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Ejemplo de politica de Estado


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05/04/2012

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Confesiones.


 

A raíz del sensible deceso el domingo pasado en la mañana, del ex Presidente de la República, Miguel de la Madrid Hurtado, como suele suceder en estas ocasiones, los diversos medios de comunicación dedican espacios adicionales a la  amplia cobertura propia del suceso, para realizar un recorrido breve de la obra del personaje, los momentos de su vida que se consideran trascendentes, en este caso tratándose de un ex Presidente de la República no podía ser diferente.

Tal vez Miguel de la Madrid era el ex Mandatario menos mediático, el recuerdo de su administración considerada gris, incluso mediocre, siempre remite casi por obligación al terremoto que sacudió la ciudad de México en 1985 y en todo caso a la crisis económica que en su momento tuvo que enfrentar.

Cuando una personalidad de esta magnitud fallece, hay una tendencia a recordar la parte positiva de su carrera, tal vez por respeto a la memoria,  se trata de eliminar la crítica, sin embargo en esta oportunidad la misma es parte indivisible de la historia.

Esta clase de sucesos también sirve a la clase política actual, tomando partido por supuesto según sea el caso, para ponderar aciertos o señalar defectos, siendo así y por lo extenso que podría resultar analizar los acontecimientos y los efectos de todo un sexenio, en esta colaboración nos remitiremos a un solo aspecto, principalmente porque en la comparación nos encontramos con un magnífico ejemplo para contrastar lo que debe ser una política de Estado, en contra de lo que hoy bien podríamos denominar una política mediática, que más parece de una telenovela.

El gobierno de Miguel de la Madrid no fue fácil, ni para él ni para la sociedad, ha sido sin duda uno de los sexenios más complicados de la historia reciente, a pesar de la distancia en el tiempo, las referencias siempre conducen hacia los acontecimientos que lo caracterizaron y sin duda, la  mayúscula y terrible crisis financiera y el terremoto son los recuerdos más recurrentes.

Particularmente cuando se rememora el temblor de 1985, las imágenes de la tragedia que todavía causan dolor a muchas familias que perdieron a sus seres queridos o su patrimonio, la imagen más repetida es la de una sociedad civil volcada en uno de los actos de solidaridad más extraordinarios de nuestra historia.

La sensación de que fue la comunidad la que ante la inoperatividad gubernamental, hizo frente a la tragedia y fue la que termino por resolverla, dejando como colofón una muy negativa calificación para el gobierno.

No cabe duda de que la participación comunitaria impuso una diferencia portentosa, sin embargo en términos estrictos, hay que reconocer que sin la participación del          Estado, con su estructura y recursos esto no hubiera sido posible.

El mismo Miguel de la Madrid confeso años después, que la tragedia desnudo muchas carencias del Gobierno, que este no estaba preparado para afrontar un acontecimiento de esa magnitud y que sus efectos rebasaron la capacidad de respuesta inmediata.

Lo anterior no significa que el gobierno se hubiera quedado cruzado de brazos sin hacer nada, la diferencia es que el asunto se atendió y asumió como una cuestión de política de Estado.

El presidente de la Madrid, con su sobriedad característica entendió el inmenso dolor de la nación toda, de ahí que decidiera en congruencia con su personalidad evitar a toda costa aprovechar la tragedia como un instrumento de propaganda política,  a cambio de una moderación republicana más acorde con la situación, a pesar de todo el poder investido en la figura presidencial, algo que a la distancia hay reconocer sin tintes partidistas, con la certidumbre de un análisis objetivo que no pretende establecer tendencias.

De la Madrid se auto impuso una especie de censura, misma que ordeno a todos sus colaboradores en materia de apariciones públicas, o de socorrer personalmente a las víctimas, sabiendo que no era momento para ello, que eso sería una gran ofensa, que era lo que menos requería un país inmerso en el dolor, imágenes de sus políticos haciéndose publicidad de la tragedia.

Lejos de la práctica de aparecer en fotografías acompañando a los deudos o supervisando los rescates y la reconstrucción, de la Madrid se avoco a las soluciones inmediatas, calculando que lo que importaba era volver a la normalidad lo más pronto posible, a riesgo de parecer lejano, política de Estado, sin importar las criticas en ese sentido, mismas que trascienden a la actualidad.

En el análisis de su gobierno,  como en el de cualquier Presidente, pueden encontrarse muchos errores y pocos aciertos, pero en esta oportunidad lo que se pretende establecer, tomando como ejemplo el momento mas difícil y dramático, mas allá de los resultados es la actitud, la prudencia, el talante, porque no se trata de caer en la tentación de magnificar su memoria a raíz de su fallecimiento, simplemente poner las cosas en contexto y reconocer que el momento más álgido se comporto como un jefe de Estado, no como un político de ocasión.

El ejemplo es magnífico, porque veintisiete años después, cuando se supone que gracias a la alternancia provocada por un proceso democrático, tanto la clase política como la misma sociedad han madurado en ciertos aspectos, desechando prácticas nocivas del pasado, lamentablemente pareciera que eso es al contrario.

La seriedad y la sobriedad, la moderación del comportamiento del Gobierno de Miguel de la Madrid específicamente en esos momentos tan significativos, independientemente de la calificación de su competencia y eficiencia, contrasta sobremanera con las actitudes de la clase política actual.

Porque hoy lo que se pondera no es la política de Estado, sino comportamientos que se orientan a la creación de historias casi cinematográficas para presentar a los personajes, en este caso candidatos a la Presidencia, como individuos de ficción, mediante una imagen construida, que ciertamente nada tienen que ver con la realidad.

Hoy lo que predomina es el uso y abuso del marketing, un esquema que privilegia una propaganda que busca presentar a los políticos como celebridades, mediante imágenes que buscan llegar al sentimentalismo, haciendo de lado la esencia de su posición, para transformarlos en protagonistas de una telenovela.

La intención no es cambiar el recuerdo que se tiene de Miguel de la Madrid y su gestión con motivo de su deceso, simplemente poner como punto de comparación un momento en el que ante la mayor adversidad aposto por la seriedad a costa del privilegio de la popularidad construida sobre una tragedia colectiva.

No quiero imaginar cómo se afrontaría en estas épocas un fenómeno de esas características, más allá de la respuesta oficial me refiero y por eso la comparación, a la actitud de los responsables de enfrentarla.

El nivel de compromiso que hoy observamos se vincula a intereses de grupo, que como prioridad tratan de mantener los privilegios de una clase política ausente, pero sedienta de mantener el poder, por la satisfacción del mismo, incapaz de ningún sacrificio para beneficiar a la comunidad que gobiernan, situación que se refleja en sus mensajes, en la pobreza de sus propuestas y peor aun en la explicación de cómo las llevaran a cabo.

La diferencia pues entre una política de Estado que ve más allá de su periodo y sus intereses inmediatos, por la de un sistema light, intrascendente  y telenovelero.

 

guillermovazquez991@msn.com

twitter@vazquezhandall

 





Etiquetas:   Política

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