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La triste y falaz realidad de la Transición española.


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23/05/2012


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Durante décadas los españoles gustaron de la tendencia por alabarse al haber sido capaces de conjuntar intereses en pro del beneficio común, prescindiendo de exigencias con el fin de amoldarse a la nueva etapa democrática del país. Treinta largos años nos hicieron pensar que el ejemplo de convivencia al mundo estaba basado en una solidaridad sin fisuras que cumplió con esos requisitos de lo compromisario para encontrar un bienestar generalizado. Hoy comprobamos que esos elementos del imprescindible pacto de Transición, han sido carroñeros partícipes de múltiples egoísmos que  dejaron crecer el árbol con la intención de su tala, así aprovechar hasta la última astilla.






Con el tiempo hemos descubierto que los españoles son  un conjunto mal avenido de dispares codicias, disimuladores de honestidades para acceder con alevosía a la rapiña sin freno con la excusa de lo político, económico, social y hasta jurídico. España sedimentó las bases de su reconstrucción nacional sobre millones de cadáveres, prensados  por unos antecedentes históricos que ya anunciaban la inviabilidad de la convivencia humilde y la repartición de las vitales responsabilidades que convertían en posible ese espejismo de una democracia pútrida, un reflejo parasitario de futuras contiendas sin concesiones y una Historia de mentira con fingidos credos de respeto colectivo que luego fueron las justificaciones para confrontar con la codicia despedazando el espíritu, ese tan menguado y ridículo, de la Transición española. No nos extrañen pues el despertar de odios guerracivilistas que oportunistas majaderos sacaron a colación en busca de enriquecimientos sectarios.







Lo cierto es que no debería llamarnos a sorpresa el resuelto saldo de esta mezquina España que hoy se desenmascara después de haber ocultado con vergonzante indignidad el trasfondo oscuro, corrupto, ingentemente maligno y fingidamente honrado de una falacia nacional donde nadie es quien parece ser. En estos últimos años y con la premeditada incapacidad de estultos gobernantes que han despellejado un país sin miramientos y con visos de continuidad, con estipulada y sistemática impunidad, hemos asistido al nacimiento verdadero de una España que entonces fue un aborto resucitado, un cadáver ventilado, un fantasma creado por la imaginación de una retorcida conciencia popular que, una vez aflorada sin tapujos, muestra el terror real al que debemos a peores personajes de carne y hueso.



España fue un espejismo y era coherente que un día descubriéramos que en este patio de peligrosos parvularios, mendaces, nauseabundos, acostumbrados a corruptelas sumergidas; este recinto de gentuallas vivaces y vivarachas escorias que apestan a una hipócrita condición donde poco es digno de respeto... descubriéramos que los cadáveres del armario poseen una Justicia mayor que la de los criminales que los ocultan. Algún día iban a asomar esos cadáveres escondidos para confirmar que los verdaderos muertos son aquellos que parecen muy vivos, siendo solo una podredumbre andante movida por intereses salvajes ,siempre posibles a través de esos misterios que encubrían el verdadero carácter criminal de los prohombres que decían dirigirnos por el bien social.







No es casualidad el intento de golpe de estado del 23 de Febrero de 1981, siga enmarañado de secretos que quizá oculten la intención de que un partido socialista consiguiera en la urnas lo que por corriente legalmente democrática no hubiera alcanzado con éxito arrollador. España ha avanzado impulsada por el miedo dado el carácter voluble y dispar de sus habitantes.





No fue casual que un 23 de Febrero de 1983 Rumasa fuera expropiada delictivamente con absoluta indefensión y que el sistema abriera sus dilatadas fauces para engullir al justo, en tanto miles de honorables próceres de una patria vergonzante hacían la vista gorda o se acercaban exultantes, otros disimulados, para tomar el pedazo que convenía destrozando la vida de inocentes. No es casual que los sinvergüenzas de todo palo sean agasajados y respetados mientras que los honestos son vilipendiados. No es casual que José María Ruiz-Mateos sea la víctima propiciatoria de un corrupto poder que excede la apariencia de la alternancia política. El mal permanece y mueve los hilos invisibles de la disolución. Muchos de los respetados de este país son auténticos hijos de Satanás.







Causal es que el resultado de tantas ruinas que nos acometen tuvieran como punto de partida la masacre de un 11 de Marzo de 2004 con 192 inocentes, ajusticiados en pro de oscurantistas intereses políticos y sociales que nos han abocado a una destrucción paulatina y que sigue solapándose con esa acostumbrada y repugnante hipocresía descarnada de la que hacen uso en lo político, social, económico y jurídico de una España muerta. Porque, sí, España no puede ser otra identidad que un cadáver despedazado por todos aquellos que la hicieron posible desde la fragilidad interna, para devorarla con los colmillos fortalecidos por las dentelladas que ya sin disimulos dejan al descubierto sus vísceras. Estamos visceralmente podridos, envenenenados de nosotros mismos y abocados a intentar organizarnos con los mismos culpables de la bellaquería aceptada que durante años nos  engañaron para tomar de nosotros el mejor bocado de indefensión con que hoy nos devoran.





Vivimos un gran engaño y así fue durante décadas. El despertar para ver esta pesadilla de la actualidad es una nefasta consecuencia de ese dormitar democrático en que nos meció la garra de una España conformada de enemigos separatistas e interesadas rémoras que nunca aceptaron una solidaridad vilmente escenificada.



No es cuestión esta visceral problemática solo de política, sino de un poder que perdura más allá de la alternancia y lo circunstancial. Una avaricia conjunta con distintos fines para exprimir al ciudadano; al fin y al cabo los verdaderos y dignos personajes de esta España que ,desgraciada y paradójicamente, se la han ganado sus propias víctimas por dejar que la mentira convenciese. Es el precio de la impunidad.









Etiquetas:   Democracia

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