Caminamos por el Pasaje, pueblo laborioso y de raíces azuayas, luego por Santa Rosa, ardiente y quizá olvidada hoy del infausto acontecimiento del 29 de enero de 1942 en Río de Janeiro. Todo comenzó en julio de 1941, cuando quizás la memoria colectiva había olvidado la demostración poco común de un mandatario de marchar al frente para defender los derechos nacionales, como fue el caso de Alfaro en 1810 con sus ejércitos y montoneros macheteros, que detuvieron la pretensión peruana de invadir, como siempre, nuestro territorio. En 1941, los ya históricos agresores se prepararon como para enfrentar a un enemigo poderoso, por aire, mar y tierra, para defender supuestamente intenciones expansionistas ecuatorianas, las de un pueblo desorganizado, desarmado, atormentado por luchas intestinas y un mandatario muy inteligente y amigo de EEUU que ya estaba al borde de entrar en la Segunda Guerra Mundial.



