcanza, sino por la minucia de los detalles de que se ocupa… ahora bien, hay que advertir que este control policíaco, si bien se halla entero ‘en la mano del rey’, no funciona en una sola dirección. Es de hecho un sistema de doble entrada: tiene que responder, eludiendo el aparato de justicia, a la voluntad inmediata del rey; pero es susceptible también de responder a las solicitaciones de abajo… La ‘disciplina’ no puede identificarse ni con una institución ni con un aparato. Es un tipo de poder, una modalidad para ejercerlo, implicando todo un conjunto de instrumentos, de técnicas, de procedimientos, de niveles de aplicación, de metas”.[8]

 

III.- Conclusión

 

La crítica que se nos presenta arriba, en ningún momento se pretende acabar con las disciplinas o con el cuerpo de policía y que la sociedad se vuelva caótica, sino que apunta, en un primer momento, a la contradicción misma con la que carga el sistema político de la democracia. Como ya se ha anotado, en la democracia se requiere que los derechos estén garantizados para que los hombres puedan ejercer su ciudadanía, lo cual nos indica que en este sistema el poder se encuentra repartido entre los iguales y no en manos de un monarca absoluto. En este sentido, el cuerpo de policía se viene a convertir en la contradicción de la democracia, pues cuando éste es utilizado por el monarca (entiéndase el que se dice que tiene el poder absoluto), lo que se hace es, precisamente, cancelar esos derechos que la sociedad democrática otorga, es decir, monopolizar el poder que se había querido repartir entre ciudadanos. Sin embargo, el mismo cuerpo de policía es en dual, pues por una parte, cuando es utilizado por el monarca tiene que responderle, pero, por otra parte, también tiene el compromiso de garantizar la seguridad a los ciudadanos. Cuando el cuerpo de policía es utilizado por el monarca, lo que menos hace es garantizar seguridad, pues para ello primero tiene que ejercer la violencia y, por lo tanto, violar el marco legal y los derechos que garantiza el sistema democrático.

 

En conclusión, hay que decir que el poder no es la violencia, sino lo contrario de la violencia. De esta manera, podemos afirmar que, a menos violencia dentro de una sociedad, mayor será el poder de cada una de las instituciones que la conforman. Entre menos policía, más democracia. Esto no quiere decir que por el hecho de haber policía un sistema no sea democrático, sino que, nos encontramos con que la democracia misma es perfectible, pero no perfecta. Así pues, ha de quedar claro que el poder se da en las relaciones institucionales y no en el ejercicio de la violencia, pues entre más policía, también menos poder de las instituciones, ya que son capaces de influir, directamente, en las decisiones de los ciudadanos.

 

[1] Cfr. Robert Dahl, “¿Qué es la democracia?”, en La democracia: una guía para los ciudadanos, Taurus, Madrid, 1999, p. 47-48

[2] Robert Dahl, “¿Por qué es la democracia?”, en La democracia: una guía para los ciudadanos, Taurus, Madrid, 1999, p. 58

 

[3] Ibid, p. 62

[4] DELEUZE, Gilles & GUATTARI, Félix. Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-textos, 1994, pp. 20-21.

[5] Cfr. Ibid, p. 14

[6] Ibidem.

[7] FOUCAULT, Michel. Vigilar y castigar. México: Siglo XXI, 1978, pp. 178-179.

[8] Ibid, pp. 217-218

UNETE



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