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Si partimos de que los izquierdistas, es
decir, todas y cada una de las personas que buscan desde la izquierda de la
geometría política pugnar por un cambio del estado actual de las cosas en México
y los demás países del orbe, se han representado como personas limpias, de
corazón abierto y con sentimientos de generosidad, que son y han sido las
banderas de la izquierda desde siempre, habrá que concluir que esa afirmación
es válida.
Si sabemos, como mexicanos que conocemos
el devenir de la política en nuestro país y estamos enterados de cómo se han
manejado las circunstancias políticas en México, la cerrazón del Sr. López
Obrador cuando perdió la elección para Gobernador de su estado natal, Tabasco y
ocupó la plaza pública frente a Palacio de Gobierno; si pudimos percatarnos de
la protesta que tuvo bloqueando Paseo de la Reforma en la Ciudad de México,
podremos pensar que su posición no es del todo sincera.
Más de un mexicano, como yo, quisiera
estar cierto que la izquierda es el camino natural para acceder a mejores
estadíos de vida, pues hemos visto la derecha, la ultraderecha y los brazos
armados de quienes se niegan a perder uno solo de los privilegios de que
actualmente disfrutan, actuar en contra de los más caros intereses de la nación
mexicana.
Lamentablemente, los que se ostentan
como de centro, por su tibieza, han permitido que México haya llegado al grado
de descomposición en que actualmente se encuentra.
De los demás, los que sólo usan las
franquicias políticas como medio para medrar a costa de los ciudadanos, no vale
la pena hablar.
Sin embargo, ¿Cómo han de convencerme de
las bondades de la izquierda si quienes aparecen como sus mejores hombres
deberían estar en presidio? ¿Cómo permitir que el de las ligas sea
representante popular arropado por el Sr. López Obrador?
México debería ser potencia mundial por
su riqueza natural, por la calidez de su gente, por la inmensidad de sus bienes
y por el trabajo de sus hombres y mujeres.
México debería perdonar, como lo anuncia
el Sr. López Obrador, a todos y cada uno de los que han generado el problema
actual pero el perdón, no puede abarcar la impunidad, no puede llegar al
extremo de repetir las conductas que tanto daño han causado. El perdón no puede
ser patente de corso que cause un nuevo agravio a la sociedad mexicana, ya tan
lastimada.
Cuando un ciudadano, quien quiera que
sea, se sabe tan por encima de la ley que se atreve a perdonar y a asegurar que
no abrirá el expediente de la votación de 2006, está otorgando más que un
perdón: está expidiendo una orden de impunidad y eliminando cualquier acción
legal que él mismo o cualquier otra persona que pudiera sentirse agraviada,
estuviera en posibilidad de hacer valer por ese o por cualquier otro hecho
pasado. Su perdón como candidato no puede ser válido si garantiza una
impunidad. Ese perdón no es correcto y de nueva cuenta, es una afrenta a la
sociedad.
Lo que sí es válido, es que cada uno de
nosotros, de los mexicanos que, con independencia del color o de la geometría
política, amamos al país, hagamos lo que está en nuestras manos para hacer que
vuelvan a reinar la paz, la seguridad, el imperio de la ley, en cuanto esa ley
sea justa y no, las aberraciones que se han dictado, que van en contra no sólo
del espíritu constitucional, si no también, del sano pensamiento lógico y de un
mínimo de inteligencia.
Vamos por un México nuevo, de hermanos,
que luchen por su país con la educación, la mano franca y el trabajo como
banderas. Olvidemos para siempre la confrontación. Perdonémonos nosotros mismos
por nuestra desidia y hagamos lo necesario para trazar un nuevo rumbo.
Vale la pena.
Me gustaría conocer su opinión.
José Manuel Gómez Porchini.
Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com