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Damián Alcázar y la utopía de la salvación por el arte


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24/03/2011


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Una fábula literaria, con su mentira, puede removernos más que un acta notarial con su verdad. Así lo afirmaba Antonio Buero Vallejo, quien narra en su obra postrera, Misión para el pueblo desierto, un episodio de la Guerra Civil Española en el que “Damián”, motivado por su amor hacia una dama, intenta rescatar un cuadro de El Greco.


Igual que otros personajes del dramaturgo hispano, que sueñan con un tipo de luz que abra las mentes, acabe con el oscurantismo y transforme a los individuos y sus comunidades, “Damián” simboliza la utopía buerovallejiana de la salvación por el arte, muy distinta a la que promulga el cristianismo: una forma de salvación que es opuesta al poder opresor y concede al ser humano la esperanza en su propia capacidad para configurar ideales.

Damián Alcázar sabe lo que esto significa. El arte histriónico lo salvó de la rabia que en un momento dado lo impelió a lanzarse a la guerrilla. Hombre de hablar mesurado y talante afable, sus vivencias forjaron el pensamiento coherente que lo ha llevado a entregarse al esfuerzo transfigurador como herramienta para lograr el cambio, comprometido con los problemas sociales del país, que conoce de primera mano.

Crítico y valiente, no se arredra ante el poder ni se muerde la lengua a la hora de poner en evidencia las pifias de un Estado fallido que ha dado al traste con las esperanzas de todos, igual si es un actor de cine como el dueño de la tiendita de la esquina. He aquí su historia y su testimonio.



La excitante situación del desarraigo Sólo tenía tres meses de nacido cuando su familia decidió abandonar Jiquilpan y trasladarse a Guadalajara. Dos años después vio por primera vez una película, en una parroquia de Zapopan donde el sacerdote que les enseñaba el catecismo a sus hermanos exhibía películas infantiles, cada sábado. “Ahí fue donde se me inoculó ese hermoso fenómeno de los sueños que es el cine”, asegura. La familia Alcázar vivió cinco años en Jalisco y después comenzó a viajar constantemente. Los repetidos cambios de casa y de escuela (cursó la primaria en cuatro planteles) hicieron que Damián conociera lo que denomina “la excitante situación del desarraigo”. Vivir por temporadas en un poblado paupérrimo del estado de Tlaxcala, donde residía su abuela materna, le permitió “conocer de cerca y ver con mirada objetiva la realidad de los campesinos y de los indígenas, los hombres y mujeres más pobres de nuestro país”. Ahí despertó su conciencia social.

Iba en quinto de primaria cuando aprendió a escudarse de la realidad. En la biblioteca de la escuela pública a la que asistía, Los viajes de Gulliver, La isla del tesoro, Los tres mosqueteros, Guillermo Tell, Alicia en el país de las maravillas y Robin Hood le dieron alas a su imaginación. “Desde entonces me pareció más grato vivir la ficción que la realidad… hasta que fui papá”, señala Damián, quien le inculca a su veinteañero hijo Emiliano el gusto por la lectura y los valores como la amistad, la solidaridad y el amor por la naturaleza, al tiempo que le habla de lo maravillosa que es la vida y lo alienta a disfrutarla sin limitaciones.





La guerrilla… y la vida

En la Ciudad de México terminó la secundaria; después, envalentonado por los sucesos del 68-70, decidió interrumpir su formación preparatoriana porque pensaba que no valía la pena ser estudiante. Trabajó en varias fábricas: de plásticos, troqueles, pigmentos, perfumes… Fue su entrenamiento como hombre de faena. “Me hacía sentir muy bien el ser un eficaz y esforzado trabajador, pero me hacía sentir muy mal el ver las miserables condiciones de los obreros. Esto sólo lo entienden los que lo han vivido. Viví de cerca la explotación desalmada a la que están sometidos los trabajadores. Sólo pensar en el ridículo salario que aparentemente les pagan y que nunca sube, y en lo caro de la canasta básica, que nunca baja, me hace reforzar las convicciones con las que crecí”, enfatiza.

Damián sostiene que el teatro lo salvó de lanzarse a la guerrilla. “O tal vez fue la incertidumbre o una sensibilidad de niño enfermizo y enclenque, el tercero de cinco hermanos, necesitado de afecto y cuidado, que mis padres difícilmente podían ofrecerme, enfrascados en su problemática de pareja y en la supervivencia misma de la familia, en su manutención”. 

Al integrarse por primera vez a un grupo de teatro, supo que era lo que estaba buscando: “Me considero afortunado desde ese primer contacto con la actuación. El encuentro con el teatro me sedujo, así que, sin dudarlo, retomé la preparatoria y al mismo tiempo hice la carrera de actuación en Bellas Artes”. Al terminar decidió estudiar ruso porque deseaba continuar en la Unión Soviética su instrucción como actor o director, y de manera simultánea tomó clases, un año, en el Centro Universitario de Teatro.

“Tuve la suerte de que mi último maestro en Bellas Artes, Raúl Zermeño, era el director de la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana, y él me cuestionó sobre mi intención de ir a un país desconocido y tratar de estudiar, en una lengua extraña, algo tan profundo y personal como la actuación. Así que me invitó a continuar mis estudios y entrenamiento en la Facultad de Teatro de la UV, la cual tenía un horario de tiempo completo, es decir, de 10 a 12 horas diarias de estudio teórico y de entrenamiento como actor. ¿Qué más se podía pedir?

“A los tres meses, el maestro Zermeño me ofreció participar como miembro de una nueva compañía universitaria de teatro, con miras a tener como sede el puerto de Veracruz. No lo dudé un instante y fui fundador de ese nuevo grupo, cuyas ventajas eran el seguir siendo entrenado con el mismo plan de estudios que ofrecía la Facultad, pero sin el valor de la currícula, y así dejé de ser un alumno regular para convertirme en un actor de una compañía teatral de la Universidad Veracruzana, con un sueldo quincenal mínimo, pero con todas las posibilidades de continuar con un entrenamiento de gran nivel”. De esa manera, 15 jóvenes actores (siete egresados de Bellas Artes y entrenados también en la máxima casa de estudios de Veracruz, y cinco egresados de la Facultad de Teatro de esta institución) conformaron el Foro Teatral Veracruzano, en el cual trabajó Damián durante un lustro.





En pos de un sueño

Retornó a la Ciudad de México y empezó a hacer cortometrajes. “Eso me dio la oportunidad de realizar otra fuerte etapa de entrenamiento actoral, al ser invitado por uno de los mejores directores y maestros del teatro mexicano: Luis de Tavira. Y de nuevo, buenos maestros, salario, directores invitados y trabajo diario en cursos, talleres, ensayos y funciones, en una de las mejores compañías del teatro nacional. Quería trabajar en el cine, pero era prácticamente un sueño, porque había muy poca producción”.

Permaneció en la compañía durante cuatro años, pero a mediados de los 80 se resolvió a emprender la búsqueda en el cine, y le tocó ser uno de los actores con los que inició una prometedora etapa: el ‘nuevo cine mexicano’. Sus primeros trabajos fueron La ciudad al desnudo, de Gabriel Retes; La leyenda de una máscara, de Pepe Buil; Bandidos, de Luis Estrada; La mujer del puerto, de Arturo Ripstein; Lolo, de Francisco Athié; Ladrón de sábado, de José Luis García Agraz, y Dos crímenes, de Roberto Sneider. Hoy su trayectoria acumula más de un centenar de filmes. Entre sus trabajos más recientes figuran Bala mordida, de Diego Muñoz; De la infancia, de Carlos Carrera; García, de José Luis Rugeles; Chicogrande, de Felipe Cazals, y El infierno, de Luis Estrada.

 ¿Qué es una buena película, Damián?

“¡Gulp! Independientemente del tema, porque ahí nos meteríamos con ideologías y valores, creo que una buena película es aquella que tiene buen ritmo en su realización, un tema interesante, una buena fotografía y muy buenas actuaciones”.

¿Qué consideras lo mejor que tiene tu oficio?

“Que te da la oportunidad de decir cosas que los demás necesitan decir, les das voz a los que no la tienen, además de que te permite conocer y mostrar su mundo, un mundo que la mayoría desconocemos: el del ciudadano anónimo, el campesino, el policía, el presidiario, el trabajador, el luchador social, la madre soltera y su problemática, etc., etc.”.

¿Cuál es tu objetivo central como actor, la denuncia social?

“Retratar al hombre en el mundo al que le estamos dando vida por medio del cine. Puede ser ficción o realidad. Pero siempre me esfuerzo por darle la complejidad que se requiere para que el público pueda de verdad identificarse. La denuncia social es sólo otro tema y creo que está en total abandono en estos tiempos. Yo la asumo como responsabilidad porque me parece necesario hacerlo, pero no tiene nada que ver con el cine en sí mismo, sino con una manera de ver el mundo”.





“¡Y háganle como quieran!…”

Le propongo a Damián que hablemos sobre el cine de antes y el de ahora. “Uy, creo que esto va para largo… La llamada ‘época dorada’ fue un gran momento para el cine mexicano, sobre todo porque hubo una gran producción; de ahí se colige que muchas películas fueron muy buenas, y por supuesto hubo un montón de malas películas, como en todos los tiempos y países. ¿Por qué hubo esa gran producción? Bueno, ocurrió la Segunda Guerra Mundial, luego vino la posguerra, y los gringos, pinches idiotas, que les gusta la guerra, no estaban produciendo cine. La ‘mina de oro’ para los millonarios sin escrúpulos, como casi todos, era la guerra y el armamentismo, así que ‘invertían’ en el cine mexicano y, de alguna manera, dejaban también un espacio para la producción de nuestro país.

“La poca competencia en la producción y los recursos crecientes en el cine mexicano dieron paso a una verdadera industria cinematográfica, produciéndose y exportándose miles de películas. Así que por lo menos la mitad de ellas consiguieron un gran nivel de calidad en su realización, conformando de paso grandes especialistas, entre actores, directores, productores, guionistas, músicos, distribuidores y exhibidores... Una industria, pues, con miles de trabajadores, y que significaba también una gran entrada de divisas al país.

“¡Uff! Pero se acaba la guerra y los norteamericanos empiezan a producir mucho más cine en su país que en el exterior. Los temas: el american way of life, los héroes que liberaron al mundo del terror nazi o japonés, los buenos y los malos, y toda esa ideología del blanco matando a los ‘malos’, ya fueran indios, alemanes, orientales o marcianos... era también de exportación. Las reglas del mercado económico, la política y su ideología en general, siempre han sido exportadas a todo el continente, por las buenas o por las malas. Recuérdese cualquier ‘tratado internacional’ con los gringos…

“Y la ‘puntilla’ para el cine mexicano fue exactamente ese último gran tratado tan ponderado por los politiquillos mexicanos y tan defendido por los negociantes sin escrúpulos: el de ‘libre comercio’, que hundió la pequeña economía de todos los mexicanos, el campo, la industria y el pequeño comercio. Se acabaron la tiendita de la esquina, la farmacia, el almacén de ropa, la tlapalería y la frutería de don ciudadano mexicano, y se favoreció a Oxxo, Wall Mart, Chedraui, Soriana, Comercial Mexicana, etc.

"Así como no se pueden producir automóviles mexicanos porque se firmó un ‘acuerdo’ con ellos, así no se puede respaldar la producción cinematográfica mexicana en la exhibición y distribución... por un ‘tratado’ con ellos... Y ‘ellos’ incluye a todos los responsables de la economía mexicana y a los que elaboran las reglas del mercado y las leyes a cumplir: diputados, senadores, funcionarios de Hacienda, jueces de la ‘suprema corta de justicia’ y ése al que le dicen presidente de México. El talento de nuestros cineastas, lo mismo que la capacidad de trabajo de todos los mexicanos... ahí está, sólo que no es ‘aprovechable’. ¡Y háganle como quieran!, dirían los que se lavan las manos” (ríe).

¿Por qué no se produce actualmente más cine de calidad?

“Sin una industria como la de esa época, no hay producción. Y esto quiere decir: un joven que intenta ser director, o mejor pensemos que quiere ser guionista, escribe, pero nunca le filman su guión, no importa qué tan bueno sea. Luego lo intenta tres o cuatro veces más, y no filman sus guiones; tiene que dedicarse a otra cosa. No hay guionistas. Otro ejemplo: tú convences a un señor o a un grupo de señores de que inviertan parte de su dinero en tu proyecto cinematográfico. La historia es buenísima, los actores que estarán en la película son muy buenos, el fotógrafo tiene premios internacionales, etc. Se filma la película, y es muy buena, pero no hay manera de que compita en cartelera porque los exhibidores tienen un trato muy conveniente con los distribuidores y privilegian la producción de Hollywood. Ponen tu película en una que otra sala y en horarios de 10 de la mañana o 10 de la noche, y la sacan a las dos o tres semanas, argumentando que no es un buen negocio. Y efectivamente no lo es, por la desventaja en que está frente a las ‘reglas del mercado’. Ese señor que puso dinero para tu película, sería un idiota si lo intentara de nuevo. No hay producción. ¿Suena triste el panorama? ¡Lo es!”.

¿Sopesas el éxito comercial de un filme antes de aceptarlo?

“Jamás. Elijo trabajar en un proyecto siempre y cuando me parezca digno, si vale la pena el tema y si es necesario hablar de eso. Pienso que una buena historia tiene buenos personajes; una mediocre, tiene personajes mediocres; así que una mala historia siempre tendrá malos personajes”.

¿En qué consiste, para ti, la ética profesional?

“Según yo, es la pasión y la entrega que te permitas en tu quehacer, respetando los derechos de los demás. Y, bueno, una serie de valores a respetar y cumplir según tu profesión y tus convicciones. Lo cual permite que tu trabajo sea digno para ti y a los ojos de los demás”.

¿Te consideras un idealista?

“Sí. Creo que las guerras no ennoblecen a nadie, sino todo lo contrario. Creo que el hambre se podría erradicar fácilmente, creo que no deberían existir las fronteras, creo que la mujer tiene los mismos derechos y obligaciones que el hombre, creo que el agua del mar se puede hacer potable y que los desiertos pueden dar frutos para sus habitantes. Y creo que a los niños no se les debe castigar, y mucho menos pegarles”.

¿Qué te escandaliza?

“El cinismo con el que los políticos mexicanos engañan al ciudadano, el poder digno de gangsters con el que defienden y solapan el daño moral y económico que hacen sus compañeros al ciudadano medio y al país en general, escudándose en el fuero y en la complicidad que implica ser de la misma calaña. Y, en general, todas las pésimas decisiones que, lejos de engrandecer al país, lo van empobreciendo más y más”.

¿Y a qué le temes?

“A la violencia, en todas sus manifestaciones”.

Si pudieras elegir, ¿volverías a ser actor… o a qué te dedicarías?

“Sí volvería a ser actor. Si no lo fuera, creo que sería naturalista, animalero... Uno de mis sueños, porque los tengo, es poder alguna vez criar a diferentes animales, desde insectos comestibles hasta animales endémicos mexicanos en peligro de extinción: tlacuaches, armadillos, tortugas, erizos, salamandras y ajolotes, perdices, faisanes, iguanas, etc”.

Por último, ¿cuáles de tus películas te gustan más?

La ley de Herodes, Bajo California, Crónicas, Dos crímenes, Las vueltas del citrillo, y las últimas que me quedan muy frescas: El infierno, Chicogrande y De la infancia”.



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