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La cultura, ¿simple ornamento?


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26/03/2011


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La falta de interés que evidencian nuestros gobernantes hacia la actividad artística y cultural es, desde siempre, asaz notoria; basta escuchar sus declaraciones y sus propuestas en la materia –—que más bien son ocurrencias–— para comprender que toman el asunto como simple “ornamento” o bien como fuente de “entretenimiento” popular, en ciertos momentos en que precisan distraer la atención pública para soslayar alguna  eventualidad “incómoda”.


Conocemos de primera mano las dificultades que enfrentan numerosos artistas, en especial los ancianos y enfermos, quienes en el tramo final de su existencia padecen una agobiante situación económica tras dedicar muchas décadas a compartirnos los frutos de su esfuerzo creativo. Como un ejemplo de tantos, me viene ahora mismo a la mente el triste caso de un pintor de avanzada edad que requería ser operado con urgencia de la vesícula, pero al no contar con recursos ni seguro médico o con la amistad de algún alto funcionario, debió soportar durante más de un año dolores inenarrables, mientras tocaba puertas que jamás se abrían, sintiéndose en el más completo abandono.

Resulta difícil de creer –—o quizá no tanto, si tomamos en cuenta que buena parte de la población sufre idénticos problemas–— que quienes son capaces de materializar su pensamiento en magia y belleza sobre el lienzo, la piedra o el papel, de traducir sus muchos años de estudio en melodías o expresión del cuerpo, de producir emociones intensas en los espectadores de cualquier edad y condición, carezcan de apoyo médico y pensiones de vejez, mientras en el otro fiel de la balanza contemplamos los regodeos impunes de muchos funcionarios encargados del rubro que cobran altos sueldos –—producto de los impuestos de todos, por supuesto— y realizan los gastos más escandalosos que podamos imaginar… a costa del erario público.

Se trata de funcionarios sin preparación ni vocación que —no lo afirmo yo, sino los propios artistas— suelen ser ineptos e improvisados, y carecen de la mínima noción sobre los complejos mecanismos del ámbito en que se hallan comisionados y en el cual, se supone, deberían desarrollar una tarea lo más responsable y ética posible. Mas, por el contrario, muchos de ellos ni siquiera se esfuerzan por ocultar su falta de preparación: bastaría con revisar sus cuentas de Facebook o Twitter para comprobar que su ortografía y redacción dejan tanto que desear como su desempeño laboral.

Recuerdo en este punto una entrevista que decidí realizar a la recién nombrada directora de una galería local de arte contemporáneo, para conocer los proyectos inmediatos y futuros de ese recinto cultural. Para mi asombro, la susodicha dama, hija de una prominente  figura del llamado “cuarto poder”, me espetó, con desparpajo y sin ambages —por supuesto, off the record—: “Me vas a tener que arreglar un poquito las respuestas que te di, mijita, porque yo, la verdad, de arte no sé nada…”.

El respaldo de algún familiar influyente o la amistad con algún político en activo es la fórmula mágica para que estas personas accedan a cargos donde cobran salarios insultantes —en comparación con los que percibe la mayor parte de la población— a cambio de ofrecer nulos resultados; peor aún, ya instalados en el cargo, se permiten actuar de manera prepotente y grosera no solamente con sus colaboradores y subordinados, sino también con los protagonistas de la cultura y con el público mismo, olvidando que trabajan para un pueblo que paga su salario y merece disfrutar las manifestaciones artísticas y culturales que, se entiende, han de estar contempladas en el presupuesto. Sin discernir que la ética los obliga a desempeñarse con un mínimo de eficiencia, únicamente aprovechan el cargo para bien vivir. He ahí su principal objetivo.



¿El resultado? Lo que se ve, no se oculta: un escasísimo público para las artes —los espacios culturales no suelen estar concurridos más que en ciertas inauguraciones o eventos señalados— y un alto porcentaje de la población absolutamente desinteresado tanto en la lectura como en sus propias tradiciones, en una época aciaga en que la globalización amenaza con anular cualquier vestigio de un pasado glorioso como el nuestro, en un momento en que la ignorancia y la insensibilidad son los principales enemigos a vencer. Y ello se podría lograr, entendemos, gracias a esa luz esencial que aporta la experimentación de vivencias edificantes.

El descuido que muestran por su oficio las autoridades culturales obliga a buena parte de los artistas a efectuar su trabajo de manera independiente para ir sobreviviendo, para “irla pasando” nada más, como ellos lo expresan, o bien —y esto por lo general solamente lo hacen los más jóvenes y osados— deben optar por la búsqueda de horizontes más promisorios.

Claro que los más no hacen alharaca para no quedar mal con aquellos funcionarios del área cultural que les pueden brindar, en un momento dado, alguna clase de apoyo o beca, que muchas veces les conceden casi en calidad de limosna. Otros acaban por convencerse, al no ser tomados en cuenta jamás, de que tal vez su trabajo no vale la pena; entonces la desilusión empieza a mermar su autoestima y, por ende, su producción individual, así como su economía, de por sí exigua.

La comunidad artística y cultural, aquellos que son portadores de la sapiencia y experiencia precisas para irradiar los bienes del espíritu, de esas expresiones que provienen de lo íntimo de la esencia humana, deberían exigir una mayor inversión en los rubros educativo y cultural, así como la generación de mecanismos eficientes para forjar públicos interesados en las diversas disciplinas creativas.

Insisto siempre en la necesidad de que los museos, galerías, teatros  los centros culturales en general, se coordinen con la Secretaría de Educación, para que los niños y jóvenes efectúen visitas periódicas, como parte del programa educativo, a esos recintos donde podrían descubrir otros mundos de un solo vistazo al asistir a funciones teatrales y dancísticas, conciertos, proyecciones cinematográficas, exposiciones pictóricas, escultóricas, de grabado o cerámica, a presentaciones de libros y otras numerosas actividades que enriquecerían notablemente su formación.

En el mismo tenor, los creadores deberían pugnar para que se les faciliten los medios que les permitan ofrendar la mayor calidad posible a un público espectador que hoy, desafortunadamente, es más bien proclive a embrutecerse con la basura televisiva, y sobre todo exigir que los funcionarios culturales cuenten con una preparación adecuada para manejar con decoro el importante cometido que les ha sido asignado. Lo menos que se les puede pedir, creo yo, es que cumplan su encargo con  eficacia y, también, con cierta dosis de humildad, que todo es necesario…

La cultura no debería ser considerada por el gobierno como un simple adorno, sino como un puntal decisivo para el ennoblecimiento y progreso de los pueblos; hoy más que nunca, urgen herramientas contundentes para combatir los efectos de la violencia que nos rodea por todas partes y amaga con rebasar todos los límites. Ya se ha hablado hasta el cansancio de la conveniencia de invertir más en educación y cultura, y menos en cárceles, soldados y armamento.   

Sin embargo, los continuos recortes al presupuesto destinado a la actividad cultural no hacen más que evidenciar la poca importancia que nuestros gobiernos conceden a lo que debería ser materia prioritaria. Su estrechez de miras les impide hacer lo que deberían… Aunque, pensándolo mejor, tal vez no se trate de simple descuido, insensibilidad o ignorancia, sino de una acción premeditada para obstaculizar el desarrollo del pensamiento colectivo. Ya se sabe: el pueblo adormecido es más fácil de “manejar”, explotar y... esquilmar.  



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