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KIMIGAYO


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11/03/2012


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En estos días se cumplen los aniversarios de dos tragedias que ocasionaron miles de muertos y desolación. Hablo por supuesto de los atentados del 11-M y del terremoto ocurrido en Japón. Evidentemente existen enormes diferencias entre ambas ya que una fue perpetrada y pensada por un grupo de culpables con nombre y apellidos (ninguno de ellos euskera por mucho que se empeñe alguna que otra calva pensante de este país), y la otra fue sólo una muestra de lo frágiles que somos y lo débiles que podemos llegar a ser cuando la naturaleza desata su fuerza. En la segunda de las desgracias quiero centrarme hoy pese a haber ocurrido en el otro extremo del Globo.






Siento desde muy pequeño una profunda admiración y respeto por todo lo japonés; su cultura, su arte, sus tradiciones y su forma de ser y pensar sin olvidarnos de su gastronomía, si me permiten el plural mayestático. Pese a ser uno de los países más castigados por la naturaleza son un referente tecnológico e industrial y una potencia económica mundial. Y todo lo han hecho sin recibir ayuda, cosa que les impide su estricto código nacional del honor y el orgullo.





Resulta increíble que tan sólo un año después de aquello, el país sigue siendo un líder económico y alcanzando la perfección en todo lo que hace. Todo ello si dejar de ser un país democrático y sin usar la tragedia como arma arrojadiza política. Sin ánimo de cometer la salida de pata de banco de Juan Roig, cuánto tendríamos que aprender de los nipones en cuanto a capacidad de reacción ante la adversidad, sin quejas, sin protestas, sin lágrimas de cocodrilo tan sólo trabajando en equipo y arrimando el hombro. Y ese aprendizaje nos incluye a todos seamos del sesgo político que tengamos.





Japón fue un país castigado por una guerra civil que duró casi setecientos años y sólo consiguió ser una nación unida desde el 21 de octubre de 1600 tras la batalla de Sekigahara. Desde entonces sufrió grandes periodos de aislamiento que hicieron que no tuviesen contacto con las potencias occidentales, situación que duró hasta la segunda mitad del Siglo XIX con los “Tratados desiguales” del comodoro Matthew Perry (muy en la onda en la que hacen todo los norteamericanos) y la restauración Meiji. Estos y otros sucesos hicieron que la historia democrática real en el País del Sol Naciente comience a contar una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, lo que hace aun más admirable su actitud de no arrojarse las desgracias en el Parlamento. Así que esta columna la dedico ese país al que tanto he admirado siempre y por si se está usted preguntando qué demonios significa el título de la misma, es el título del himno nacional del Japón.





Y como no puedo despedirme sin añadir un poco de pimienta política a estas líneas, sólo preguntarles a mis compañeros socialistas; ¿se imaginan que la reconquista de España comience en Asturias? Ahí lo dejo.









Hugo Roig Montesdeoca, escritor y miembro del PSOE de Telde.



Etiquetas:   Política   ·   Relaciones Internacionales

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